Leviatán

Este es el nombre que Hobbes puso a una obra suya, y hacia referencia al Estado. En este título, se recoge como nunca la expresión más acertada de cuanto quiere significar. Como ustedes saben -aunque ya el analfabetismo cultural-religioso alcanzan dimensiones jamás conocidas-, Leviatán en la Biblia de donde procede el término es el demonio, príncipe de las tinieblas, que pretende apoderarse del mundo.

Según Hobbes, el hombre es lobo para el hombre (homo homini lupus): el egoísmo es el poder que constituye la esencia de la naturaleza humana; y racionalizar nuestros instintos egoístas con el cálculo es la tarea de la moral. Esto no puede hacerse más que en el Estado. Este será quien asegure la convivencia segura y pacífica, a través de su poder temeroso.

A lo largo del tiempo -y esto se ve hoy día más que nunca-, los seres humanos han ido transfiriendo «inconscientemente» sus derechos y poderes al Estado. Éste se comprometía a realizar funciones de ordenar, supervisar, pacificar…, organizado en los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Estos poderes «con autonomía propia» al que se ha unido el mediático, cuando la velocidad ha acortado la distancias, se han difuminado, hasta converger en la figura única y globalizante del Estado. Esta, como si de una única voluntad —la del gobernante de turno se tratara, monopoliza cada vez de manera más absolutorio el poder. Aunque cambie la persona -el presidente de gobierno-, el Estado, con su gigantesco y acaparador domino ya jamás será depuesto o reducido en sus cotas conquistadas de capacidad impositiva e intervencionista.

El Estado, este Leviatán que, insaciable, adquirirá cada vez más y más cotas de poder, de continuo, a bases de leyes de todo tipo y bien argumentadas, que parecen eso sí convincentes, y si no, el clima mediático y la pasividad o idiocia ciudadana lo permiten, va planificándolo todo, influyendo y manipulando la vida y las mentes de la gente.

El alemán Hegel (1770-1831), que viviera varías generaciones después del inglés Hobbes (1588-1679), elevaría al Estado a la quintaesencia: lo «endiosaría». El Estado todopoderoso, infinito, omnipotente, que monopoliza el quehacer político y concentra, en sí mismo, todas las funciones sociales. Este Estado autoritario tiene hoy -aunque no lo parezca- su máxima expresión. Va más allá de lo estrictamente político, invadiendo y ordenando la vida de la gente en cualquier terreno: de lo privado, personal, de lo que hace a la felicidad y a cuestiones subjetivas, al sexo, a la moral, a lo espiritual y cuasi religioso.

Jamás en la historia de humanidad, ni cuando se daban la figuras de los señores feudales (que hacía de su capa un sallo, y abusaban y avasallaban a impuestos a sus balayos), se dio un inmiscuirse en la dirección de la libertad y autonomía de las personas-Hoy todo está penetrado por ese Estado grandioso; la ingeniería mental que se dirige desde los Estados a los pobres ciudadanos, a través de los planes de estudios, los medios de comunicación subvencionados, las leyes invasoras de la intimidad, a golpe de grupos de presión también subvencionados, la manipulación de los valores, sentimientos y emociones de los individuos, que conducen a como debes ser, actuar, pensar. Jamás ha ocurrido cosa igual. Estamos en manos de Leviatán.

Algún día, no tardando, esta dinámica (infernal), por su propia inercia imparable nos sorprenderá con una poder absoluto panestatal o mundial. Del que nadie podrá escapar a sus temibles garras. Algunos, paradójicamente, han llamado a este Leviatán, como papa Estado, que vela por todos, que no deja a nadie atrás, etc.. Este dios totalitario acabará como Saturno devorando a sus hijos. Al tiempo.

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.