El Evangelio (Mc 10,17-27) de la liturgia de hoy, 3 de marzo, nos habla de lo que suponen las riquezas en cuanto a darlas una importancia absolutizante, que se prefieren al tesoro del Reino divino, comprometiendo la salvación eterna.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 17-27:
En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.
Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.
Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.
Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.
Hay quien en la vida persigue un tipo de riqueza e ignora el verdadero tesoro que tiene su caja fuerte en el cielo. No se puede aspirar a ambas, se excluyen mutuamente. O se es rico según el mundo o se es rico según Dios.
Si no eres capaz de dar es que careces de esa aptitud de desapego y donación; si no te desprendes de tantas riquezas irás tan cargado que a la hora de entrar por el ojo de la aguja (es decir, por la puerta estrecha), la carga te impedirá el paso. Descárgate, pues, de tantas adherencias materiales que te impedirán atravesar la puerta por la que se accede al cielo.
Si has hecho de la riqueza la razón de vivir has perdido a Dios. La riqueza es tu dios, y su suerte su destino. «Así sucederá al que atesora para sí y no es rico a los ojos de Dios» (Lc 12,21).
Nadie puede ser rico y estar vivo. No se puede ser rico y poseer una conciencia viva.
«El que se apresura a enriquecerse no será sin culpa» (Prov 28,20).
“Detrás de toda gran fortuna siempre hay un crimen”, decía Honorato de Balzac; que es parecido a lo que arriba decía san Juan Crisóstomo: “No es posible, no, no es posible enriquecerse sin cometer mil iniquidades”. Mahatma Gandhi decía:»Resulta difícil, aunque no imposible, hacer negocios de manera absolutamente honesta. Lo que, desde luego, es cierto es que la honradez es incompatible con la acumulación de una gran fortuna». Desde un punto de vista moral y de justicia social, es un crimen el enriquecerse a costa de otros, el explotarlos, engañarlos y manipularlos para hacerse con sus bienes y arrebatarles sus derechos; ¿cuántas riquezas tienen origen en la ignominia: en el enriquecimiento ilícito, robo, fraude, crimen, drogas, tráfico de armas, usura, desamortizaciones, alteraciones de precios…, extracción de recursos…, y otras mil artimañas innobles que ha llevado a amasar grandes fortunas, y que siempre y el cualquier caso, se miró a adelante sin repara en los que se hallaban y hallan miserablemente en la cuneta, como si no fueran hermanos. «Sepa que es el más miserable de los hombres quien se enriquece con la miseria ajena» (San Zenón de Verona). De modo que como día Platón: «Es imposible se extraordinariamente bueno y, a par, extraordinariamente rico»[1].
Inclinándose sobre el misterio de Belén, el Padre de Foucauld decía: «Si hay alguno que puede contemplarte en la gruta y seguir siendo rico, no lo sé: yo no puedo».
Si has hecho de la riqueza la razón de vivir has perdido a Dios. La riqueza es tu dios, y su suerte su destino. La riqueza genera ateísmo. El oro sustituye a Dios.
«Decir a un regalado y rico, que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con moderar su plato, para que coman otros siquiera pan, que mueren de hambre, sacará mil razones para no entender esto, sino a su propósito. (Santa Teresa de Jesús).
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«El pequeño burgués no posee los signos externos ni las facilidades del rico, pero toda su vida está en tensión hacia la adquisición de unos y otras. Sus valores son los del rico, achaparrados, desfigurados por la envidia. No es rico solamente quien tiene mucho dinero. Es rico el pequeño empleado que se ruboriza de su traje raído, de su calle»[2].
«Para el carácter productivo, dar posee un significado totalmente distinto: constituye la más alta expresión de potencia. En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mi mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho.»[3]
Tener la capacidad de desprenderse de cualquier riqueza, es la mayor riqueza, la única riqueza verdadera, que sólo algunos poseen.
Sólo quien es verdaderamente rico es capaz de ser pobre. Su riqueza (según la lógica divina) era tan grande que podía ser pobre (según la lógica del mundo). ¿No ha elegido Dios a los pobres según el mundo, ricos, en la fe y herederos del reino, que ha prometido a los que aman? (Sant 2,5).
«Nuestro mayor peligro consistiría en ser ricas» (Madre Teresa de Calcuta).
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 13 octubre 2024)
El Evangelio de la liturgia de hoy (Mc 10,17-30) nos habla de un hombre rico que corre al encuentro de Jesús y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (v. 17). Jesús lo invita a dejar todo y a seguirlo, pero el hombre, entristecido, se va, porque -dice el texto- «era muy rico» (v. 23). Cuesta dejarlo todo.
Podemos ver aquí los dos movimientos de este hombre: al principio, corre para ir a ver a Jesús; al final, sin embargo, se va entristecido, se marcha triste. Primero corre al encuentro y luego se va. Detengámonos en esto.
En primer lugar, este hombre va corriendo adonde está Jesús. Es como si algo en su corazón le impulsara: en efecto, a pesar de tener tantas riquezas, se siente insatisfecho, lleva dentro una inquietud, va en busca de una vida plena. Como hacen a menudo los enfermos y los endemoniados (cfr. Mc 3,10; 5,6), en el Evangelio se ve, se postra a los pies del Maestro; es rico, y sin embargo necesita ser sanado. Es rico pero necesita ser sanado. Jesús lo mira con amor (v. 21); luego, le propone una “terapia”: vender todo lo que posee, darlo a los pobres y seguirlo. Pero, en este punto, llega una conclusión inesperada: ¡ese hombre pone cara triste y se va! Tan grande e impetuoso ha sido su deseo de conocer a Jesús, como fría y rápida ha sido su despedida de Él.
También nosotros llevamos en el corazón una necesidad irreprimible de felicidad y de una vida llena de sentido; sin embargo, podemos caer en la ilusión de pensar que la respuesta se encuentra en poseer cosas materiales y en las seguridades terrenas. Jesús, en cambio, quiere llevarnos a la verdad de nuestros deseos y hacer que descubramos que, en realidad, el bien que anhelamos es Dios mismo, su amor por nosotros y la vida eterna que Él y solo Él puede darnos. La verdadera riqueza es ser mirados con amor por el Señor -esta es una gran riqueza-, y, como hace Jesús con aquel hombre, amarnos entre nosotros haciendo de nuestra vida un don para los demás. Hermanos y hermanas, por eso, Jesús nos invita a arriesgar, a “arriesgarnos a amar”: vender todo para darlo a los pobres, que significa despojarnos de nosotros mismos y de nuestras falsas seguridades, prestando atención a quien está necesitado y compartiendo nuestros bienes, no solo las cosas, sino lo que somos: nuestros talentos, nuestra amistad, nuestro tiempo…
Hermanos y hermanas, aquel hombre rico no quiso arriesgarse, no quiso arriesgarse a amar y se fue con cara triste. ¿Y nosotros? Preguntémonos: ¿a qué está apegado nuestro corazón? ¿Cómo saciamos nuestra hambre de vida y de felicidad? ¿Sabemos compartir con quien es pobre, con quien está en dificultad o necesita un poco de escucha, necesita una sonrisa, una palabra que le ayude a recuperar la esperanza? O necesita que lo escuchen… Recordemos esto: la verdadera riqueza no son los bienes de este mundo, la verdadera riqueza es ser amados por Dios y aprender a amar como Él.
Y ahora pidamos la intercesión de la Virgen María, para que nos ayude a descubrir en Jesús el tesoro de la vida.
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(Ángelus, 11 octubre 2015)
El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 10 de san Marcos, se articula en tres escenas, marcadas por tres miradas de Jesús.
La primera escena presenta el encuentro entre el Maestro y un hombre que —según el pasaje paralelo de san Mateo— es identificado como «joven». El encuentro de Jesús con un joven. Él corre hacia Jesús, se arrodilla y lo llama «Maestro bueno». Luego le pregunta: «¿qué haré para heredar la vida eterna?», es decir, la felicidad (v. 17). «Vida eterna» no es sólo la vida del más allá, sino que es la vida plena, realizada, sin límites. ¿Qué debemos hacer para alcanzarla? La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. A este respecto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud. Y Jesús intuye este deseo que el joven lleva en su corazón; por eso su respuesta se traduce en una mirada intensa, llena de ternura y cariño. Así dice el Evangelio: «Jesús se lo quedó mirando, lo amó» (v. 21). Se dio cuenta de que era un buen joven. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de su interlocutor y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Pero ese joven tiene el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, y se va triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el empuje inicial del joven se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado.
En la segunda escena, el evangelista enfoca los ojos de Jesús y esta vez se trata de una mirada pensativa, de advertencia: «Mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas”» (v. 23). Ante el estupor de los discípulos, que se preguntan: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» (v. 26), Jesús responde con una mirada de aliento —es la tercera mirada— y dice: la salvación, sí, es «imposible para los hombres, no para Dios» (v. 27). Si nos encomendamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que nos impiden seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, Él nos da la salvación, Él nos acompaña en el camino.
Y así hemos llegado a la tercera escena, la de la solemne declaración de Jesús: En verdad os digo que quien deja todo para seguirme tendrá la vida eterna en el futuro y cien veces más ya en el presente (cf. vv. 29-30). Este «cien veces más» está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se reencuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: «Hay más dicha en dar que en recibir» (cf. Hch 20, 35).
El joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús, y así no pudo cambiar. Sólo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa. Y yo os pregunto a vosotros, jóvenes, chicos y chicas, que estáis ahora en la plaza: «¿Habéis sentido la mirada de Jesús sobre vosotros? ¿Qué le queréis responder? ¿Preferís dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que nos ofrece la mundanidad?».
Que la Virgen María nos ayude a abrir nuestro corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede colmar nuestra sed de felicidad.
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Catena Aurea
Beda, in Marcum, 3, 40
Un hombre, que había oído decir al Señor que los que quieren ser semejantes a los niños son dignos de entrar en el reino de los cielos, le pide que se lo explique claramente y no con parábolas, y que le diga qué méritos tiene que hacer para conseguir la vida eterna. «Así que salió para ponerse en camino, vino corriendo un joven, y arrodillado a sus pies, le preguntó: Oh buen Maestro: ¿qué debo hacer yo para conseguir la vida eterna?».
Teofilacto
Causa admiración ese joven que, cuando los demás se acercan al Señor a causa de sus enfermedades, él pide la posesión de la vida eterna, a pesar de la maligna pasión de la avaricia por la cual se vio afligido después.
San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, 63, 1
Porque se acercó verdaderamente al Señor como un hombre a otro y como a uno de los doctores de los judíos, le contestó como hombre. «Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios». Sin embargo, aunque dice esto, no niega la bondad de los hombres, sino en comparación a la bondad divina.
Beda, in Marcum, 3, 40
Este único Dios bueno no es solamente el Padre, sino el Hijo, que dice: «Yo soy el buen Pastor» ( Jn 10,11), y el Espíritu Santo, de quien se dice: «Vuestro Padre, que está en los cielos, dará el Espíritu bueno a los que se lo piden» ( Lc 11,13); que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, forman una sola e indivisible Trinidad y un solo y buen Dios. No niega el Señor que sea bueno, pero da a entender que es Dios. No dice que no sea buen Maestro, sino que no puede serlo ninguno sin Dios.
Teofilacto
Quiso, pues, el Señor elevar con estas palabras el espíritu de aquel joven para que lo reconociese como a Dios. Nos insinúa además con esto, que cuando hayamos de tratar con una persona, no lo hagamos adulándola, sino teniendo fija la atención en Dios, raíz y fuente de toda bondad, y rindiéndole honor.
Beda, in Marcum, 3, 40
Es de advertir que la observancia de la ley daba a sus discípulos, no sólo los bienes de la tierra, sino los eternos, por lo que dice al que le preguntaba sobre los medios de conseguir la vida eterna: «Ya sabes los mandamientos. No cometer adulterio, no matar», etc. Esta es la inocencia infantil que nos propone para que la sigamos, si queremos entrar en el reino de Dios. «A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad». No debemos pensar que este hombre preguntó así al Señor para tentarlo, como creen algunos, ni que mintió en lo que dijo de su vida, sino que dijo sencillamente la verdad, lo que se demuestra en lo que sigue: «Y Jesús, poniendo en él los ojos, le mostró agrado», etc. Y es claro que si hubiera sido reo de mentira o disimulo no le hubiese amado quien penetra lo más secreto de los corazones.
Orígenes, homiliae in Matthaeum, hom. 8
En el hecho de amarlo o de abrazarlo, se ve que aprobó Jesús la verdad con que afirmó haber cumplido los mandamientos. Penetrando en su interior, vio en él al hombre de verdad y su buena conciencia.
Pseudo-Crisóstomo, Cat in Marc. Oxon
Pero se preguntará alguien cómo puede amar el Señor a quien no había de seguirle. A esto se puede responder diciendo que en un primer momento el joven fue digno del amor del Señor porque había observado la ley desde su juventud. Ya cerca al final del encuentro no hubo ninguna disminución del amor manifestado inicialmente. El joven por su parte no optó por la perfección. Pero si bien no había superado la medida humana, al no seguir la perfección que le proponía el Señor, sin embargo no había cometido ningún crimen al observar la ley según la medida humana. Es por esta observancia por la que lo amó el Señor.
Beda, in Marcum, 3, 40
Ama el Señor a los que guardan los mandamientos de la ley aunque son menores que los que buscan la perfección. Pero no por eso deja de manifestar que no es suficiente la observancia de la ley para los que desean ser perfectos, puesto que no vino para abolir la ley sino para darle plenitud. «Una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo, y ven después, y sígueme». Por tanto el que está llamado a ser así perfecto debe vender lo que tiene, no sólo parte de ello, como hicieron Ananías y Safira, sino todo.
Teofilacto
Y luego que lo hubiere vendido, dar su importe a los pobres, no a los canallas y disolutos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2
No sin motivo hizo mención del tesoro del cielo y no de la vida eterna, diciendo: «Que así tendrás un tesoro en el cielo», porque, hablando de riquezas y de la renuncia de todo, manifiesta que da a quienes ordena que renuncien a todo, tanto más, cuanto mayor es el cielo que la tierra.
Teofilacto
Pero, dado que muchos pobres en vez de ser humildes tienen el vicio de la embriaguez o cualquier otro, dice: «Y ven después, y sígueme».
Beda, in Marcum, 3, 40
Sigue al Señor aquél que le imita y marcha sobre sus huellas.
«A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy afligido».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2
Y el Evangelista nos refiere la causa de su tristeza, diciendo: «Pues tenía muchos bienes»: que no se afligen de igual modo los que tienen poco que los que tienen mucho, puesto que el aumentar las riquezas ya adquiridas hace mayor la llama de la codicia.
«Y echando una ojeada alrededor de sí, dijo Jesús a sus discípulos: Oh, cuán difícilmente los ricos entrarán en el reino de Dios».
Teofilacto
No dice esto porque las riquezas sean malas, sino que lo son los que las tienen para guardarlas; por consiguiente, es preciso no atesorar, sino usar de las riquezas en lo que es necesario y útil.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2
Se dirigió el Señor con estas palabras a los discípulos pobres y que no poseían nada, enseñándoles a no avergonzarse de su pobreza y como excusándose de haberles dejado sin poseer nada. «Los discípulos, continúa, quedaron pasmados al oír tales palabras», ya que, como no poseían nada, es claro que su dolor era por la salvación de los demás.
Beda, in Marcum, 3, 40
Pero es mucha la diferencia que hay entre tener riquezas y amarlas, y es por ello que no dijo Salomón «que el que tiene las riquezas, no saca fruto de ellas, sino el que las ama» ( Ecle 5,9). Expone el Señor a sus asombrados discípulos el sentido de las palabras antedichas de este modo: «Pero Jesús, volviendo a hablar, les añadió: ¡Ay, hijitos míos, cuán difícil cosa es que los que ponen su confianza en las riquezas entren en el reino de Dios!» En donde es de notar que no dice: ¡Cuán imposible es! sino ¡cuán difícil es! Porque lo que es imposible no se puede hacer de ningún modo, mientras que lo difícil sí, aunque cueste mucho trabajo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2
O bien: con la palabra difícil quiere significar lo imposible. Y esto no sencillamente, sino con cierta intención. «Más fácil es, dice, pasar un camello por el ojo de una aguja que no entrar un rico en el reino de Dios».
Teofilacto
Se debe entender por camello el animal de este nombre o el cable que usan los marineros.
Beda, in Marcum, 3, 40
¿Cómo, pues, vemos en el Evangelio a Mateo, a Zaqueo, a José de Arimatea, y en el antiguo Testamento, a tantos ricos que entran en el reino de Dios, sino es porque tuvieron en nada sus riquezas, o las abandonaron del todo por inspiración del Señor? En un sentido más elevado, esto significa que ha sido más fácil a Cristo padecer por los que aman, que convertirse a El quienes aman lo mundano. Y se nos ofrece bajo la figura de camello, porque llevó la carga de nuestros pecados. La aguja significa las punzadas o dolores sufridos en la pasión, y el ojo de ella sus trabajos, con las que se dignó el Señor renovar en cierto modo los gastados vestidos de nuestra naturaleza. «Con esto subía de punto su asombro y se decían unos a otros: ¿Quién podrá, pues, salvarse?» Y como el número de los pobres es incomparablemente mayor que el de los ricos, estas palabras expresan que contaba en el número de los ricos a todos los que aman las riquezas, aunque no hayan podido adquirirlas. «Pero Jesús, fijando en ellos la vista, les dijo: «A los hombres es esto imposible, mas no a Dios»; porque no se debe entender que pueden entrar en el reino de los cielos los avaros y soberbios con su avaricia y soberbia, sino que es posible para Dios convertirlos de la codicia y soberbia a la caridad y humildad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2
Esta es, por tanto, obra de Dios, y así se nos manifiesta cuánta necesidad de la gracia tiene el que haya de obrar así, y que será grande la recompensa que recibirán los ricos que sigan la filosofía de Cristo.
Teofilacto
O bien debemos entender que dice: «A los hombres es esto imposible, mas no a Dios», porque esto es posible cuando oímos a Dios, y es imposible cuando oímos a la sabiduría humana. «Pues para Dios todas las cosas son posibles», dice; y al decir todo, debe entenderse todo ente, porque el pecado es nada, como cosa sin esencia y sustancia incomunicable. O bien: el pecado no es cosa de virtud, sino de enfermedad, y por tanto, como enfermedad, es imposible para Dios. ¿Pero acaso puede hacer Dios que lo que es no sea? Dios es la verdad, y hacer que lo que ha sido hecho no haya sido hecho, es falso; ¿cómo, pues, la verdad podría hacer lo falso? Sería preciso, como dicen algunos, que destruyese su propia naturaleza. ¿Y puede Dios no ser Dios? Esto es ridículo.
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[1] cfr. «De Legibus», V.
[2] MOUNIER, E.: «Revolución personalista y comunitaria», en «Obras», p.277.
[3] FROMM, E.: «El arte de amar», Ed. Paidos, Barcelona 1986, p.32.
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