Amar a Dios es hacer lo que El nos diga. Y esto es lo que nos dice en el Evangelio (Lc 6, 27-38) de hoy, 16 de junio: devolver bien por mal. Aunque nos cueste «no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra», no nos queda otra alternativa, sino no entraremos en el reino de Dios, no le amaremos, no tendremos una relación de amistad con Él, no seremos semejantes a Él, no estaremos cumpliendo la vocación con que hemos sido constituidos: el de ser como Él es, santos: «sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.» «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso».
Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-42):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente». Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»
Quien no asumen lo de poner la otra mejilla, no ha entrado en la lógica del cielo, de la gracia…, está imbuido de mundanidad. Cristo dice: «Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado» (Jn 18,26). Quien su pensamiento no trasciende y mira la realidad desde otra perspectiva distinta a la del mundo, está lejos de Dios, de su reino.
El poner la otra mejilla puede parecer indigno, humillante, etc., pero lo es para los que están sometidos al pensamiento de este mundo, a los esquemas mentales de intramundo; pero no para los que viven de la dignidad otorgada por Dios, que vive de la fe que experimenta su amor.
Parece increíble, pero sólo desde la fe es comprensible la lógica del reino: es mejor perder, quedar ofendido, poner la otra mejilla, dejarse golpear, ser débil, pequeño, el último…
Cuando Jesús dice que hay que saber poner la otra mejilla y vencer el mal con el bien ¿no está indicando que para ser buenos es indispensable una notable dosis de fortaleza interior? Algo que se debe a la gracia, explícita o anónima, y en nuestra humilde disponibilidad. No respondamos al mal, con la lucha; tenemos la gracia. «Te basta mi gracia; mi fuerza actúa mejor donde hay debilidad» (2 Cor 12,9).
Pese a nuestra debilidad por el pecado y las muchas limitaciones vivimos en un mundo complicado en el que cristianamente tenemos otra que amar, servir, de perdonar, de hacer el bien…, aunque a veces contradiga el instinto de una respuesta de venganza. La fe en Cristo hace posible superar el deseo de venganza ante una afrenta o mal recibido, e incluso de una justicia estricta que devuelve mal por mal, y ser capaz de responder al mal con el bien, a la injusticia con la generosidad. Esta actitud cristiana que proviene de la fe es un amor que no se deja limitar por la maldad.
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Palabras del papa Francisco en el Ángelus de 20 de febrero de 2022, sobre el poner la otra mejilla y amar al enemigo.
En el Evangelio de la Liturgia de hoy Jesús da a sus discípulos algunas indicaciones fundamentales de vida. El Señor se refiere a las situaciones más difíciles, las que constituyen para nosotros el banco de pruebas, las que nos ponen frente a quien es nuestro enemigo y hostil, a quien busca siempre hacernos mal. En estos casos el discípulo de Jesús está llamado a no ceder al instinto y al odio, sino a ir más allá, mucho más allá. Ir más allá del instinto, ir más allá del odio. Jesús dice: «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien» (Lc 6,27). Y aún más concreto: «Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra» (v. 29). Cuando nosotros escuchamos esto, nos parece que el Señor pide lo imposible. Y además ¿por qué amar a los enemigos? Si no se reacciona a los prepotentes, todo abuso tiene vía libre, y esto no es justo. ¿Pero es realmente así? ¿Realmente el Señor nos pide cosas imposibles, incluso injustas? ¿Es así?
Consideremos en primer lugar ese sentido de injusticia que advertimos en el “poner la otra mejilla”. Y pensemos en Jesús. Durante la pasión, en su injusto proceso delante del sumo sacerdote, en un momento dado recibe una bofetada por parte de uno de los guardias. ¿Y Él cómo se comporta? No lo insulta, no, dice al guardia: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23). Pide cuentas del mal recibido. Poner la otra mejilla no significa sufrir en silencio, ceder a la injusticia. Jesús con su pregunta denuncia lo que es injusto. Pero lo hace sin ira, sin violencia, es más, con gentileza. No quiere desencadenar una discusión, sino desactivar el rencor, esto es importante: apagar juntos el odio y la injusticia, tratando de recuperar al hermano culpable. Esto no es fácil, pero Jesús lo hizo y nos dice que lo hagamos nosotros también. Esto es poner la otra mejilla: la mansedumbre de Jesús es una respuesta más fuerte que el golpe que recibió. Poner la otra mejilla no es el repliegue del perdedor, sino la acción de quien tiene una fuerza interior más grande. Poner la otra mejilla es vencer al mal con el bien, que abre una brecha en el corazón del enemigo, desenmascarando lo absurdo de su odio. Y esta actitud, este poner la otra mejilla, no es dictado por el cálculo o por el odio, sino por el amor. Queridos hermanos y hermanas, es el amor gratuito e inmerecido que recibimos de Jesús el que genera en el corazón un modo de hacer semejante al suyo, que rechaza toda venganza. Nosotros estamos acostumbrados a las venganzas: “Me has hecho esto, yo te haré esto otro”, o a custodiar en el corazón este rencor, rencor que hace daño, destruye la persona.
Vamos a la otra objeción: ¿es posible que una persona llegue a amar a los propios enemigos? Si dependiera solo de nosotros, sería imposible. Pero recordemos que, cuando el Señor pide algo, quiere darlo. El Señor nunca nos pide algo que Él no nos dé antes. Cuando me dice que ame a los enemigos, quiere darme la capacidad de hacerlo. Sin esa capacidad nosotros no podremos, pero Él te dice “ama al enemigo” y te da la capacidad de amar. San Agustín rezaba así —escuchad qué hermosa oración—: Señor, «da lo que mandas y manda lo que quieras» (Confesiones, X, 29.40), porque me lo has dado antes. ¿Qué pedirle? ¿Qué es lo que a Dios le complace darnos? La fuerza de amar, que no es una cosa, sino que es el Espíritu Santo. La fuerza de amar es el Espíritu Santo, y con el Espíritu de Jesús podemos responder al mal con el bien, podemos amar a quien nos hace mal. Así hacen los cristianos. ¡Qué triste es cuando personas y pueblos orgullosos de ser cristianos ven a los otros como enemigos y piensan en hacer guerra! Es muy triste.
Y nosotros, ¿tratamos de vivir las invitaciones de Jesús? Pensemos en una persona que nos ha hecho mal. Cada uno piense en una persona. Es común que hayamos sufrido el mal de alguien, pensemos en esa persona. Quizá hay rencor dentro de nosotros. Entonces, a este rencor acercamos la imagen de Jesús, manso, durante el proceso, después de la bofetada. Y luego pidamos al Espíritu Santo que actúe en nuestro corazón. Finalmente recemos por esa persona: rezar por quien nos ha hecho mal (cfr. Lc 6,28). Nosotros, cuando nos han hecho algún mal, vamos enseguida a contarlo a los otros y nos sentimos víctimas. Parémonos, y recemos al Señor por esa persona, que lo ayude, y así desaparece este sentimiento de rencor. Rezar por quien nos ha tratado mal es lo primero para transformar el mal en bien. La oración. Que la Virgen María nos ayude a ser constructores de paz hacia todos, sobre todo hacia quien es hostil con nosotros y no nos gusta.
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Catena Aurea
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