Misericordia, plenitud de la justicia

«Los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados en el reino de los cielos, porque aquí la justicia es siempre imperfecta, precisamente porque quiere basarse sobre la razón pura y no sobre el amor puro, como la justicia divina” (M. García Morente)[1].

La fe cristiana propone un ideal de justicia fundando sobre la lógica de la misericordia, que es el de la justicia sin medida, a modo de Dios, y bajo el dinamismo su Espíritu que la robustece y la motiva, a la par que la interioriza en el corazón, siendo el alma que la anima y que la conduce mucho más lejos, ilimitadamente

La justicia de Dios tiene su medida, no la nuestra: la de un amor desmedido, gratuito, misericordioso.

La caridad‑misericordiosa se encuentra unida a la justicia, si se quiere místicamente; al igual que no hay oposición entre el orden de la gracia y el de la naturaleza humana; el orden del hombre, tal y como lo conocemos, es uno, es decir, el de la persona humana elevada al orden sobrenatural; así también la justicia humana se halla sobrenaturalizada. Al igual que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, así sus virtudes, la justicia tendrá una impronta divina: la de la imagen y semejanza de la justicia de Dios. De modo que toda justicia en términos humanos está vacacionada a santificarse, a ser según la medida de Dios.

El hombre, y más el cristiano, obra de Dios, creado a  imagen de Suya e incorporado a Cristo, posee una grandeza que da una profundidad infinita a su  dignidad. Y al entrar en comunión con Dios como hijos, se halla en la radical exigencia de obrar como Dios obra, a su semejanza, misericordiosamente. Porque la misericordia nos hace semejantes a Él. Con lo que el cristiano en el ejercicio del amor misericordioso actualiza la vocación a que está llamado.

El Dios que se manifiesta en la vida de Jesús es un Dios cuya omnipotencia está condicionada por la ternura y la misericordia; es más su poder y su justicia radican  paradójicamente y sorprendentemente en ese misterio de ternura y en esa misericordia. Jesucristo nos revela que Dios es ternura amorosa (Cf. 1Jn 4,8.16),  y que este ser amorosamente misericordioso es el fundamento de  la perfección humana.

Cristo –segunda persona de la Trinidad- nos revela que Dios es amor‑misericordioso, y pide a quien le siga dejarse guiar por ese amor caritativo, benevolente, gratuito, piadoso… De esta manera, la misericordia, que tiene la forma interior del amor, viene a ser la esencia del ethos cristiano.

La caridad misericordiosa es característica fundamental de la personalidad moral del cristiano, sin ella todas las perfecciones y virtudes que le adornen de nada sirven (Cfr. 1Cor 13,3b).  

La misericordia hace que la justicia vaya más allá de sí misma. La misericordia es esencialmente creadora; está más allá de la justicia tirando de ella, haciéndola avanzar.

La vivencia de la misericordia de Dios ha de llevar al cristiano a que su comportamiento en el contacto diario con los hombres sea fiel reflejo de la experiencia de que vive. Este dinamismo interior, esta fuerza orientadora y esa trascendetalidad ha de cristalizar en hechos concretos de justicia y en relaciones de servicio.

El cristiano se halla, pues, vinculado a la vida de Cristo, quien otorga su Espíritu que mueve el corazón a impulsos de amor. Este Espíritu misericordioso viene a ser la ley interior de la que el creyente vive, siente y actúa.

El amor‑misericordioso no es una simple emoción o mero sentimiento, una compasión, sino un afectivo y efectivo solidarizarse con el hombre, sobre todo con el «menos» hombre; porque la misericordia cuando se da, según Dios, siempre es reveladora, siempre supone una conquista de dignidad, un descubrir  —consciente o inconscientemente—  la grandeza insondable y palpitante que portamos. La misericordia es el amor decidido, actuante y desinteresado en dirección a la persona para promoverla.

En su realización concreta la misericordia se actualiza en la justicia. De ahí que la misericordia y la justicia se necesiten mutuamente y se hallen estrechamente vinculadas. Ambas se necesitan y complementan. La misericordia necesita de la justicia para expresarse, y esta necesita de aquella de la que recibe su aliento.  La justicia será amor misericordioso, y éste será justicia, o no serán.

El amor misericordioso inspira la justicia y la exige rigurosamente. Pues la justicia ha de fundarse en el amor, del que mana y al que tiende. Es el compendio de toda la moral y el vínculo de la perfección. Todas las normas y exigencias morales pueden quedar comprendidas en la caridad (Rom 13,8). Sin la caridad nada vale (1 Cor 13).

Para el cristiano, pues, no puede haber justicia verdadera sin caridad, sin gracia. La caridad, da a las otras virtudes su misma forma, la forma del amor, y por eso las transfigura en su amor.

La justicia, por exigente que sea por sí misma, es urgida aún de un modo más apremiante y más elevado por la misericordia.  Esta no es un conjunto de obligaciones menos obligantes o un apéndice complementario a las obligaciones en sentido estricto de la justicia. Implica una radicalización de las exigencias de la justicia, las da una motivación nueva y una fuerza interior, ya que Cristo ha conferido valor divino al hombre. La justicia que el hombre, imagen de Dios y hermano de Cristo, al encontrar a Dios en él, encuentra a su vez la exigencia absoluta de justicia y de amor propio de Dios. Amor que además de exigir a la justicia, la trasciende.

El cristiano a la luz de la fe mira la justicia que apunta a su consumación; es decir, cobrando sentido desde el horizonte hacía el que se dirige: La plenitud de la relación simétrica, a imagen y semejanza de la relación de las Personas de la Trinidad.

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[1] MG, p.126.

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