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Por un tiempo tuvo un vecino colombiano, que era evangelista. En una de esas ocasiones en que tratamos el tema religioso, me sorprendió que no supiera que quien originó la ruptura con la Iglesia Católica era un monje católico agustino, ni tampoco el que la Biblia que usaban era la traducción de un monje también católico, y español, de Sevilla, llamado Reina, al que se le añadió el nombre de Valera, por el editor.
A este vecino y amigo, que un día fuera católico bautizado -como sus padres, abuelos…-, sabiendo que él detestaba en imperialismo yanqui, cariñosamente le hice la observación siguiente: que en el fondo su fe actual era de procedencia estadounidense, de los pastores yanquis a los que Roquefeller enfiló hacia Latinoamérica, para resquebrajas el potencial católico de Sudamérica. Una de las cosas tristes, amén de la separación con la comunión de la Iglesia y la desobediencia a lo que Cristo pidió: “Que sean uno…”; es la otra ruptura de la tradición, la de su familia y antepasados, a los que este mi amigo sentía como que les hubiera en alguna medida “traicionado”. Otra de las cosas tristes, y es algo que he podido comprobar en propias carnes y, últimamente, en los ataques desaforados y agresivos en internet al convertido católico Casanova (y otros), producto de una inquina o fobia hacía el catolicismo, que les han inculcado como parte de su fe. Y una última tristeza más: el que carezcan de las dos columnas que sostienen –como esta página- el universo y todo cuando existe. Y que son –como hace ver en su sueño san Juan Bosco- la Eucaristía y la Santísima Madre de Dios. Una tremenda pérdida que provocó el alejamiento de la fe genuina de la Iglesia Católica de siempre. Y es una gravísima merma en el potencial de la fe en Cristo, de la que el Diablo –que significa el que separa, diabólico (simbólico=lo que une)- se frota las manos, de satisfacción maligna por haber conseguido su objetivo. Miguel Morales |
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