María Zambrano, mujer de espiritualidad excepcionalTa día como hoy, 6 de febrero de 1991, moría en Madrid María Zambrano. En recuerdo y homenaje escribimos este artículo. Tiempo atrás expusimos dos artículos con líneas de doña María Zambrano de su pobra escribí sobre María Zambrano «El hombre y lo divino», pueden leernos aquí y aquí. Ahora, volvemos a ofrecer algunas nuevas líneas que hemos extraído de La razón en la sombra. Antología del Pensamiento de María Zambrano, y que nos revelan la dimensión de su espiritualidad:
La lucha con el Dios desconocido es una vuelta a la edad del sacrificio. Siempre ha de haber sacrificio; mas, en ciertas épocas llamadas de madurez, el sacrificio tiene un límite y produce un resultado. Saber sacrificar y sacrificarse es la suprema sabiduría del hombre, a quien no basta, por lo visto, la misericordia concedida por el Dios revelado, pues él se forja un dios que no persona, al que presta diversas máscaras; en los días que corren: el futuro y el Estado. Y entonces el pensamiento ha de recomenzar su acción liberadora contra tales dioses insaciables. Y es difícil una filosofía que nos libre de la tiranía del futuro al par que nos lo haga asequible; es difícil, pero es indispensable. El Dios que «no se muda», el que revela que «todo se pasa» –dentro de nosotros–, nos lleva a movernos íntima, secreta e incesantemente, sin más descanso que esa calma que irradia la claridad creciente, ese respiro. El respirar del espacio viviente, donde el presente germina –el tiempo prometido–, es su descansar porque es su nueva vida. No se instala esta claridad en la conciencia, no se fija; ha de seguir haciéndose, reiterándose desde la oscuridad, como la aurora. Afrodita es la divinidad del amor como juego, gracia, regalo. Frágil don que el hombre puede en seguida marchitar con su aliento, y el más necesitado de todos de pureza, de inocencia. De ahí que le corresponda un amor niño. Eros, niño; Adonis, adolescente, es el compañero de Afrodita, su hermano o su amante, porque muestra así la inocencia inseparable del juego del amor, que hace de él un juego prohibido casi para el hombre, en su gravedad. Ambigua divinidad que ofrece su don como un regalo fácil que luego resulta imposible para los humanos, un regalo que no puede ser gustado, pues requiere la inocencia, lo que el hombre sabe haber perdido. Crueldad de un don que recuerda la dicha que fue, en un tiempo en que era hombre, mas de otro modo; en que era y no era el hombre que es: un niño, un adolescente. El «antes» del estado de inocencia. El amor trasciende siempre, es el agente de toda trascendencia en el hombre. Y así, abre el futuro; no el porvenir que es el mañana que se presume cierto, repetición con variaciones del hoy y réplica del ayer: el futuro, la eternidad, esa apertura sin límite a otro espacio y a otro tiempo, a otra vida que se nos aparece como la vida de verdad. El futuro que atrae también a la historia. Mas el amor nos lanza hacia al futuro obligándonos a trascender todo lo que promete. Su promesa indescifrable descalifica todo logro, toda realización. El amor es el agente de destrucción más poderoso, porque al descubrir la inadecuación y a veces la inanidad de su objeto, deja libre un vacío, una nada aterradora al principio de ser percibida. Es el abismo en que se hunde no sólo lo amado, sino la propia vida, la realidad misma del que ama. Es el amor el que descubre la realidad y la inanidad de las cosas, el que descubre el no-ser y aun la nada. El Dios creador creó al mundo pro amor, de la nada. Y todo el que lleva en sí una brizna de este amor descubre algún día el vacío de las cosas y en ellas, porque toda cosa y todo ser que nacemos aspira a más de lo que realmente es. Y el que ama se fija en esta aspiración, en esta realidad no lograda, en esta entelequia aún no sida y al amarla la arrastra desde el no-ser a un género de realidad que parece total un instante, y que luego se oculta y aun se desvanece. Y así, el amor hace transitar, e ir y venir entre las zonas antagónicas de la realidad, se adentra en ella y descubre su no-ser, sus infiernos. Descubre el ser y el no-ser, que aspira a ir más allá del ser; de todo proyecto. Y deshace toda consistencia. Destruye, por eso da nacimiento a la conciencia, siendo él como es la vida plena del alma. Eleva al oscuro ímpetu de la vida, esa avidez que es la vida en su fondo elemental, la lleva al alma y el alma a la razón. Mas, al mostrar la inanidad de todo aquello en que se fija, revela al alma también sus límites y la abre a la conciencia, le hace dar nacimiento a la conciencia. La conciencia se agranda tras un desengaño de amor, como el alma misma se había dilatado con su engaño. Si naciésemos en el amor, y en él nos moviésemos siempre, no hubiéramos conciencia. La razón, naturalmente, ha pretendido siempre reducir la cualidad a lo mensurable, a lo continuo. La razón por naturaleza tiende a anular todo abismo. El sí mismo viviente, ¿podrá serlo sin el otro? Amor y envidia son intentos de vivir en el otro, de vivir del otro. La intención es la misma, sólo les separa la diferencia que va del mimetismo al afán de ser realmente. El que ama se engendra a sí mismo en cada instante. La historia nos muestra a los que de verdad amaron sumergidos en una especial soledad; soledad hasta física, retiro al desierto que ha precedido a la manifestación de las grandes vocaciones amorosas. Porque el amor nace de la soledad del ser en sus tinieblas, que fía en el logro final; nace de la fe ciega. La envidia rehúye las tinieblas que a toda criatura se presentan y se fija en una imagen que proyecta: una imagen nacida en las tinieblas, una sombra. Apareció en los místicos como la máxima resistencia a vencer. San Juan de la Cruz se adentra en ella como en el desierto de su propio ser que le separa del amado divino. Miguel de Molinos, fundador del «quietismo» español la acepta como a Dios mismo. Por eso, sin duda: por ser la máxima resistencia, la amenaza última. Y esa amenaza, si es última sólo puede provenir del propio Dios. |
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