Autoexcomunión

           A los de fuera, Dios los juzgará. Arrojad de entre vosotros al malvado (1 Cor 5,13).      

         Y Jesús respondió: ‘Aquel a quien yo dé un bocado mojado’. Y mojando el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, el de Simón, el Iscariote. Y tras el bocado ENTRÓ Satanás en él (Jn 13,26-27).

           Y él, tomando el bocado, SALIÓ en seguida. Era de noche (Jn 13,30). 

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           Es sabido que San Ambrosio, siendo obispo de Milán, al tener conocimiento los miles de crímenes cometidos en Tesalónica por mandato del emperador Teodosio, le escribió comunicándole que «no ofrecerá el sacrificio eucarístico delante de él si se atreve a asistir»[1]. Y le negó la entrada en la iglesia hasta que cumplió la penitencia pública que el Santo le impuso.

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       El malo se autoexcomulga. Aunque pretenda estar en comunión física, está excomulgado. Y a veces ocurre, para mayor desgracia, que no se es consciente de ello o no quiere serlo, y se persiste soberbiamente en la actitud errónea o -más precisamente, pecaminosa-.

          Eucaristía indigna: ENTRÓ Satanás en él, y él SALIÓ de la presencia de Dios.

         Hay quienes viven en estado de excomunión permanente, y tratan de aparentar vivir fraternalmente, es decir practican una religiosidad vacía. Con ello, no sólo están de hecho excomulgados sino que son causa de escándalo de otros, de su excomunión, y también son causa de la «excomunión» de la Iglesia en su comunión con la sociedad, pues hacen surgir la sospecha y un anticlericalismo y un rechazado de la Institución donde cínicamente se acogen tales individuos.

          «Es una dolorosa vergüenza que las revoluciones modernas   —hijas ignoradas de las ideas cristianas—  hayan encontrado en la sociedad de los cristianos absurdas injusticias en que cebar una reconvención al cristianismo”[2].

         “No se salva aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia ‘en cuerpo’, más no `en corazón´”[3].

         Sabéis que se dijo a los antiguos: ‘No matarás’; y ‘el que matare será reo de juicio’. Pero yo os digo que el que se enoje con su hermano será reo de juicio; el que llame ‘cretino’ a su hermano será reo de Sanedrín, y el que llame ‘necio’, será reo de gehenna de fuego. Por tanto, si al llevar tu ofrenda al altar, te recuerdas allí que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante de altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano, después vuelve y presenta tu ofrenda (Mt 5,21-24).

         Cristo, el Hijo, ha venido para constituir una relación fraternidad, de hijos, de comunión. Y por contra, el diablo, es su antítesis, el separador, el divisor, el destructor. Ambas propuestas se excluyen; no hay término medio. Tú eliges.

         «Es  grave que los hombres que tienen el mundo en sus manos y que quizá se llamen cristianos, traicionen su misión de hombres. Pero que intenten empequeñecer, hasta su medida, valores eternos… que los muestren en los escaparates de sus tiendas para atraerse una clientela, que lleguen a hacerlos odiosos a la masa humana debido a su manera de emplearlos y a la versión que de ellos dan, eso es lo que no vamos a permitir. Ha llegado, sin duda, el momento del escándalo»[4]. 

         La excomunión es siempre autoexcomunión, y esta precede a la exclusión de la salvación; es decir, que toda condenación es una autoexclusión.

       Quien no corrige al que se empecina soberbiamente en su estado de pecado excluyente, sino que incluso desde su posición de autoridad o conocimiento le respalda sin mostrarle el camino correcto, se hace cómplice y reo de muerte. Esto se da muy en estos tiempos en las pastorales equívocas de clérigos en temas concretos -que todos tenemos en mente- sobre las parejas homosexuales, sus bendición y acompañamiento buenista pero no sincero; sobre políticos católicos pro-abortistas, a los que se les admite a la comunión eucarística estando en pecado grave.

          No se puede ser misericordioso, sin ser sincero. La peor forma de impiedad en mantener a una persona instalada en la mentira, como si fuera algo correcto o bueno (eso se aproxima al pecado contra el Espíritu Santo, aquel que no será personado, por llamar a lo santo obra del diablo y viceversa).

 

 

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[1] SAN AMBROSIO, Epístola, 51; PL 16, 1160-1164.

[2] GOMEZ CAFFARENA, J., en  DA, p.204.

[3] (Cf. San Agustín), LG, n.14.

[4] MOUNIER, E., en DM, p.88.

 

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