Pedir es de pobres

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Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,24).

 

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        En Navidad, dos niños vecinos hablaban de los próximos Reyes Magos. El de 6 años le decía al de 8:

        —Yo les he pedido…

        El otro, hijo del rico del pueblo, le contestó:

       —Yo no les pido nada; lo que quiero lo compro; que pedir es de pobres.

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Quien se siente rico, es un pobre hombre, que ignora de lo que carece. Como seres humanos y mientras estemos en la Tierra, somos seres precarios y carentes… Solo quien es consciente de esto, de su pobreza, es lo suficiente humilde como para pedir…

Solo al que pide se le dará. Solo al que extiende las manos, recibirá… lo que el Señor le está ofreciendo. “Si sabemos que nos escucha en todo lo que le pedimos, sabemos también que poseemos ya lo que le hemos pedido.” (1 Jn 14-15).

Dice santa Teresa de Jesús que el Señor da a quien quiere y “no está deseando otra cosa sino tener a quién dar, que no por eso se disminuyen sus riquezas”[1].

Ante Dios, padre bueno y pleno de ternura misericordiosa, solo nos cabe una actitud filial confianza cual hijitos cogidos de su mano y necesitados, que no paran de insistir pidiéndole golosinas (espirituales).

Dice Jesús:  “yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?  Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?”. (Lc 11,9-13).

En el texto de Mt 7,11, se lee: “Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!”  

Lucas ha sustituido “las cosas buenas” por el “Espíritu Santo”, que vendría a significar que Dios no otorga cualquier clase de bien a sus discípulos, sino lo que más necesitan: el Espíritu Santo, es decir, la gracia divina. “No hay que esperar de Dios algo menor que él mismo” (Santo Tomás de Aquino[2])

 

“Resulta difícil saber lo que se quiere de verdad. Y generalmente, no es lo primero que empezamos a decir. Hay que profundizar para darse cuenta de que uno no quiere lo que quiere, y de que quiere lo que no quiere. Lo que pide, lo que les invita a pedir, es precisamente lo que Dios quería darles.”[3]

Cuando pedimos a Dios algo, ese algo como bien puede ser entendido de diferente forma: es decir, que nuestro concepto de ese algo sea entendido por Dios como un bien distinto al que nosotros entendemos. “No sabemos lo que nos conviene pedir” (Rom 8,26).

Pedir es recibir. Si no recibimos lo que pedimos es que pedimos aquello que no nos es dado recibir. El pedir es un pedir según los propósitos de Dios. Quien pide por y según el deseo de Dios, que es nuestra vocación a ser buenos, perfectos (santos), recibe, con toda certeza, pues nos es dado -ofrecido-  antes de pedido; luego pedir es un recibir, disponer a acoger.

Dios concede todo lo que le pidamos siempre que vaya en dirección a su voluntad de hacernos creer como personas, es decir, que nos asemeje a él, que nos divinice. “Esta es la seguridad, que tenemos en Dios, que si pedimos algo según su voluntad, nos escucha. ” (1 Jn 14).

“Cuando la santísima Virgen se apareció a Catalina Labouré, le mostró las gracias saliendo de sus manso en forma de rayos, y también las gracias que no se reciben, incluso las que los hombres no piensan pedir. Yo aconsejo pedir `descaradamente´ las gracias que los otros no piensan pedir, insistiendo sobre el hecho de que no exigimos ninguna garantía.”[4]

En verdad, en verdad os dio, que todo lo que pidáis al Padre os lo concederá en mi nombre“. (Jn 16,23).

No olvidemos ser agradecidos.

 

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[1] Moradas, VI, c. 3.

[2] Suma teológica, 2-2, q. 17, a. 2.

[3] ELEVY, L.: “La oración del hombre de hoy”, Sígueme, Salamanca, 1969, p. 52.

[4] MOLINIE, M.-D. “El coraje de tener miedo”, Ed. Paulinas, Madrid 1979, p. 242.

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