Las virtudes

«Las virtudes humanas son disposiciones estables del entendimiento de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestras conducta según la razón y la fe.»[1]

 

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                 En un teatro de Atenas se celebraba una representación a la que habían sido invitados los embajadores espartanos.

                   Cuando el teatro estaba lleno, un anciano entró y trató inútilmente de hallar sitio libre.

                   Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente.

                Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano.

                   Todo el público del teatro, al presencia la escena, aplaudió a los embajadores.

                       —Es curioso —dijo el anciano— los atenienses aplauden las virtudes, mientras que los espartanos las ejercitan. [2]

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Esta anécdota helena se hace presente en nuestros días. La gente en general valora y gusta de las virtudes y admira a las personas que se conduce según ellas, pero no las practicas. Jamás en ningún momento histórico se ha dado una falta de aprecio real, un deseo o aspiración a poseer las virtudes como en nuestros días.

Decía Mark Twain «se virtuoso y te tendrán por excéntrico». Lo que traducido a nuestros días: si eres persona de virtudes (moral, honrada, honesta, fiel, justa, recta, moderada, austera, sencilla, humilde, tierna, piadosa, compasiva, solidaria, desprendida, altruista, generosa, magnánima, educada, responsable, noble, leal, inocente, pacífica, mansa, dulce, buena, etc.), será tenido por un friqui, es decir, una persona rara, extraña,  es decir, persona de comportamiento o actitud inusuales.

Lo que siempre se ha entendido como una cualidad del carácter y talante de una persona, ahora ya no domina ni se entiende esa acepción cuando se pronuncia el termino virtuoso; esa primera acepción clásica de siempre, ahora resulta «antigua», se ha «desechado», entendiéndose casi exclusivamente como referida a un individuo que domina cualquier técnica o arte.

Ya no es que se desprecie o no exista el deseo o vocación intrínsecos a toda persona en todo tiempo de tender a la perfección interior y de la personalidad, tal y como decía Cervantes, «lo que hace a un hombre grandes es la virtud», o en términos de fe, de santidad, como afirmaba San Gregorio de Nisa, “el objetivo de una vida virtuosa es ser semejantes a Dios” sino que ni en lo más puramente practico, de tejas para abajo, de ser felices, como se ha entendido clásicamente desde las filosofías griegas y romana: donde la virtud era fuente y propiciadora de la felicidad (v.g.: según Aristóteles, Séneca… Para quienes Los que obran bien son los únicos que pueden aspirar en la vida a la felicidad; la felicidad sigue a la virtud como la sombra al cuerpo).

 

Esto es otra señal —de las muchas— de los andurriales por los que nos novemos en nuestros días. Es algo que nos debería que preocupar muy seriamente.

 

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[1] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.1834.

[2] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, p.54.

 

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