Los adoradores

Esta noche, 5 de enero, a 12 días en que los adoradores fueron la gente humilde y sencilla, como los pastorcillos vecinos de Belén, lo son Reyes de distantes tierras y de “diferentes colores”.

¿Qué contemplaron sus ojos? A un niño entre pajas, en un pesebre, pobre… Y lo contemplaron en silencio, en oración contemplativa. La grandeza inabarcable de Dios se había tornado en la pequeñez de un niño recién nacido; la Omnipotencia, en desvalimiento; la Eternidad, en infancia; la Divinidad en carne humana.  

A algo tan cándido, sencillo  y humilde, lo llamamos -aunque tenga apariencia de increíble- la Epifanía, la Manifestación de Dios. Misterio ante que el que se prueba la fe.

Santa Rafaela María decía de lo que significa adorar al Señor: “Adorar es sentir que Dios es muy grande y nosotros muy pequeños, pero intensamente amados por Él: es sentir el gozo de estar en las manos de Dios: el absolutamente otro el incomprensiblemente cercano”. “En él vivimos, tenemos el movimiento y el ser” (Hch 17,28). Dios formando parte del nosotros, en inefable comunión mística.

Nada mejor podemos hacer nosotros hoy que hace lo que hicieron los pastores y los tres Reyes Magos: adorar al Salvador. Esto lo han entendido muy bien -aquellos a veces tan incomprendidos- los consagrados de clausura. Ellos son los que han acertado con lo que se debía de hacer con la vida: contemplar extasiados al Señor mientras ofrecen cuanto tienen, sus corazones.

Una joven novicia,  Ana Oriol, decía en su día al respecto del sentido de la clausura:  “Somos el corazón de la Iglesia. Al igual que este órgano -que no se ve porque está muy protegido por las costillas y rodeado por los pulmones- la clausura es vital para la Iglesia ahora y siempre, porque es la oración que aguanta la fe en el mundo”.

Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a estas personas -humildes desconocidas-, que con su inaparente presencia en el mundo, lo sostienen.

La adoración se ha convertido en una de las piezas clave de la sociedad actual y de la que depende el futuro. Jesucristo, el Hijo del Dios Todopoderoso, Dueño y Señor de todo, al que todo pertenece como su Hacedor y luego ganado con su irrupción en la entrada en la historia humana, asumiendo su naturaleza y contingencia terrena, y posteriormente con su muerte en la cruz, espera con una paciencia infinita y misericordiosa la colaboración de sus ya hermanos, los seres humanos, en la participación de la historia hacia la salvación.

Estos adoradores de hoy día, estando ante Cristo en la Eucaristía inaparente presencia divina como en aquel niño de Belén, comparten su anhelo redentor, el deseo del corazón de Jesús, al que se ofrecen en humilde ofrenda de adoración, alabanza y gratitud, rogando por salvación del mundo.

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