J. L. RUIZ DE LA PEÑA, Imagen de Dios

    

Hemos seleccionado unas pocas líneas de obra del teólogo y sacerdote español Juan Luis Ruiz de la Peña, «Imagen de Dios»[1]. Es un tratado —exposición sistemática— de antropología teológica fundamental, desde la perspectiva cristiana del ser humano, desde la revelación bíblica de éste como «imagen de Dios». La persona humana ha sido creada con un valor absoluto y de una dignidad inviolable, y, es más, con el hecho en el hecho de la encarnación de Dios, cada ser humano -como imagen de Suya- tiene que ser tratado como el propio Dios, porqué éste ha querido ser y dejarse tratar como ser humano.

 

         …dotar a la razón de la persona de una consistencia propia  —lo que hoy llamaríamos mismidad—,  sin la que el ser personal corre el riesgo de desvanecerse  en la oquedad de un puro actualismo relativo. Sin un fondo óntico duro y compacto, el sujeto de relaciones se difumina en mera encrucijada de encuentros o nudo de la trama, en objeto pasivo, y no sujeto activo, de las relaciones. 161

         Persona es, por de pronto, el ser que disponen de sí; el momento de la «subsistencia» (Tomás de Aquino)  o de la «suidad» (Zubiri) es la infraestructura óntica ineludible para una atinada concepción del ser personal. 165

         En esa configuración óntica está dada la capacidad para la relación, tanto en la respectividad e intenciolidad propias del ser-espíritu —con su apertura constitutiva a lo otro—  como en la instalación mundana y en la comunicatividad expresiva del ser-cuerpo. 165

         El hombre disponen de sí (subsiste) para hacerse disponible  (para relacionarse). Pero sólo puede hacerse disponible (relacionarse) si dispone de sí (si subsiste). Subsistencia y relación, pues, lejos de excluirse, se necesitan y complementa mutuamente. La persona es justamente el resultado de la confluencia de ambos momentos 165-6

      Si el hombre es creado como «imagen de Dios», eso significa que Dios entra en la autocomprensión del hombre. 176

         Al crear al hombre, Dios no crea una naturaleza más entre otras, sino un tú; lo crea llamándolo por su nombre, poniéndolo ante sí como ser responsable (= dador de respuesta), sujeto y partener del diálogo interpersonal. Crea, en suma, no un mero objeto de su voluntad, sino un ser co-rrespondiente, capaz de responder al tú divino porque es capaz de responder del propio yo. Crea una persona. 178

         Las otras dos relaciones  —mundanidad, socialidad—  son también constitutivas de la personalidad humana, pero, por así decir, in actu secundo; ellas son posibles porque adviene a alguien ya «pre-dispuesto» a la referencia por su apertura originaria a Dios, quien ha hecho de él una entidad a la vez subsistente y referible. 178

         El hecho de que Dios lo ha creado porque lo quiere por sí mismo, como fin y no como medio. hace del hombre concreto singular un valor absoluto o, en expresión de Zubiri, un «absoluto relativo». 178

         Si no fuera por esta relación a Dios, el postulado de la absolutez del hombre sería difícilmente sostenible, habida cuenta de su evidente contingencia. El hombre es, en efecto, el ser afectado pro crónico coeficiente de nulidad ontológica, de finitud. Si tuvieses su razón de ser en sí mismo  y para sí mismo, su valor no rebasaría la tasación de cualquier bien perecedero, no superaría la cotización de lo efímero. 178

      Otra intuición bíblica básica: la apertura trascendental a Dios se actúa, de hecho y necesariamente, en la mediación categorial de la imagen de Dios. El diálogo con el tu divino se realiza ineludiblemente en el diálogo con el tu humano. 180

         La única garantía, la sola prueba apodicta de que yo respondo a Dios, me comunico con él en el amor, es la relación interpersonal creada. «Si alguno dice: amo a Dios, y aborrece a su hermano es un mentirosos;…» (1 Jn 4,20-21).  180

         ¿Y por qué la afirmación incondicional del tu hermano equivale, según la fe cristiana, a la afirmación de Dios ? Porque allí donde se afirma a ese tu como valor absoluto, como fin y no como medio, se está haciendo algo no cubierto por ninguna garantía empírica. El dato empírico certifica la contingencia del otro, no su absoluted; sí, pese a ello, se le confiere valor absoluto, se está yendo más allá de la pura apariencia; se está intuyendo en el otro el trasunto enigmático del misterio por antonomasia que es el Absoluto a quien llamamos Dios. Se  está haciendo, en suma, un acto de fe, sépase o no, porque sólo la fe sabe leer en las apariencias para aprehender la realidad que late bajo las mismas. 180

         Ver a un hombre como persona es no sólo mirarlo, sino admirarlo; sorprenderse por la originalidad y hondura de ese ser única,; descifrar en sus rasgos y captar en su interpelación la presencia viviente de Dios; responder a esa interpelación con un acto de confianza y disponibilidad. 181

         Quien no sabe o no quiere captar el mensaje emitido por esa realidad personal que le interpela, es ciego para la presencia real de Dios. 181

         De todo ello se deduce que «el que es incapaz de amistad es incapaz de religión» (= de religación al Absoluto) (Girardi). O, en palabras de Marcel, que «la religión comienza en cualquier lugar donde yo transformo en él un tu». El cristianismo consiste, en efecto, en hacer del semejante  un prójimo, y del prójimo un hermano. 181

         Dios no es una instancia interpuesta entre yo y mi prójimo; es la realidad fundante que posibilita la percepción del prójimo como tú y su afirmación como valor absoluto. 181

         La afirmación del tu divino es siempre medita, pasa por el rodeo del tu hermano. 181

         Al ser Dios el fundamento del ser personal del hombre, es a la vez el fundamento de las relaciones yo-tu como relaciones interpersonales. Desde él cabe decir con entera verdad que «el hombre es una manera finita de ser  Dios» (Zubiri)… Y que, por tanto, el hombre merece al hombre el mismo respeto sacro que merece Dios. 183

         Allí donde acontece el  milagro de una afirmación del tu como absoluto, allí se está dando una captación real del Absoluto, reconózcase o no reflejamente tal transfondo último…. 183

         Sólo la doctrina cristiana de una encarnación de Dios en el hombre ha formulado y llevado a sus últimas  consecuencias la intuición humanista de que el hombre es el que el hombre es el ser supremo para el hombre 183

         La libertad verdadera no es la ausencia de ligaduras; es una forma de religación. Sólo quien se halla re-ligado a un fundamento último puede sentirse des-ligado ante lo penúltimo. Hay, pues, una forma de dependencia que, lejos de ser alienante, es liberadora. El reconocimiento de la dependencia de Dios se resuelve no es una relación de señor a esclavo, sino en la de padre a hijo (Rm 8,15.21; Ga 4,3-7) o en la de amigo a amigo (jn 15,15). 201

         El pecado actúa como factor de desintegración, late en él una dinámica centrífuga; siendo afirmación egolátrica, tiene que ser simultáneamente negación de la relación con Dios y con la imagen de Dos. La gracia, por el contagio, restableciendo la comunicación con Dios, restaura la comunión con el prójimo, posee un dinamismo unitivo. 209

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[1] Sal Terrae, Santander 1988.


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