«¿Qué es la verdad? ¡Cuántos la ven, y preguntan por ella! ¡Cuántos la oyen, y la desprecian! ¡Cuántos la saben y la condenan! Ninguna maldad tiene en el mundo tan numeroso séquito, ni tan bien vestido” (F. Quevedo)[1].
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Dijo entonces Pilato: “¿Luego tu eres rey?” Respondió Jesús: “Tu dices que yo soy rey; pues para esto he nacido y he venido al mundo, para que todo el que es de la verdad, oiga mi voz”. Díjole Pilato: «¿Qué es la verdad?» Respondió Jesús: “La verdad proviene del cielo”. Dijo Pilato: “¿No hay verdad sobre la tierra?” Y respondió Jesús a Pilato: “Estás viendo cómo son juzgados los que dicen la verdad por los que ejercen el poder sobre la tierra”[2].
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Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Pilato le dijo: «Y ¿qué es la verdad?». Dicho esto, salió… (Jn 18,37-38a).
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Cuando Pilato preguntó a Jesús qué es la verdad, Jesús guardó silencio. La verdad no es definible, sino “sentible”, “padecible”. La Verdad no es algo sino Alguien. No es una cosa sino la Persona.
Pilato se ve en la disyuntiva de optar precisamente entre ser amigo de Jesús o amigo del César. Optar por la luz (que le compromete) o por la tiniebla (que …). Por un momento parece sospechar, adivinar la Verdad, pero le ocurre como a tantos de nosotros, que la tememos. Nos espanta ir hasta el límite porque más allá está el abismo, la profundidad insondable, donde se atisba la Verdad que nos compromete. Por regla general, nosotros, endebles seres humanos, a aquella verdad que no nos gusta preferimos ignorarla: Negarla lavándonos las manos, para que no nos afecte, para que no nos comprometa demasiado. Y en ello hay un reconocimiento implícito de ella misma. Quien teme a la verdad huye de sí. Por eso, la gente con fe en sí mismo no la teme, porque la respeta, la asume, la quiere.
Pilato no podía acceder a la verdad que tenía delante, porque su verdad era de otro orden, todo lo miraba desde su lógica de poder, de utilidad, de prestigio,… Decía Ortega y Gasset si «la preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira”[3]. Y ello vale para otros centros de nuestra personalidad, desde los que interpretaríamos la verdad: así el dinero, el placer, el poder,… se constituyen en factores discriminadores de la verdad. Rotulamos la verdad, nuestra verdad, según somos.
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La verdad no importa si no colabora a darme la razón en lo que me gusta, prefiero, quiero, elijo, etc. Cualquier cosa, pues, que se ajuste a mi capricho , eso es la verdad para mi, pues lo demás, por muy verdad real, intelectual, moral, de conocimiento, de fe revelada, etc., carece de importancia para el sujeto del individual del mundo occidental actual. Es decir, cualquier verdad que cae fuera del campo de la subjetividad más grosera, ha dejado de existir, por inoperante, insignificante e inasumible.
Lo que se deriva de esta concepción de «verdad», va a traer consecuencias impredecibles… Pero mucho me temo que nefastas, pues el hombre abandonado a sus instintos, deseos, gustos, egoísmos, intereses, conveniencias, etc., etc., se topa con aquello de San Pablo de «la avaricia es la raíz de todos los males». De modo, que este tipo de verdad, (aunque la gente crea o piense que no es hipocresía), es, por su ávara subjetividad, la definición de la mentira.
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¡Cuántos de nosotros —creyentes— tememos a la verdad! En el fondo es una falta de fe, de confianza en la gracia de Dios. Si Cristo es le Verdad, ¿por qué tener miedo a ahondar en ella?
“Quien busca la verdad busca a Dios; le sea manifiesto o no”, decía Einstein, tal y como afirmaba santo Tomás de Aquino, Aristóteles y santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).
La búsqueda de la verdad, que no se reprime acaba dando en la Verdad. El hombre de hoy, ejerciendo de Pilato, se lava las manos en un intento de renunciar a la Verdad, y prefiere no pensar en ella, no buscarla, porque presiente que se cumple lo de Adorno: «El pensamiento que no se decapita; desemboca en la trascendencia». Por eso es mejor no pensar, no pensar en términos importantes.
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[1] Política de Dios, gobierno de Cristo, en “Obras Completas”, Ed. Aguilar, Madrid 1932, p.368.
[2] ACTAS DE PILATO, cap.III.
[3] El espectador, Salvat editores, Barcelona 1970, p.18.
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