Uno que se ha hecho carne nuestra, que se ha unido a la cordada de los pecadores —sin serlo—, que se ha sometido —sin necesitarlo— tal día que hoy para siempre, al Bautismo, como uno de tantos. Dios, nuestro Señor, lo podría —en su omnipotencia— haber hecho de otra manera, seguro; pero quiso ser Jesús, para asumir formalmente la condición humana y manifestar su divinidad como el Cristo prometido y salvador esperado.
El Padre quiso manifestar que Aquél era su Hijo Amado. Y el pregonero de Dios, Juan Bautista, anunció a los allí congregados a orillas del Jordán, como hacía 30 años hicieran los ángeles a los pastores y el cielo a los Magos, que Ese estaba allí presente entre ellos, aunque no lo pareciera, era el Señor, aquél al que el hombre el hombre más grande nacido de mujer no era merecedor de ni de agacharse, humillarse, a desatarle la correa de sus sandalias. Era el Mesías.
Si aquella epifanía de Dios, tras su nacimiento fue para los cercanos (pastores) y lejanos (los Reyes de otras tierras), es decir para el mundo, de que Dios ha entrado en la historia humana; ahora la segunda epifanía es el anuncio a los pecadores, a los que bautizar, y a sus primeros discípulos y seguidores. La tercera epifanía será poco tiempo después, en las bodas de Caná, cuando inicie definitivamente el anuncio de su Reino o reinado.
Aunque la lectura de la celebración de este acontuecimiento del Bautismo del Señor es escénicamente bella de comentar, queremos fijarnos en la primera de las lecturas (que puede leer más abajo) de este día de ayer domingo, para hacer un breve comentario:
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- «Mirad a mi Siervo» así comienza el testo de Isaías, termino identificable con el del Mesías (al que Juan Bautista anticipa, pero con quien no deben confundir, Cf. Lc 3,15), que podemos ver también en Isaías, al aplicárselo al Siervo doliente.
- El la expresión que se usa en el Evangelio, «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» ((Lc 3,22b; Mateo 3,17) es justamente la utilizada por el profetas Isaías. Está al inicio del párrafo, con lo que le será aplicable lo que viene después.
- La segunda coincidencia es la del Espíritu que gravita sobre la figura de Jesús, «abrieron los cielos, el Espíritu Santo descendió sobre él» (Lc 3,21b-22a), en Isaías leemos: «He puesto mi espíritu sobre él«
- El va a anunciar el Reino de Dios, es decir, como dice Isaías: «manifestará la justicia a las naciones«. Si sustituimos justicia por Reino así es, y además que lo va a universalizar, es un reinado de Dios que alcanza a todos los pueblos de la tierra, no ya solo para Israel.
- Su predicación del Reino no será de manera espectacular, estruendosa, avasalladora, a voz en grito, impositiva, proselitista, sino mansa, tierna, misericordiosa,… » mansa
- Pero, sin embargo, no se acobardará, no retrocederá, irá con la verdad por delante, sin vacilar, cueste lo que cueste (así se vio ante Pilato, al decirle que El era la Verdad. En Isaías podemos leer: «Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará«.
- Y va a esparcir y sembrar la semilla del Reino a todo el mundo: «implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas«.
- El es la Luz para todo el mundo, para los seres humanos que están ciegos, sometidos, sin verdad ni libertad, que se encuentran en la prisión del príncipe de las tinieblas: «luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas«.
…………
Primera lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (42,1-4.6-7):
Mirad a mi Siervo,
a quien sostengo;
mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará,
hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
«Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».
Salmo
Sal 28,1a.2.3ac-4.3b.9b-10
R/. El Señor bendice a su pueblo con la paz
V/. Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado. R/.
V/. La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica. R/.
V/. El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo un grito unánime: «¡Gloria!»
El Señor se sienta sobre las aguas del diluvio,
el Señor se sienta como rey eterno. R/.
Segunda lectura
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (10,34-38):
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):
EN aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
…oo0oo…
Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 8-1-2023)
Hoy celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor y el Evangelio nos presenta una escena asombrosa: es la primera vez que Jesús aparece en público después de su vida oculta en Nazaret; llega a la orilla del río Jordán para que Juan lo bautice (Mt 3,13-17). Era un rito con el que la gente se arrepentía y se comprometía a convertirse; un himno litúrgico dice que el pueblo iba a bautizarse “desnuda el alma y desnudos los pies” —un alma abierta, desnuda, sin ocultar nada—, es decir, con humildad y con el corazón transparente. Pero, viendo que Jesús se mezcla con los pecadores, uno se queda sorprendido y se pregunta: ¿por qué Jesús tomó esta decisión? Él, que es el Santo de Dios, el Hijo de Dios sin pecado, ¿por qué tomó esa decisión? Encontramos la respuesta en las palabras que Jesús dirige a Juan: «Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (v. 15). Cumplir toda justicia: ¿Qué quiere decir?
Haciendo que Juan le bautice, Jesús nos desvela la justicia de Dios, esa justicia que Él ha venido a traer al mundo. Muchas veces tenemos una idea limitada de la justicia, y pensamos que significa que el que se equivoca, paga, y así repara el mal que ha hecho. Pero la justicia de Dios, como enseña la Escritura, es mucho más grande: no tiene como fin la condena del culpable, sino su salvación y su regeneración, volverlo justo: de injusto a justo. Es una justicia que proviene del amor, de esas entrañas de compasión y misericordia que son el corazón mismo de Dios, Padre que se conmueve cuando estamos oprimidos por el mal y caemos bajo el peso de los pecados y de las fragilidades. Así, la justicia de Dios no busca distribuir penas y castigos sino, como afirma el apóstol Pablo, consiste en hacernos justos a nosotros, sus hijos (cfr. Rm 3,22-31), librándonos de las ataduras del mal, resanándonos, levantándonos. El Señor está siempre con la mano tendida para ayudarnos a levantarnos, no está nunca listo para castigarnos. Y entonces comprendemos que, en la orilla del Jordán, Jesús nos revela el sentido de su misión: Él ha venido para llevar a cabo la justicia divina, que es salvar a los pecadores; ha venido para tomar sobre sus hombros el pecado del mundo y descender a las aguas del abismo, de la muerte, con el fin de recuperarnos e impedir que nos ahoguemos. Él nos muestra hoy que la verdadera justicia de Dios es la misericordia que salva. Nos da miedo pensar que Dios es misericordia, pero Dios es misericordia, porque su justicia es la misericordia que salva, es el amor que comparte nuestra condición humana, que se hace cercano, solidario con nuestro dolor, entrando en nuestras oscuridades para restablecer la luz.
Benedicto XVI afirmó que «Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado» (Homilía, 13 de enero de 2008).
Hermanos y hermanas, tenemos miedo de pensar en un justicia tan misericordiosa, pero sigamos adelante, Dios es misericordia. Su justicia es misericordia. Dejemos que Él nos tome de la mano. También nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ejercer de este modo la justicia en las relaciones con los demás, en la Iglesia, en la sociedad: no con la dureza de quien juzga y condena dividiendo las personas en buenas y malas, sino con la misericordia de quien acoge compartiendo las heridas y las fragilidades de las hermanas y de los hermanos para levantarlos. Quisiera decirlo así: no dividiendo, sino compartiendo. No dividir, sino compartir. Hagamos como Jesús: compartamos, llevemos los pesos los unos de los otros, en vez de chismorrear y destruir, mirémonos con compasión, ayudémonos mutuamente. Preguntémonos: ¿yo soy una persona que divide o que comparte? Reflexionemos: ¿soy un discípulo del amor de Jesús o un discípulo del chismorreo que divide? El chismorreo es un arma letal: mata, mata el amor, mata la sociedad, mata la fraternidad. Preguntémonos: ¿soy una persona que divide o una persona que comparte?
Y ahora recemos a la Virgen, que dio a la luz a Jesús sumergiéndolo en nuestra fragilidad para que recuperásemos la vida.
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Catena Aurea
Remigio
Debe advertirse que en estas palabras se designan las personas, el lugar, el tiempo y el oficio. El tiempo, cuando dice Tunc 1, entonces.
Rábano
Cuando tenía treinta años. En esto se manifiesta, que no debe autorizarse a ninguno, ni sacerdote, ni predicador, si no es de una edad madura. José fue encargado del gobierno de Egipto cuando tenía treinta años. David empezó su reinado cuando tenía la misma edad. Ezequiel mereció ser designado como profeta en la misma edad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 10,1
Puesto que después de este bautismo quería Jesús derogar la Ley, espera hasta esta edad, en que caben todos los pecados, y la cumple íntegra hasta entonces, no fuera que dijera alguno que la derogaba por no ser capaz de cumplirla.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Se dice también entonces (es decir, cuando Juan predicaba: haced penitencia) para confirmar su predicación y para que recibiese su testimonio del mismo San Juan. Así como cuando sale el lucero éste marcha delante del sol, y la luz del sol no espera el ocaso del lucero para brillar, sino que aparece cuando aún sigue su carrera, pero el sol oscurece su brillo con sus rayos, así también Jesucristo no esperó que San Juan terminase su carrera, sino que apareció cuando él aún predicaba.
Remigio
Se hace mención de las personas cuando se dice: «Vino Jesús a Juan», esto es, Dios al hombre, el Señor al siervo, el Rey a su soldado, la luz a la linterna. Se designan los lugares cuando se dice: «De Galilea al Jordán». Galilea quiere decir emigración. Todo el que quiere bautizarse, emigre de los vicios a las virtudes y, viniendo al bautismo, humíllese. Jordán quiere decir bajada.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
La Sagrada Escritura dice que se han verificado muchas cosas admirables en este río, entre otras, diciendo: «el Jordán se volvió atrás» ( Sal 113,3). Antes las aguas se volvieron atrás, ahora se vuelven los pecados. Así como Elías dividió las aguas del Jordán 2, así Cristo, Nuestro Señor, hizo en el mismo Jordán la separación de los pecadores.
Remigio
Se expresa el oficio cuando se sigue: «Para que fuese bautizado por él».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
No para que él mismo recibiese el perdón de sus pecados por medio del bautismo, sino para dejar santificadas las aguas a los que se bautizasen después.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
El Salvador quiso bautizarse no para adquirir limpieza para sí, sino para dejarnos una fuente de limpieza. Desde el momento en que bajó Cristo a las aguas, el agua limpia los pecados de todos. Y no debe admirar que el agua, es decir una sustancia corporal, aprovecha para purificar el alma. Viene y penetra perfectamente todos los secretos de la conciencia. Aun cuando el agua es sutil y débil, con la bendición de Cristo se hace sumamente fuerte y penetra con su blando rocío las causas ocultas de la vida, hasta los secretos del pensamiento. Es mucho más sutil la penetración de las bendiciones, que la de la humedad de las aguas. De donde se desprende, que la bendición del Salvador en su bautismo ha llenado las regiones más escogidas y los manantiales de las fuentes como río espiritual.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Vino a este bautismo para que, aquél que había tomado la naturaleza humana, pudiese llenar plenamente todos los secretos de la misma naturaleza. Porque aunque El no era pecador, tomó sin embargo la naturaleza pecadora. Por lo tanto, aunque por sí mismo no necesitaba el bautismo, la naturaleza carnal de otros lo necesitaba.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Quiso bautizarse, además, porque quiso hacer lo que nos manda hacer, para que como buen maestro no sólo nos enseñase con su doctrina, sino también con su ejemplo.
San Agustín, in Ioannem, 5,5
Por esta razón quiso ser bautizado por San Juan: para que sepan sus siervos con cuánta alegría deben correr al bautismo del Señor, al ver como El no ha desdeñado recibir el bautismo del siervo.
San Jerónimo
Además quiso bautizarse para confirmar con su bautizo el bautismo de San Juan.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 12,1
Porque el bautismo de Juan era de arrepentimiento, y llevaba consigo la confesión de las culpas, para que no hubiese alguien que creyese que Cristo había venido a bautizarse por esta causa, el Bautista dijo al que venía: «Yo debo ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Como si dijese: Está bien que tú me bautices, esta razón es idónea (para que yo también sea justo, y me haga digno del cielo). Pero ¿qué razón hay para que yo te bautice? Todo lo bueno baja del cielo a la tierra y no sube de la tierra al cielo.
San Hilario, in Matthaeum, 2
Por último, el Señor no pudo ser bautizado por Juan como Dios, pero enseña que debe bautizarse como hombre. De donde se sigue que respondiéndole Jesús, le dice: «Déjame ahora».
San Jerónimo
Y hermosamente responde: «Déjame ahora», para manifestar que Cristo debía ser bautizado por San Juan en el agua, y San Juan ser bautizado por Cristo en espíritu. O de otro modo: «Déjame ahora», para que quien ha tomado la forma de siervo, manifieste su humildad. Sé consciente de que tú habrás de ser bautizado con mi bautismo en el día del juicio. O, «déjame ahora», dice el Señor, porque tengo otro bautismo con el cual habré de ser bautizado. Tú me bautizas en agua para que yo te bautice por mí en tu sangre.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
En lo que manifiesta también que Cristo bautizó después a San Juan, aun cuando en los libros apócrifos esto está escrito de una manera patente. Pero ahora déjame que manifieste la rectitud del bautismo no sólo con palabras, sino también con obras. Primero recibiré, después predicaré. De donde se sigue: «Así conviene que nosotros cumplamos toda justicia». Esto no quiere decir que si fuese bautizado cumpliría toda justicia, sino que la cumple así, de esa manera. Es decir, primero cumplió toda la justicia del bautismo con obras, después la predicó, según aquellas palabras: Jesús empezó a hacer y enseñar. O de otro modo: Conviene que nosotros hagamos toda justicia, como hacemos la del bautismo, es decir, según las necesidades de la naturaleza humana. Así cumplió la justicia naciendo, creciendo y todo lo demás.
San Hilario, in Matthaeum, 2
Por El debía cumplirse toda justicia, por quien únicamente podía cumplirse la ley.
San Jerónimo
Pero no añadió si se trataba de la justicia de la ley o de la naturaleza, para que entendamos que ambas.
Remigio
O así: Conviene que nosotros cumplamos toda justicia, es decir, debemos dar ejemplo de cumplir toda justicia en el bautismo, sin el cual no puede abrirse la puerta del reino de los cielos. O también, para que aprendan los soberbios el ejemplo de humildad, y no se crean rebajados cuando sean bautizados por mis humildes ministros, al ver que yo he sido bautizado por mi siervo Juan.
La verdadera humildad es la que sigue a su compañera la obediencia. De donde se sigue: «Entonces le dejó», es decir, permitió que se bautizase.
Notas
- Tote: adv., entonces, en aquel tiempo.
- Ver 2Re 2,14.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Porque, como se ha dicho, cuando nuestro Salvador quedó lavado, ya quedaba limpia toda el agua para nuestro bautismo, para que se pudiese administrar la gracia del bautismo a las generaciones venideras.
Convino también que se designasen en el bautismo de Cristo todas las gracias que se conceden por El mismo a los fieles, de donde se dice: «Bautizado Jesús, inmediatamente salió del agua».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
La acción de Cristo pertenece al misterio de todos aquellos que después habían de ser bautizados. Por ello dijo «inmediatamente», y no sólo «salió», porque todos los que debían bautizarse dignamente en Cristo, inmediatamente salen del agua, es decir, marchan hacia las virtudes y son elevados a la dignidad celestial. Los que siendo carnales entraron en el agua y eran hijos del pecador Adán, en seguida salen espirituales y convertidos en hijos de Dios. Si algunos por culpa suya no salen santificados del bautismo, ¿qué hace eso al bautismo?
Rábano
El Señor nos ha concedido el lavado del bautismo con la inmersión de su cuerpo, y en ello nos ha demostrado que puede abrirnos las puertas del cielo cuando recibimos el bautismo, y concedernos el Espíritu Santo. De donde prosigue: «Y se le abrieron los cielos».
San Jerónimo, in Matthaeum, 3
No con la apertura de los elementos, sino para los ojos espirituales, como nos refiere Ezequiel en el principio de su libro.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Si lo natural se hubiera abierto no diría: «Se abrieron para El», porque lo que se abre de un modo material, se abre para todos. Pero acaso diga alguno: ¿Qué es esto? ¿Se cerraron los cielos en presencia del Hijo de Dios, quien, aunque estaba en la tierra, a la vez estaba en el cielo? Pero entiéndase que, así como fue bautizado según la condición humana, así se abrieron para El los cielos también según esta misma condición. Sólo según la naturaleza divina se encontraba en los cielos.
Remigio
Pero, ¿acaso entonces se abrieron los cielos para El la primera vez, también conforme con la naturaleza humana? La fe de la Iglesia cree y enseña que no se abrieron menos los cielos para El antes que después. Por lo tanto, se dice que se abrieron los cielos para El, porque la puerta del reino celestial se abría entonces para todos los que renacían a la gracia.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Quizás puede decirse que existían antes obstáculos invisibles que se oponían a que las almas de los justos entrasen en el reino de los cielos. No creo que ningún alma haya ascendido a los cielos antes que Jesucristo, puesto que desde que Adán pecó se cerraron los cielos. Sólo se abrieron cuando Jesucristo se bautizó. Cuando venció la tiranía del pecado por medio de la cruz, como no eran necesarias las puertas (no habiendo estado cerrado el cielo nunca más), no dijeron los ángeles: «Abrid las puertas», porque ya estaban abiertas, sino: «Levantad las puertas». O, los cielos se abren para los que se bautizan y ven las cosas que hay en los cielos, no mirando con los ojos de la carne, sino creyendo con los ojos espirituales de la fe. O de otro modo: Los cielos son las Sagradas Escrituras, las que todos leen, aunque no todos las entienden, a no ser que sean bautizados de manera que reciban el Espíritu Santo. Por ello las Escrituras de los profetas no eran inteligibles para los apóstoles en un principio, hasta que, habiendo recibido el Espíritu Santo, todas las Escrituras les quedaron perfectamente inteligibles. Sin embargo, de cualquier modo que se entienda, los cielos se abrieron para El, es decir, para todos por medio de El, como si un emperador dice a alguno que pide una gracia para otro: «Este beneficio no lo doy para otro, sino para ti, es decir, por ti se lo doy a aquél».
La glosa
Y tanto resplandor rodeó a Jesucristo en el bautismo, que parecía estar en la gloria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 12,2
Si tú no ves, no seas incrédulo, porque en los principios de los ejercicios del espíritu aparecen visiones sensibles, en favor de aquellos que no pueden tener inteligencia de la naturaleza incorpórea. De este modo, si más adelante dichas visiones desaparecen, reciban la fe de aquellas que una vez acontecieron.
Remigio
Así como la puerta del reino de los cielos se abrió para todos los regenerados por el bautismo, así todos reciben en el bautismo los dones del Espíritu Santo. Por ello se añade: «Y vio el Espíritu de Dios bajando en forma de paloma y viniendo sobre El».
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Jesucristo, después que ha nacido para los hombres, renace en los sacramentos. Como entonces lo admiramos engendrado en una Madre sin culpa, así ahora lo recibimos sumergido en una pura ola. La Madre de Dios engendró a su Hijo y permaneció pura. Una ola de agua lavó a Cristo y quedó santificada. Por último, el Espíritu Santo, que lo formó en las entrañas, ahora lo rodea de luz en lo profundo de las aguas. Y el que antes hizo pura a María, ahora santifica las aguas. De donde dice: «Y vi al Espíritu de Dios, bajando».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 4
Por ello el Espíritu Santo tomó la forma de paloma, porque esta ave mansa y pura es la que, entre todos los animales, practica más la caridad. Todas las apariencias de justicia que tienen los que son hijos de Dios en verdad, pueden tener los esclavos del demonio por medio de la ficción. Sólo la caridad del Espíritu Santo es la que no puede imitar el espíritu inmundo. Por ello, el Espíritu Santo se reservó para sí esta especie privada de caridad. No se conoce por el testimonio de alguno en dónde se encuentre el Espíritu Santo, más que por la gracia de la caridad.
Rábano
Se distinguen siete virtudes en los bautizados por medio de Espíritu Santo bajo la forma de paloma. La paloma habita junto a las aguas, para que, al ver al gavilán, pueda sumergirse en el agua y librarse de sus garras; elige los mejores granos, alimenta a los hijos de otro, no hiere con su pico, carece de hiel, hace sus nidos en los agujeros de las piedras y tiene una especie de gemido en vez de canto. Así los santificados por el bautismo viven junto a las aguas de las Sagradas Escrituras, para huir de las embestidas del enemigo y se alimentan con las sanas sentencias que eligen y no con las interpretaciones heréticas. A los hombres que fueron pollos del diablo, esto es, sus imitadores, los alimentan con la doctrina y con su ejemplo; no interpretan mal las buenas sentencias, hiriendo como lo hacen los herejes; carecen de indignación irracional; ponen su nido en las llagas de la muerte de Cristo, que es la piedra firme, esto es, su refugio y su esperanza. Y así como otros se deleitan en el canto, así ellos se deleitan en el llanto por sus pecados.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 12,3
Se hace mención de cierta historia antigua: cuando nuestro linaje en el diluvio, apareció también la paloma para señalar el final de la tormenta y, llevando un ramo de olivo, anunció la buena nueva de paz sobre la tierra. Todo lo cual era figura de lo que después había de suceder. Pues ahora aparece la paloma para señalarnos al que venía a librarnos de todos nuestros males y trae, en vez del ramo de olivo, la filiación divina para todo el género humano.
San Agustín, de Trinitate, 2,5
Extraña comprender por qué se diga que el Espíritu Santo haya sido enviado, cuando desciende sobre el mismo Dios de una manera visible en forma de paloma. Se formó en el principio una especie de creatura, en la que se representasen las propiedades del Espíritu Santo. Esta operación, manifestada en el exterior y ofrecida a la vista de los mortales, se llama misión del Espíritu Santo, no porque apareciese su esencia invisible, sino para que el corazón humano, estimulado por las cosas visibles, se mueva al deseo de la oculta eternidad. Pero el Espíritu Santo no tomó esta creatura en quien apareció, en unión de la persona, como el Hijo tomó la forma humana en el seno de una Virgen; ni el Espíritu Santo ha santificado la paloma, ni la ha unido a su persona para siempre. Por lo tanto, aunque aquella paloma se llama Espíritu, para que se manifieste por la paloma el Espíritu patentizado, no podemos llamar al Espíritu Santo, Dios y paloma, como decimos Hijo, Dios y Hombre; ni como decimos al Hijo, Cordero de Dios. No sólo por lo que nos dice San Juan Bautista predicando, sino también San Juan evangelista viendo en su Apocalipsis el Cordero santificado. Aquella visión profética no se patentiza a los ojos de la carne por medio de formas corpóreas, sino en espíritu, por medio de imágenes espirituales de los cuerpos. De aquella paloma, en cambio, nadie ha dudado jamás que haya sido vista con los ojos. Ni como llamamos al Hijo piedra (porque está escrito: Cristo era piedra), podemos llamar paloma al Espíritu Santo; porque la piedra ya existía y metafóricamente se le designa con el nombre de Cristo a quien significaba. No sucede lo mismo con la paloma, que para significar estas cosas existió momentáneamente. Esto se asemeja, a mi modo de entender, a aquella llama que apareció a Moisés a quien el pueblo seguía por el camino del desierto y a los truenos y rayos que se percibieron en el monte mientras se daba la Ley. Estas formas corpóreas sólo existieron para explicar algunas cosas que tenían su significado, pero desaparecieron en seguida. Por medio de estas formas corporales se dice que fue enviado el Espíritu Santo, por ello estas formas aparecieron en un momento y desaparecieron después.
San Jerónimo, in Matthaeum, 3
Posó la paloma sobre la cabeza de Jesús, para que no hubiese quien pudiera creer que la voz del Padre se dirigía al Bautista y no al Señor. De donde se siguen estas palabras: se posaba sobre El.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
El Padre enseñó que el Hijo no habría de venir por medio de Moises, ni por los profetas, ni por otros tipos o figuras, sino que demuestra claramente que vino en persona, diciendo: «Este es mi Hijo».
San Hilario, in Matthaeum, 2
Para que en estas cosas que se verificaban en Cristo, especialmente después del bautismo, conociésemos que no vivía en figuras, bajó el Espíritu Santo al abrirse las puertas del cielo y descendió sobre nosotros para que en ello viésemos que se nos abrían las puertas del cielo y se nos inundaba de gloria, haciéndonos hijos de Dios, adoptados por la voz del Padre.
San Jerónimo, in Matthaeum, 3
El misterio de la Santísima Trinidad se demuestra en el bautismo. Jesucristo (el Hijo), es bautizado, el Espíritu Santo baja en forma de paloma y se oye la voz del Padre, dando testimonio del Hijo.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
No debe admirar que se patentice el misterio de la Santísima Trinidad en el bautismo de Nuestro Señor, puesto que nuestro bautismo no es otra cosa que la representación de tan augusto misterio. Quiso Dios que primero se verificase en El lo que después había de mandar a todo el género humano.
Fulgencio de Ruspe, de fide ad Petrum, 9
Aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean una misma naturaleza, cree firmemente que subsiste en tres personas: El Padre, quien dijo, éste es mi Hijo muy amado; el Hijo, sobre quien se oye la voz del Padre; y el Espíritu Santo, quien aparece en forma de paloma sobre el Hijo bautizado.
San Agustín, de Trinitate, 4,21
Esta obra es la de toda la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, existen en una misma esencia, sin diferencias de tiempo ni de lugares. En estas palabras se distinguen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y no puede decirse que se presenten en una misma esencia. En cuanto a lo que se dice visiblemente en las sagradas letras, aparecieron separadamente en cuanto a los espacios que cada persona ocupaba. Desde luego se sabe que la Santísima Trinidad se conoce en sí misma inseparable, pero se puede mostrar separadamente por medio de aspectos materiales. Que sea sólo la voz propia del Padre, se demuestra por las palabras que dijo: Este es mi Hijo.
San Hilario, de Trinitate, 3,11
No sólo ha demostrado que es su Hijo con el nombre, sino con la propiedad. Muchos somos hijos de Dios, pero el Hijo de quien hablamos no es de esta clase. Este es su Hijo propio y verdadero, por origen, no por adopción; en verdad, no en apariencia; por natividad, no por creación.
San Agustín, in Ioannem, 14,11
El Padre, pues, ama al Hijo, pero como un padre ama a un hijo, no como un amo quiere a su siervo; como unigénito, no como adoptado y por ello añade: En El me complazco.
Remigio
Se refería a la humanidad de Cristo. Si se lee: en quien me he complacido, el sentido es éste: En quien me complazco, porque sólo a El he encontrado justo y sin pecado. Si se leyese: en quien me he complacido, se entendería: establecer en El mi designio de hacer por medio de El lo que ha de hacerse, esto es, la redención del género humano.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,14
Los dos otros evangelistas, San Marcos y San Lucas, lo dicen con las mismas palabras, pero en cuanto a las palabras de la voz que se percibió desde el cielo, varían en cuanto a la forma, aunque dice lo mismo en la esencia. San Mateo dice: »Este es mi Hijo amado y los otros dos ponen: Tú eres mi Hijo amado, para declarar esta misma sentencia. La voz del cielo dijo una de estas cosas, pero San Mateo quiso demostrar que venía a decir lo mismo. Este es mi Hijo, para que se indicase especialmente a aquellos que oían, que Aquél mismo era el Hijo de Dios. Por ello quiso referir el hecho. Tú eres mi Hijo, como si se le dijese: Este es mi Hijo, no indicándoselo a Jesucristo, porque lo sabía, sino para que lo oyesen los que estaban presentes, por quienes se pronunciaron aquellas palabras. Otro dice: En quien me complazco; otro, en quien te he complacido; otro, en ti me ha complacido. Si se desea saber cuál es el sentido de aquella voz que sonó, nótese que aunque los tres evangelistas no refieren las mismas palabras, sí dicen la misma sentencia. Que el Padre se complacía en el Hijo, se conoce desde luego en las palabras: «En ti me he complacido». Que el Padre se complaciese en los hombres, al decir que se ha complacido en el Hijo, se desprende de aquellas palabras, «en ti me ha complacido», para que se entienda, que esto se ha dicho para todos los evangelistas, como si se dijese: En El he constituído todas mis complacencias, esto es, ha colmado cuanto puede complacerme.

