El Evangelio de (Mt 11,25-30) de la liturgia de la misa del 29 de abril contiene como dos partes: la revelación divina reservada a los sencillos y la llevadera carga que supone el seguir fielmente a Jesús.
En este día de la festividad de la extraordinaria santa Catalina de Siena, ¡qué mejor exponente de ese ser senillo y a la vez de sobrellevar la carga del vivir el compromiso de la fe evangélica. Ella fue una mujer sencilla, sin letras, no tuvo formación académica o teológica, pertenecía al grupo de los que han recibido la revelación infusa. Fue una escogida por Dios. Se dejó seducir por Jesucristo, hasta el punto de que, renunciando a cualquier otra relación, se desposó con él y recibió el don místico del desposorio espiritual. Bajo la inspiración del Señor, Catalina ayudó mucho al papado a encontrar el verdadero camino. Fue como un faro en medio de la tormenta. Y en tan solo 33 años de vida tuvo una relevancia importantísima en la vida de la Iglesia, llegando a ser declarada doctora de la Iglesia.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):
En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Jesús exultante de alegría y gratitud, y como Hijo que conoce al Padre, nos da a conocer que los misterios de Dios han sido revelados a la gente sencilla. Sí, así, porque al Padre le ha parecido mejor. Y Jesús, el Hijo, es el indicado para dar a conocer «esas cosas» -cómo es Dios- , encomendádonos que seamos, como Él es, mansos y humildes de corazón. Estas son las almas de la predilección del Señor, que gozan del «saber» –sabor– secreto de las cosas de su Reino, a veces, sin que ellas mismas lo sepan; solo que las viven, las sienten, las disfrutan, es la gracia del reinado de Dios operando en ellas. Son almas envueltas en esa atmosfera amable, de calma, mansedumbre, suavidad, humildad, sencillez, inocencia, candidez, benevolencia, disponibilidad…
La carga y el yugo que Dios nos propone son siempre —aun en las circunstancias más adversas— suaves y ligeros porque están hechos a medida de los pequeños y de los pobres, con quienes El se halla. Si la fe, sin la esperanza y sin la experiencia del amor, es imposible ser cristiano, pues este vive en estado de disposición al padecimiento. La carga y el yugo han de llevar el Mi, sino resulta insoportable, insufrible y sin sentido. Solo por la fe es soportable, solo por el amor es sufrible, solo por la esperanza tiene sentido.
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Catena Aurea
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