La predicación

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         Y mi palabra y mi predicación no se basaban en discursos  persuasivos de sabiduría, mas en la demostración del Espíritu del poder, para que vuestra fe no se fundase en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios (1 Cor 2,4-5).

         Una pequeña chispa puede incendiar un bosque inmenso (Sant 3,5b).

         Y se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32).

  

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 Se dice del Cura de Ars, san Juan Bautista María Vianney, el cual no era muy de gran memoria, que un día al decir el sermón se le olvidó lo que tenía preparado y tan solo llegó a pronunciar -lo que será seguramente la homilía mas corta- estas palabras:

«¡Cuando lleguemos al cielo veremos a Dios!»

Y se cuenta que cuantos asistían quedaron como extasiados por la inmutación de aquellas palabras cargadas de la gracia del Espíritu Santo. Y se produjeron grandes conversiones.

 ……

         «Incluso cuando no se le oía, cuando no se le comprendía, su vista en el púlpito, su vista sola predicaba, conmovía y convertía.»[1]

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            Fray Rufino andaba tan absorto en Dios por la continua contemplación, que parecía insensible y mundo pues rara vez hablaba. De ahí que careciese de la gracia de la facundia y del calor de la predicación. No obstante, san Francisco una vez le mandó que fuese a Asís y predicase al pueblo lo que le inspirase Dios. A lo que fray Rufino contestó:

          —Reverendo padre; te ruego que me perdones y no me mandes esto. Como sabes muy bien, soy un simple y un necio y no poseo la gracia de predicar.

           Entonces dijo san Francisco:

          —Porque no me has obedecido inmediatamente, te mando por  santa obediencia que sin hábito y sólo con paños de honestidad, vayas a Asís, entres en una iglesia y prediques al pueblo.

           Al oír este mandato fray Rufino se quitó el hábito, se fue a Asís y entró en una iglesia, donde después de hacer oración en el altar se subió al púlpito y comenzó a predicar. Al verlo de aquel modo los chicos y los hombres riéndose decían:

           —¡Helo ahí, que a fuerza de hacer penitencia se ha vuelto tonto y está fuera de sí!

          En este tiempo san Francisco, considerando la pronta obediencia de fray Rufino, que era de los más nobles caballeros de Asís, y del duro mandato que le había hecho, comenzó a reprenderse a sí mismo:

           —¿De dónde te viene tanta soberbia, hijo de Pedro Bernardón, vil hombrecillo, que te atreves a mandar a fray Rufino, noble caballero de Asís, que vaya sin hábitos a predicar al pueblo como un estúpido? ¡Vive Dios, que experimentarás en ti lo que mandas a los demás!

           Inmediatamente, con gran fervor de espíritu, se despejó del hábito y se fue a Asís. Y los ciudadanos de Asís creían que, como fray Rufino, se había vuelto loco con los rigores de la penitencia y se burlaban de él. San Francisco penetró en la iglesia donde estaba fray Rufino y le oyó predicar estas palabras:

           —¡Oh, carísimos, huir del mundo y dejar el pecado! ¡Pagad vuestras deudas si queréis libraros del infierno; observad los mandamientos de Dios, amando a Dios y al prójimo, si queréis ir al cielo; haced penitencia, si queréis poseer el reino de la gloria!

         Terminada la plática, san Francisco subió al púlpito y comenzó a predicar maravillosamente del desprecio del mundo, de la santa penitencia, de la pobreza voluntaria, del deseo del reino celestial y de las injurias y oprobios que padeció Nuestro Señor Jesucristo y su pasión. Todos lo oyentes, hombres y mujeres, en gran número, comenzaron a llorar a lágrima viva.

           En aquel día creció tanto la devoción del pueblo hacía ellos que se reputaba dichoso quien podía tocar la orla de sus hábitos.[2]

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Predicar supone un desprenderse de sí, para que hable el Espíritu.

Ponerse a disposición del Espíritu Santo es lo más urgente y necesario en todo y fundamentalmente a la hora de hablar de las cosas de Dios. ¿Qué es lo que se puede hacer en este sentido por nuestra parte humana para que el Espíritu de Dios trasmita a través y conjuntamente con nosotros? Para quien pretenda hablar de Dios ha de vivir en gracia, ha de hacer oración antes, humildemente, y ha de esforzarse, es decir, poner de su parte cuanto pueda para prepararse con los medios que Dios pone a nuestra disposición: el estudio, la documentación o información y la reflexión. “No hables nunca sin él, él no dirá nada sin ti” (San Agustín)

Hay que comunicar con alegría, con santidad, sabiendo que hablamos de lo más importante de la vida en cada instante: de aquello que agrada al Señor y que disponemos para el bien y salvación de todos los que escuchan. Comunicar así es abrir los corazones para que la gracia divina irrumpa en ellos. «Que no salga de vuestra boca ninguna palabra mala sino la que sea buena y propia para edificación, a fin de hacer bien a los que os oyen, y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4,29-30). .

Quien quiera comunicar la gracia de Dios a los demás que se abra el mismo a ella. Quien quiera dar a conocer a Dios, que se haga espejo donde Dios pueda revelar su faz. Quien quiera que Dios llegue a los demás, que deje que Dios pase por él.

Tenemos la obligación de tratar y conocer al Señor, para darlo a su vez a conocer,  pues “Ninguno puede amar algo desconocido” (San Agustín, citado por santo Tomás[3]).

Hablar de Dios a los hombres requiere de mucha oración. Para que sea Él quien habla de sí en nosotros. A todos los que hablan de Dios a los demás (sacerdotes, catequistas, etc.) les ruego que antes, minutos antes, reserven un rato a la oración, para pedir su gracia, para ofrecerse a ella. Tan importante es esto -yo diría que más- que preparar un formalmente un bellísimo sermón.

Si nuestras palabras no atraen es porque asfixiamos al Espíritu.

Sólo predica —comunica— quien habla desde dentro, quien en el corazón tiene un Misterio.

«Cansados de hablar de Dios durante horas a un sordomudo (espiritualmente), no conseguiréis nada: es normal. Alguien llega después de vosotros y dice una sola palabra: pasa la gracia a través de esa palabra… y la iluminación se realiza.

Se me dirá: «Pero entonces, ¿no se colabora nunca con la gracia?» Sí, pero en la medida de nuestra confianza y de nuestra caridad. Existe verdaderamente una fecundidad espiritual que puede, por lo demás, ejercerse a través de nuestras palabras, pero de suyo es un misterio invisible.»[4]

«La vida íntima —de oración, la escucha de la Palabra, la caridad fraterna vivida, el pan compartido— no tiene pleno sentido más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena nueva.» (San Pablo VI[5]).

 

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[1] DIAZ ALVAREZ, M.: El cura de Ars, Paulinas, Caracas 1981, p.147.

[2] ANONIMO: Florecillas de san Francisco de Asís, parte 1ª, cap. 30, Salvat 1969, pp.76-77.

[3] S. Th., I-II. C. 27 a.2.

[4] MOLINIE, M.-D. El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.103.

[5] Exhortación apostólica EVANGELII NUNTIANDI, n.15.

 

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