¿La victoria del catolicismo?

Hace un rato, he descubierto el mapa que encabeza este artículo y no he podido evitar quedarme pensando en él. Se trata de un mapa de la confesión religiosa mayoritaria en cada estado de los Estados Unidos (con mayoría simple, no absoluta). Ya hablé en otra ocasión del poder que tienen los mapas para sorprendernos y despertar nuestra imaginación, al hacer visible y abarcable lo que generalmente nos resulta invisible y muy difícil de abarcar. Así ha sido en este caso, al menos para mí.

Es fácil ver que, en la mayoría de los estados, la religión más numerosa es la católica (en rojo). Solo en el llamado “cinturón de la biblia», es mayoritario el protestantismo bautista y, en un caso, metodista (azul y morado, respectivamente). Finalmente en Utah y sus alrededores, los mormones (verde) superan a cualquier otra confesión.

Conviene señalar de nuevo que se trata de mayorías simples, no absolutas, es decir, de las religiones que tienen un mayor número de fieles, aunque las otras religiones, sumadas, puedan superarlas. En conjunto, aproximadamente el veinte por ciento de los norteamericanos son católicos, unos sesenta millones.

Lo que me ha hecho pensar es que, en cualquier otra época, esa enorme cantidad de católicos en un país tradicionalmente protestante nos habría entusiasmado a todos. La Iglesia se lanzaría de lleno a la evangelización y, desde otros países, se rezaría constantemente y se enviarían recursos y misioneros para colaborar con ese gran proyecto de ganar un nuevo país para el catolicismo. No sería extraño que sonaran las campanas en toda la cristiandad para celebrarlo.

Hoy, en cambio, es muy difícil no pensar que esas cifras no significan nada. O muy poquito. Da la impresión de que, como dicen los propios norteamericanos, denotan una “distinción sin diferencia». A fin de cuentas, las encuestas que se hacen periódicamente por aquellos lares muestran que, en la práctica, católicos y no católicos son prácticamente iguales. En cuanto a conducta, convicciones morales, creencias y opiniones políticas, resultan indistinguibles de los demás y la distinción entre católicos y metodistas o agnósticos parece ser más folclórica que otra cosa. Mucho menos significativa, por ejemplo, que ser hinchas de un equipo u otro de fútbol americano. La paradoja es que Norteamérica se ha ido haciendo más católica al tiempo que los católicos se han ido haciendo menos católicos.

Por supuesto, en Estados Unidos hay católicos de gran fe, ortodoxos y fieles. Yo conozco a varios. Incluso habrá santos, aunque no los conozcamos, pero lo cierto es que la gran mayoría de los católicos americanos no son católicos. No es que sean malos católicos, que siempre han existido en todas las épocas, es que no son católicos en absoluto. No piensan como católicos, ni creen como católicos, ni tienen ninguna esperanza católica, ni tampoco aspiran, aunque sea con poco éxito, a comportarse como católicos. De ahí que tengan un presidente supuestamente católico como ellos y que, también como ellos, en realidad no tiene nada de católico.

Me dirán que, en eso, se parecen a los católicos de muchas otras naciones occidentales y así es. No es, ni mucho menos, algo exclusivo de los estadounidenses. Precisamente ahí está nuestro problema, que claramente no viene del exterior, sino del interior: hace mucho tiempo que, para infinidad de fieles y también de pastores, ser católico no significa nada, más allá de apegos sentimentales y folclóricos, la pertenencia por inercia a una institución y el vago deseo de “ser buenos” siempre que no nos cueste mucho.

Cuando no hay fe ni esperanza ni caridad sobrenaturales, el catolicismo desaparece. Y viceversa, cuando el catolicismo desaparece, es porque no hay fe ni esperanza ni caridad sobrenaturales. Quizá sea esa la auténtica carencia que hay que solucionar en la Iglesia y, en consecuencia, las ecologías, la supuesta necesidad de bendecir los pecados de moda o las sinodalidades sinodálicas no sean más que tristes intentos de ocultar el vacío que hemos creado en el interior del catolicismo y que no sabemos cómo llenar.

Bruno

Infocatolica

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