El privilegio de ser una persona mayor

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Muchas personas piensan que al llegar a un cierta edad, cuando ya se llega a la jubilación, que la vida pierde un cierto sentido y se dicen “¿ya para qué…?”, “ya no servimos para nada”, etc. Un sentimiento de inutilidad e incluso de estorbo que les acogota y deprime.

¡Pero nada de eso! Desde el punto de vista de la fe, y desde los planes de Dios, en esa edad mayor se tiene mucho que hacer, y jugar un papel fundamental.

 omo ha escribió un mensaje en su cuenta Twitter el Papa el día de los abuelos de Jesús, san Joaquín y santa Ana, el papel desempeñado por los abuelos en la familia y la sociedad, y también en la transmisión de la fe: “¡Qué importantes son los abuelos en la vida de la familia para comunicar el patrimonio de humanidad y fe esencial para cada sociedad!”.

Esta es una misión hermosa e insustituible: la de transmitir la fe, a los nietos y a los que les rodean. A veces, esas pequeños, o grandes, nietos son el único conocimiento real de la fe que van a recibir el sus vidas. Y otros, que aún sin serlo, con los que se cruzan en la vida, aportarles esa sabiduría de Verdad adquirida y el testimonio, sin complejos –pues uno no está ya para tenerlos- de una fe que no se esconde.

Otra del cometido de esta edad, es la oración, ¡tan fundamental en nuestros días! Es una edad privilegiada para ella, por el reposo y el tiempo que se tiene. Es un bien a hacer extraordinario: formamos la Comunión de los Santos, que como miembros de un Cuerpo, nos trasmitimos y comunicamos, en la vida que nos vienen de Cristo. Esa oración por otros, intercesora, puede hacer mucho mucho bien, aunque no se sepa, el algún lugar alguien se está viendo favorecido por esa oración callada y silenciosa de esa anciana o anciano, en un lugar recóndito y desconocido. ¡Ninguna oración cae el saco roto! Esa oración se convierte en gracia.

 Y sin ánimo de extenderme, por último, quiero mencionar un privilegio de la edad madura. Amén de haber llegado a ella con vida, es el hecho incuestionable de la reflexión serena, el encuentro con uno mismo, con las preguntas pendientes de la vida, que por el trasiego del día a día con sus múltiples ocupaciones, nos distraían alejándonos de lo fundamental. ¡Cuántas personas han reencontrado o descubierto la fe en estas edades!

 Queridos hermanos, ¡la vejez es una bendición!

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