Pensamientos de Fe (2)

  1. La oración ablanda el corazón. Entrar en comunicación con Dios, que es amor, misericordia, perdón, ternura… es percibir los efectos de su aproximación; la aproximación de Dios siempre es transformadora, invisiblemente nos cambia…; a los corazones de piedra los vuelve carne humana.
  2. La razón humana otorga certeza, es fiable, porque ella procede de la razón a cuya semejanza fue hecha, la razón divina, por ello es digna de fe, para confinarnos a la Fe.
  3. Dios que se encaramó a la cruz para salvarnos, por muchas ofensas, rebeldías y desobediencias que cometamos. Su sangre tiene un valor infinito, inimaginable, paga cualquier deuda o precio por nosotros. Todo es gratis, fruto de su misericordia. Ya le podemos poner causas y negarle, que Dios no se va a desdecir ni echar para atrás. Pero existe el peligro que quien se acostumbre a pecar, a negarle de manera continua y sistemática, a la hora de la muerte, cuando el Señor nos salga a encuentro con los brazos abiertos y nos invite a ir a su seno, a su gloria, no le reconozcamos porque nos parecerá alguien extraño, con el que no tuvimos nada que ver durante la vida.
  4. Decía san Ignacio de Antioquia: «cuando llegue al cielo, seré hombre». La naturaleza humana es así, nunca se ha hallado en estado de «naturaleza pura». En la realidad de esta vida nos hallamos en un estado de humanización progresiva (santificación), o deberíamos. Por lo tanto, sólo en el cielo será el ser humano tal y como Dios quiso que fuera. El modelo ejemplar es la humanidad de Cristo. Cuanto más se «diviniza» el hombre, asemejando al Hombre, más es él mismo.
  5. La razón es muy importante, pero no lo es todo; su absolutización o incluso su excesiva consideración, puede arruinar otras dimensiones de la persona, obturándolas y endureciendo la sensibilidad, la afectividad, la comprensión integra, la inteligencia espiritual, la capacidad de escucha, de admiración, la inocencia, la trascendencia, la apertura  a la fe y su acogida.
  6. El plan de Dios para todos es el de que transitemos el camino de la santidad. Cada cual lo realizará a su manera, algunos incluso cojeando… No importa lo que se haga, sea grandes cosas o pequeñas, la santidad está en la vida ordinaria, en las cosas pequeñas (Rom 10,8). La santidad está en las cosas pequeñas. “No hay que buscarla en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria” (Vaticano II, GS, 38). Lo valioso no radica en lo que se hace, sino en el amor con que realiza. «Hay que hacer las cosas ordinarias, con un amor extraordinario»(Beata Madre Teresa de Calcuta).
  7. Hemos salido de unas manos amorosas, somos un don de amor. Y el Amor de que procedemos y a cuya imagen y semejanza hemos sido creados, determinan nuestro ser. Nuestro espíritu es esencialmente amoroso. Y en la media que amamos somos, y no podemos no amar sin dejar de ser. Así decía  san Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual: «Ya no tengo otra ocupación que la de amar». «Amo, ergo sum» (Unamuno).
  8. El éxito como categoría mundana es algo que nada tiene que ver con una noción cristina. A los ojos del mundo Cristo no tuvo éxito, fracasó, fue condenado, torturado y crucificado. Un maldito que colgaba de un madero. Al igual que luego le han seguido tantos cristianos…; algunos con un futuro brillante en términos mundanos, y cuyas vidas quedaron cortadas. Esta lógica está muy implantada en mucha gente de fe, por eso se les hace difícil la santidad. Decía santa Teresa de Calcuta: «Dios no me exige tener éxito; me exige serle fiel».
  9. Es la actitud de fe la que nos salva; la que nos santifica, no abre a la gracia, a que el Espíritu Santo se manifieste en nosotros, quien conforma nuestro ser al de Cristo. Conformación ontológica se plasmará -como por  añadidura-, por desenvolvimiento «natural» de la misma, es decir, conllevar la exigencia de obrar (moral) en consecuencia.
  10.  El que está lleno de Amor, exultará de él. No tiene más remedio que comunicarlo, anunciarlo a los cuatro vientos, incontenible. De ahí la necesidad de para evangelizar llenarse del Amor de Dios, en el trato amistoso con él, en la Eucaristía, en la oración, en los sacramentos… Y que no se nos diga lo que decía Paul Claudel preguntando a los cristianos: “Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?”.

 

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                 Pensamientos de Fe (1)


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