Colaboradores de Dios, sustentados por su gracia

En la liturgia de la misa de hoy, 16 de junio, se lee en la primera lectura una impresionante carta de san Pablo en la que nos cuenta las duras peripecias que ha pasado por su labor que extender el Evangelio.


Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6, 1-10:

Hermanos: Como colaboradores que somos de Dios, los exhortamos a no echar su gracia en saco roto. Porque el Señor dice: En el tiempo favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora, es el día de la salvación.

A nadie damos motivo de escándalo, para que no se burlen de nuestro ministerio; al contrario, continuamente damos pruebas de que somos servidores de Dios con todo lo que soportamos: sufrimientos, necesidades y angustias; golpes, cárceles y motines; cansancio, noches de no dormir y días de no comer. Procedemos con pureza, sabiduría, paciencia y amabilidad; con la fuerza del Espíritu Santo y amor sincero, con palabras de verdad y con el poder de Dios.

Luchamos con las armas de la justicia, tanto para atacar como para defendernos, en medio de la honra y de la deshonra, de la buena y de la mala fama. Somos los «impostores» que dicen la verdad; los «desconocidos» de sobra conocidos; los «moribundos» que están bien vivos; los «condenados» nunca ajusticiados; los «afligidos» siempre alegres; los «pobres» que a muchos enriquecen; los «necesitados» que todo lo poseen.

Solo por la gracia de Dios se puede comprender echarse al camino, sin nada, dejándolo todo, sin volver la vista atrás, con la única misión de llevar el Reino de Dios adonde este quiera. Es la vida echa pasión por la Verdad. Y ante tal llamada, solo cabe pensar ante cualquier amago de duda: «¡Ay, de mí si no evangelizare!», que dijera san Pablo (1ª Cor 9,16)..

Todos los apóstoles de Jesús arrostraron el riesgo de esa pasión. Cada uno partió «sólo» a un lugar desconocido y a un destino incierto. Con una mano delante y otra detrás, y a la buena de Dios. Sin alforja, sin lecho donde dormir, expuesto a mil peligro…

Esto fue lo que vivió san Pablo: Innumerables viajes llenos de peligros: en los ríos, en el mar, en el desierto, de parte de bandidos o de sus compatriotas. Tuvo que soportar toda clase de fatigas, hambre y sed, frío y desnudez (Cf. 2 Cor 11,23-27). Por cinco veces fue azotado, recibiendo cuarenta latigazos menos uno (pues 40 era el máximo permitido por la ley). O tras tres lo fue con varas. Naufragó tres veces y hasta tuvo que pasar una noche y un día entre las olas. Perseguido, maltratado, encarcelado, y finalmente asesinado.

«Cinco veces me han dado los judíos los treinta y nueve azotes. Otras tres veces me han azotado con varas y una vez me han apedreado. He naufragado tres veces y me he pasado un día y una noche perdido en el mar. He viajado sin descanso y me he visto en peligros en los ríos y entre ladrones; peligros por parte de los de mi raza y por parte de los paganos; peligros en las ciudades y en despoblado, en el mar y entre falsos hermanos. He andado muerto de cansancio; he pasado muchas noches sin dormir, con hambre y sed; muchos días sin comer, con frío y sin ropa.» (2 Corintios 11, 23-27)

 

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