La osadía del que cree

Para el que cree nada hay imposible.

Esto es una realidad que demostrable por las obras de muchos santos, que acometieron sin recursos ni facultades humanas capaces de realizar tales gestas.

¡Cuántas obras milagrosas de misericordia emprendidas sin nada!

Si la necesidad, se dice, que agudiza el ingenio; el amor que asume la necesidad ajena lo agudiza doblemente. La santidad produce dulces salidas a amargas dificultades. El Espíritu Santo inspira soluciones «mágicas».

Solo hay que asomarse a la vida de los santos, de los bienaventurados -aquellos que se aventuraron bien-, de los que se embarcaron en cualquier empresa sin medios y consiguieron asombrosos resultados. Hay muchos santos que se puede citar como ejemplo de haber levad a cabo obras asombrosas: Madre Teresa de Calcuta, Juan Bosco, Teresa de Jesús, Juan de Dios, Vicente de Paul, Domingo de Guzmán, Francisco de Asís, Francisco Javier, …y tantos misioneros y fundadores, y últimamente, Madre María Angélica.

La debilidad humana puesta a disposición de la gracia divina no encuentra obstáculo para llevar a cabo cuanto emprende.

Quien está dispuesto a hacer el bien, Dios le asiste. Dios está con él; es más, está ya en esa misma disposición. En ese terreno del bien, nada hay imposible para Dios. Lo debemos creer, real y firmemente creer.

Hay quien encuentra cualquier medio para ser generoso y llevar adelante la voluntad de Dios; al igual que hay quien encuentra «justificaciones» para no serlo o cómodamente no comprometerse. Razones siempre no han de faltar para hacer el bien o para dejar de hacerlo.                  

 

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