La oración: pedid y recibiréis

Cuanto pidiereis en oración con fe, lo recibiréis (Mt 21,22). En verdad, en verdad os digo, que todo lo que pidáis al Padre os lo concederá en mi nombre (Jn 16,23).

A Dios, Padre amantísimo y misericordioso, le gusta complacer al corazón del que le pide, sobre todo si se hace mencionando a su Hijo.

Esto lo dicen las Sagradas Escrituras, es palabra de Dios, y no hay derecho a dudar lo más mínimo de ello. Para la persona creyente esta es una verdad irrevocable, a la que debería de confiarse sinceramente y presenciarlo en su vida de continuo.

Todo lo que pidamos en su nombre, en nombre del Amor que El es, nos será otorgado. Todo cuanto pidamos en dirección al amor que santifica nos será dado, en nombre del Amor santo. Dios es amor que cuyo ser es vitalmente efusión, donación, transmitir vida, su vida, su santidad, gratuitamente, sin pedir nada a cambio, no necesita nada… Dios generosidad absoluta. De no ser así, sería como negarse a sí mismo; lo cual es imposible.

Dios da, y no da minuncias; se da a sí mismo: “Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden? (Lc 11,13).

Si Dios pide que se le pida es por una exigencia necesaria de que pongamos de nuestra parte la libertad de acoger lo que Dios está ofreciendo ya previamente a nada, a antes que se lo pidamos: su gracia, su Espíritu Santo de amor y santidad.

A veces la insistencia en pedir es un requisito necesario, no por parte de Dios, sino nuestra; pues nos falta la disposición necesaria para asumir conscientemente lo que se va a recibir, sin que se desperdicie. “Tengo confianza en Aquél que dijo: “Pedid, y recibiréis”. Si perseveráis llamando, no volveréis con las manos vacías… ” (San Bernardo)[1].

Dios está dispuesto, como no podría ser menos, siendo quien es y como es (“Siendo como soy Dios por naturaleza y misericordioso como Dios, oiré de todo punto el clamor del que sufre”[2]), a darnos todo lo (amor) que nos haga falta; pero siempre que nos dispongamos como niños a recibirlo, o sea lo pidamos piadosamente, porque donde no hay piedad no hay disponibilidad; sino autoengaño (inconsciente).

No sabemos lo que nos conviene pedir” (Rom 8,26). Luego no sabemos bien orar porque no sabemos lo que nos conviene. Dios sí que lo sabe; por lo tanto, la postura ante Dios cuando oramos ha de ser de la humildad, la pequeñez y confianza del niño cogido de la mano de su padre.

Tenemos el oído del corazón ya demasiado duro, desconectado de lo profundis, y nos resulta difícil saber lo que se quiere de verdad, es decir, lo que propicio a nuestro crecimiento espiritual, que obedece al designio de Dios para nosotros sus hijos: “Sed santos como yo soy santo”. Hemos de hacer silencio ¾empecemos por pedir esa gracia¾ para agudizar el oído y escuchar el fondo de nuestro corazón donde el Espíritu de Dios habla, para saber qué es lo que realmente debemos pedir. Para que nuestro pedir coincida con lo que Dios quiere darnos, que es justamente lo que nos está ofreciendo.

El fin de la oración no es conseguir lo que pedimos, sino pedir lo que Dios quiere que pidamos, y ser transformado en ello, por medio de su gracia.

Rezar no es conseguir de Dios lo que no nos daría; sino pedir lo que su amor quiere darnos. Es más, lo que ya nos está otorgando, sólo que no lo tomamos porque no oramos bien. Rezar es, pues, una forma de recibir. Dispongámonos a ello, y no hagamos un feo a Dios haciendo de la oración un “desprecio”.

Esperemos siempre. Y sabemos que siempre podemos ser escuchados. Pero no sabemos nunca del todo el `cómo´” (J. M. Díez-Alegría)[3].    “Dios responde a las oraciones a su manera, no a la nuestra” (Gandhi)[4].

El papa Francisco nos ha dicho recientemente que recemos con insistencia, seguros de que Dios responderá: “Para la oración de intercesión se necesitan dos cosas: valentía y paciencia. Si yo quiero que el Señor escuche aquello que le pido, debo avanzar, avanzar y avanzar, llamar a la puerta, y llamar al corazón de Dios. (…) Se necesita constancia. Y aunque muchas veces nos parezca que nuestras oraciones no obtienen resultados, Jesús nos hace entender que Dios siempre responde, que ninguna oración quedará sin ser escuchada. (….)Podemos estar seguros de que Dios responderá. La única incertidumbre se debe a los tiempos, pero no dudemos de que Él responda. Tal vez tengamos que insistir por toda la vida, pero Él responderá”[5].

Dos de las características que el mismo Jesucristo destaca a tener en cuenta en cuanto a la oración es el de la perseverancia y confianza.

 “Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré”  (Jn 14,14), dice nuestro Señor Jesús. “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16,24).

 

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[1] Sermón in Canticum, 27, 14; PL 183, 920D.

[2] SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, en R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid, 1967, n.538.

[3] R. DE ANDRÉS, “Ejercicios para testigos”, Paulinas, Madrid, 1979, p.187.

[4] ATTEMBOROUGH, A., Las palabras de Gandhi, Siddharth Metha Ediciones, Madrid 1989, p.52.

[5] Audiencia general, 9 de enero de 2019 Catequesis del Papa Francisco sobre el Padre Nuestro.

 

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