La voluntad de Dios no es caprichosa

Rezo del Angelus. Jean-François_Millet

Mientras conversábamos coloquialmente en la sobremesa con unos amigos, uno de dijo que cuando él era joven (de lo que haría unos 60 años) el párroco del pueblo recriminó a un vecino que vio trabajando en domingo.

La hija apostilló: «Papá, eran otros tiempos…, donde los curas mandaban mucho e imponían su voluntad… a capricho, pero eso ya se ha acabado». Lo pronunció con un todo desagradable de repulsa y de mordaz crítica.

Estas dos personas son un pelín anticlericales, pese a ser católicas (aunque  no practicantes). Y ese comentario me picó un poco por dentro, e intervine:

«En el fondo ese sacerdote no hacía sino lo que hoy día hace un inspector de trabajo, que recorre las empresas observando si se cumple las condiciones de salubridad y dignidad con los trabajadores y que no se abuse de ellos y no se les explote. Se podrá replicar que no es exactamente lo mismo ya que aquella persona hace lo que él quiere… Pero en el fondo se trata de no respetar un mínimo de descanso, un día a la semana;  por ley en la actualidad el trabajador tiene el derecho de descansar un día y medio seguido a la semana. De modo que esto lo haga la empresa sobre el trabajador como el que lo haga uno consigo mismo, es una explotación; en este caso autoexplotación. La cual a la larga pasa factura.

«La voluntad divina, como hizo Dios en la Creación, —continué diciendo— es  que el séptimo día se descanse, es de obligado cumplimiento para el creyente bautizado, como era aquel paisano, al que recriminó el párroco. Y aunque no lo hubiera sido, moralmente, según la ley natural, por pura lógica, se debe descansar. El ser humano necesita, amén de dar descanso al cuerpo también al espíritu, necesita de tiempo de esparcimiento, de desconectar del ajetreo diario, tiempo de ruptura,  tiempo de ocio ante el negocio (no-ocio),  tiempo para pensar, tiempo para levantar la cabeza, tiempo para meditar, tiempo para rezar… Dios no es un Ser caprichoso que impone su voluntad arbitrariamente, que se satisfaga mandando hacer tal cosa o prohibiendo tal otra; no, Dios no precisa ir haciendo la puñeta a nadie para que se sienta satisfecha su felicidad —que por sí la tiene toda—. Los preceptos de Dios obedecen a su voluntad salvífica para con los seres humanos, a los que Él ha creado y ama y por los que ha dado la vida. De modo que la observancia de la ley divina o ley natural (que es un reflejo de aquella) obliga en conciencia por el bien de la propia persona.»

Nadie dijo nada.  

P. D.- Se cuenta la anécdota referida a el santo Cura de Ars, que paseado un día festivo por el campo encontró a un labriego trabajado la tierra. Entonces le hizo una observación sobre la observancia de no trabajar los días de fiesta; a lo que el labriego le contestó que tenía que ganarse la vida. Y el Cura de Ars le replicó: «también hay que ganarse el cielo».

  

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.