La Progrecracia

El poder progre cada vez más intervencionista invade parcelas de libertad de personas y sociedades. Se inmiscuye en la vida de la gente de tal forma que bajo una apariencia proteccionista va ganando terreno en imponer su voluntad, recortando derechos y haciendo que todos los ciudadanos piensen según pretende.

La Progrecracia se ha hecho con los mandos que dirige la nave Tierra, está ocupando todos los ámbitos de poder e influencia, impregnando de su molicie cada vez más el cotidiano vivir de la gente. De alguna manera han sembrado el temor a oponérseles, y ya nadie se atreve a disentir. El poder de la supuesta superioridad moral, el poder de las tecnologías, el poder económico, el poder político y de implantar leyes, etc., ha otorgado a la Progrecracia la ostentación de un poderío supremo, aplastante y global que no hay quién se le resista. Quien ose tal cosa se expone a ser censurado, excluido (de los medios sociales), sometido al ostracismo, al oprobio, a la repulsa y la vergüenza social y hasta perseguido y llevado a los tribunales (las denuncias por la subjetiva ley del odio, siempre está latente cual espada de Damocles). Y en fin, que para progresar y desarrollarse en su actividad, profesión o carrera, ya sea de funcionario, profesor, periodista, artista, literato, cineasta o músico ha de pasar por  el tamiz ideológico doctrinaria de la progresía.

La Progrecracia se sustenta mucho en la corrupción y en fomentar la inmoralidad y la decadencia de las costumbres.

En el ámbito más de íntimo derecho como son el de la fe o credo y la conciencia es donde se está dando con más especial ahínco el tratar de imponer su voluntad. Desde los Estados y Parlamentos e Instituciones (ONU) -bajo la égida progre- se están estableciendo normativas cada vez más contrarias a la libertad religiosa, y más concretamente y para ser más exactos contra la cristiana. Entre otras razones porque es esta, y no otra, la que está ahormada por la razón, porque tiene una lógica de verdad «irresistible», porque ha aportado y sigue aportando un dosel de valores elevados inigualables por ninguna ideología, porque ha forjado a Occidente y sus democracias y libertades, porque ha mantenido a lo largo del tiempo la familia -la única y verdadera familia tradicional, a imagen la «Sagrada Familia»-, porque ha proporciona una ética personalista que responsabiliza del ejercicio de la propia libertad, porque da sentido a la vida y la abre a la esperanza que supera la muerte, porque cree en un Dios que es amor misericordioso, según el cual hemos sido creados. Por todo ello, y porque el Evangelio es una invitación a creer libremente, es por lo que la Progrecracia aborrece el cristianismo.

El cristiano es alguien que jamás será sometido –de modo que está dispuesto hasta llegar al martirio-, y eso es algo que jamás podrán soportar aquellos que pretenden imponer su voluntad al mundo. Cristo es el Señor y su señorío y voluntad está por encima de cualquier pretensión mundana. Aquí también juega un factor importante, el del diabólico enemigo invisible de la Humanidad y de Cristo, el Maligno, que opera a través de fuerzas terrenas que se prestan a servirle; y no cabe la menor duda de que la Progrecracia globalmente –y según su discurso doctrinario– es afecta al Anticristo.

 

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