La otra mejilla (II)

       No resistáis al mal; antes a quien te hiera en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra (Mt 5,39).

         La caridad (…) no toma en cuenta el mal (1 Cor 13,5).

         Vivid todos unidos en un mismo sentir. Sed compasivos, fraternales, misericordioso, humildes, no devolváis mal por mal ni injuria por injuria, sino todo lo contrario: bendecid siempre  (1 Pe 3,8-9).

 

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           Delante de los cristales de una UBI, en la que se hallaba el padre gravemente herido, los hijos avergonzados hacían todo tipo de comentarios desgarradores, por la afrenta y la humillación, que en su padre habían consentido recibir de un vecino.

           Un extraño venido de lejos, escuchaba tan amargaba conversación, y sin poder contenerse se dirige a ellos y les cuenta una historia:

           Hace tiempo un hombre fue salvado milagrosamente por el coraje y el valor de otro hombre. Esto ocurrió  antes probablemente que ustedes nacieran, en tiempos de guerra: un hombre cayó malherido en medio de la artillería enemiga…, cuando nadie se atrevió a salir unos metros de las trincheras… tan solo un hombre salió jugándose la vida entre las balas enemigas, y lo rescató cuando ya la vida se le iba Hizo una pausa, mirándoles a los ojos, con sus ojos empañados.  Aquel hombre salvado fui yo, y aquel hombre extraordinario que me salvó era su padre de ustedes.

           Se hizo un silencio profundo, de admiración. Y continuó:

           —Queridos jóvenes, hay gente que tiene la fuerza de un gigante y no hace uso de ella. Para vosotros ese hombre ahí postrado es el más cobarde de la tierra; para mí, en cambio, el más valiente. Ambos, vosotros y yo, le debemos la vida.

            Hay que ser muy grande para permanecer pequeño.

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            “¡Ya es buena mengua para vosotros andar pleiteando unos con otros! ¿Por qué no preferís quedar injuriados?” (1 Cor 6,7)

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           El amor que proviene de la fe es un amor que no se deja limitar por la maldad.

           Dios que es amor, ama al ser humano con un amor salvador que es gracia, que no se niega a los malos e ingratos (Lc 6,34), sino continúa en su “actitud” de gracia frente al hombre, sea cual sea su grado de maldad.

          El amor es un poder salvador, que produce amor: “Donde no hay amor, poned amor y encontraréis amor”, decía Santa Teresa, y también san Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor”.  

         Si a una persona deshumanizada, embrutecida, tu obras bien con ella, la respetas, la estimas, la tratas con amor, cariño, ternura, etc., esa persona puede ser recuperada, restablecida, salvada… Si a una persona no digna, en cualquier sentido, le dispensas afecto y le otorgas dignidad, se sentirá querida y digna, curada de recelos y heridas paralizantes e invitada a actuar también con amor, en justa correspondencia, con el mismo amor como ha sido amada y valorada.

          “El amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor.”[1] El perdonar, el poner la otra mejilla, el ofrecerse a generoso y confiado son manifestaciones de la capacidad de amar.

         Al que se le perdona mucho ama mucho. El amor está en proporción directa con el perdón. Como dicen las Escrituras:  “Puesto que me ha amado mucho le son perdonados sus muchos pecados. Al que se le perdona poco, ama poco” (Lc 7,47).

         Sentir esto verdaderamente, profundamente, experimentarlo… es ya no poder dejar de ser bueno. Es no poder ser malo.

            Quien ama favor-ece, agracia, otorga ser…

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         “Nadie vuelva a otros mal por mal, mas tened siempre por meta el bien, tanto entre vosotros, como para los demás. Estad siempre alegre.” (1 Tes 5,15-16).

          Una expresión como “ama el prójimo como a ti mismo, e incluso al enemigo” es algo inaudito, inconcebible, inadmisible, “indeseable”, “contradictorio”,  e imposible de practicar para el hombre de hoy, para el individuo que vive inmerso en una mentalidad egocéntrica, de mirar para sí, sus intereses y la satisfacción de sus deseos…, donde los demás cuentan poco.

         Una personalidad cristiana es aquella que es su relación con los demás genera -desde la motivación de la fe- amistad, por su talante cordial,  benévolo, bondadoso, acogedor…  Y lo es así no porque lo sean los otros, sino porque es así por actitud. El amor-caridad del que y desde el que vive es ante todo misericordia, es decir que no se detiene ni pierde energía cuando no halla eco, ya que es totalmente gratuito y quiere crear la amabilidad en aquellos a quien se llega, sin que sea atraído por el bien que pudiera hallar en ellos.

         “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos. Porque se amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos ¿qué hacéis de especial? ¿No hacen eso también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt 5,43-48)

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            Quien ama salva. Quien trata con amor a quien le agrede lo convierte, generalmente, y lo salva.

            Si las personas que nos rodean no son buenas, es porque no las hemos amado lo bastante, generalmente.

          “No hay nada que endurezca como ser tratado con dureza” (Concepción  Arenal).

           “Si quiero hacer dulce a otro, tengo que comenzar yo mismo a ser dulce”[2]

           Cuando no se nos comprende o se nos juzga desfavorablemente, ¿a qué defendernos o dar explicaciones? Dejémoslo pasar, no digamos nada, ¡es tan bueno no decir nada, dejarse juzgar, digan lo que diga…! [3] Jesús no quiere que reclame lo que me pertenece. [4]

           “¿Por qué no preferís quedar injuriados?” (1 Cor 6,7)

 

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[1] FROMM, E.: “El arte de amar”, Ed. Paidos, Barcelona 1986, p.33.

[2] SAN VICENTE DE PAUL, en  SALES, L.: o. c., p.479.

[3] TERESA DE LISIEUX, Manuscritos, 19.5

[4] TERESA DE LISIEUX, Manuscritos, 4.13

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