La sensibilidad defraudada

Yo en cuanto oigo a una persona que se autotitula como de ser muy sensible, enarco una ceja en sentido de duda y sospecha de que nunca es del todo así. En cualquier momento, bajo esa pátina de ser tal o cual cosa de aparente delicadeza y según para qué, sorprende con una conducta impropia, decepcionante o de dudosa eticidad.

Eso de ser sensible no es garantía de nada; es más, es de por sí un hecho de narcisismo impúdico. Y con quien lo pronuncia hay que ponerse en guardia, porque mayormente es pose y petulancia, en principio, y que luego, con tranquilidad, justifica cualquier barrabasada, imbuido de esa su verdad, o de que es así, con lo que no se siente responsable de nada. 

Ha tiempo ya lo advertía Buñuel en su cinematografía de personajes de la aristocracia bien respetables capaces de cometer las mayores atrocidades. Por lo mismo, y es como si la gente de hoy día toda se haya arsitocratizado, eso ocurre en cualquier estamento y hasta persona de la vida misma (hasta en cada uno de nosotros mismos). Y que incluso, podemos tener una senilidad para unas cosas y no para otras; es decir, que nos conmueven ciertas cosas y otras nos dejan indiferentes. Por ello, lo mejor que uno puede hacer por sí mismo es mirarse críticamente y juzgarse en qué momentos y circunstancias se comporta insensiblemente (¡cuántas confesiones se han perdido!). Los pecados en este sentido son infinitos… ¡Aunque como ustedes saben eso de sentir remordimiento, de avergonzarse, de sentir culpa, pedir perdón, etc., ya no se lleva (¡hasta hay quien se siente orgullo de sus pecados y afirma no arrepentirse de nada!).

Hay muchos ejemplos de hipocresía de la sensibilidad, que se dan o han dado en personajes conocidos, y que ponen de manifiesto el fraude de la exquisita sensibilidad moral, la más importante (y hasta única): ustedes seguro que podrían poner en la lista a muchos famosos que bajo la vitola o apariencia de ser personas muy honorables o defensoras de las causas perdidas o de los desvalidos, luego han resultado ser en algún aspecto de su vida, seres despreciables.

La parcialidad de la sensibilidad es peligrosísima; pues hace de personas que se tienen por buenas sentirse con el derecho a odiar al contrario. Los sensibles sectarios, que son muy delicados y tiernos con los “suyos”, con “sus causas”, con “sus ideales”, etc., y en cambio, son inmisericordes con los que no son de su cuerda, con los diferentes; fanáticamente se creen con el derecho a marginarlos, excluirlos, perseguirlos… y eliminarlos (si fuera posible).

En fin, que cada cual se mire a sí. Hay que estar en guardia con nosotros mismos, para no defraudar la propia sensibilidad inocente, tan expuesta a que las inducciones (conscientes, inconscientes, y en cualquier caso, influidos por el demonio y las pasiones de la carne y el mundo).

La libertad que Dios nos ha proporcionado -y ante la que no estamos en muchos casos a la altura- posibilita que desbarremos hasta límites insospechados y de los que no seremos conscientes, en muchos casos, en toda nuestra vida. ¡Qué inconscientes somos… o cómo justificamos lo injustificable, encubriéndolo de buenas y sensibles razones!

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