La lucha entre el bien y el mal

Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. (…) El pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud“, se dice en el Vaticano II[1].

Esta es la verdad más fundamental, la realidad la más inequívoca que acaece en la historia humana: la lucha entre el bien y el mal. “Es el duelo entre Dios y el diablo: el corazón humano es el campo de batalla”, dice Dostoyevski en “Los hermanos Karamazov”.

Pero hay muchos de nuestros congéneres que no se han enterado de ello, del feroz combate donde tanto está en juego.  Cuando Sthendal escribe en «La Cartuja de Parma» aquella célebre escena en la que Fabricio del Dongo pasa todo el día tumbado en tierra, protegiéndose con el cuerpo de su caballo, en medio de una inmensa confusión, y solamente al atardecer se entera de que había estado en la batalla histórica de Waterloo; algo parecido ocurre con muchos de los seres humano -especialmente en nuestros días- que pasan por la vida sin comprender ni una palabra de lo que en ella se está jugando.

En una homilía de las Misas matutinas —25 de octubre de 2019— celebrada en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco reconoció que existe la lucha interior entre el bien y el mal y dijo a quien no la percibe que está “anestesiado”.

El Pontífice se refirió a esta lucha interior de que habla la lectura del día de la carta a los Romanos (7,18-25a): la “continua” lucha interior del apóstol entre “el deseo de hacer el bien” y el no ser capaz de “realizarlo”, una verdadera “guerra” que está “dentro de él”.

En nuestra existencia actual, el bien y el mal aparecen no sólo desdibujados sino inexistentes. Si se presta un poco de atención con un mínimo de sensibilidad y juicio, enseguida se repara en la impasibilidad (o banalidad) ante el mal en la gente de hoy día, la indiferencia entre lo bueno y lo malo; es decir, el anestesiamiento de que habla el Santo Padre.

 “Es una lucha entre el bien y el mal; pero no un bien abstracto y un mal abstracto: entre el bien para hacer que el Espíritu Santo nos inspira y el mal para hacer que nos inspira el mal espíritu. Es una lucha. Es una lucha de todos nosotros, dice el Papa, y quien lo niegue, sigue diciendo, “no entiende lo que sucede”.

En Rom 7,19-21 justamente leemos, “no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta.” Si san Pablo, creyente que vive en gracia y de la gracia, tiene participación en el mal, aunque sea sin quererlo, ¿qué será de aquellos que no creen y que les es indiferente esa noción moral de bien o mal?

Suena tremendas las palabras del profeta Isaías: “¡Ay de aquellos que llaman bien al mal / y mal al bien, / que cambian las tinieblas en luz / y la luz en tinieblas, / que dan lo amargo por dulce / y lo dulce por amargo!” (5,20 ). 

. A quien no le importa el mal y peca, al primero que daña es a sí mismo: “el que peca se perjudica a sí mismo” (Eclo 19,4); y supone un morir: “buscad el bien y no el mal, a fin de que viváis” (Am 5,14).

Lamentablemente, hoy día se desprecia hablar de cuestiones de conciencia y moral  donde se tenga en cuenta la bondad o la maldad de las conductas… Por inconsciencia, por pérdida de sensibilidad o también porque la responsabilidad ética impone exigencias que no permiten hacer lo que venga en gana, lo que se antoje al capricho del instante, etc., se está produciendo una oscuridad interior generalizada cada vez mayor que avoca a un eclipse total de la conciencia.

Cuando se alcanza un grado de contaminación interior tal, ya el arrepentimiento llega a ser casi imposible, se convive tan tranquilamente -como si nada- con la nula conciencia, en una progresiva impasibilidad e indiferencia. El Santo Padre anima a pedir al Señor “la luz” para “conocer bien” lo que sucede dentro de nosotros. No sea que estemos muertos, por el pecado, y no lo sepamos.

El Pontífice alienta a hacer examen de conciencia. “Es importante conocer qué sucede dentro de nosotros. Es importante vivir un poco dentro y no dejar que nuestra alma sea un camino en donde pasan todos”, y ofreció un consejo concreto para evitarlo: “antes de terminar el día, tómate dos – tres minutos” para preguntarte “¿qué pasó hoy importante dentro de mí?

El Papa explicó que la lucha es siempre “entre la gracia y el pecado, entre el Señor que quiere salvarnos y apartarnos de esa tentación y el mal espíritupor lo que exhorta a reflexionar si nuestras decisiones están inspiradas por el Señor o dictadas por nuestro “egoísmo” por el “diablo”.

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[1] Gaudium et spes, n.13.

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