![]() «Dios miró la nada de su sierva» (Lc 1,48). La oración de María es la oración de los sencillos y humildes, la de los «pobres» e inocentes. Los que no ponen nada de su parte, para que Dios lo ponga todo. Dios ha preferido la oración de estos, los pequeños, porque le ha parecido bien.
La humildad es la forma más propia para rezar. Es más, es la única, pues si consideramos lo que decía santa Teresa de Jesús, teniendo muy en cuenta a tan Alta Majestad a quién nos dirigimos, comprenderemos que toda oración es una gracia de Dios, que se presta a escucharnos. “Como las mujeres piadosas suelen ser más sencillas y humildes que los hombres muy instruidos, vienen por esta razón a resultar conforme advirtió ya Santa Teresa, de acuerdo con San Pedro Alcántara, las más privilegiadas y favorecidas”[1]. Una oración sencilla, nacida en el corazón, llega siempre a su destino: al Corazón de Dios. «A un corazón no habla –decía fray Diego de Estela– sino otro corazón». La oración ha de hacerse comunión afectiva en un diálogo de corazón a corazón sin «intervención» de la mente, vaciándonos de nosotros mismos. Las palabras se hacen innecesarias, la comunicación se hace a otro nivel, se hace comunión. Hay en quien esto sucede con toda espontaneidad y naturalidad. Para orar no se necesitan artificios ni formas ni técnicas especiales; basta una actitud filial, de confianza y autenticidad. Dios escucha a los humildes para mostrarles el resplandor de su gloria. Y a veces e inopinadamente, por su infinita misericordia, a los soberbios que se glorían, para mostrarles el camino de los humildes. A los que se dicen sabios Dios les habla dos veces: primero, para confundirles, y luego, para convertirles. Por su necesidad, no porque se lo merezcan o porque halle en ellos una predisposición suficientemente generosa. “Los altos misterios de Dios están reservados para las almas perfectas en general —sin distinguir entre instruidas o no instruidas, ni entre hombres y mujeres—, pues no los llegan a conocer sino mediante el don de sabiduría, que es propio de todas ellas” (Santo Tomás de Aquino)[2]. ………………………………. [1] J. G. ARINTERO, Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, prólogo. [2] ST, 2-2, q. 171, prólogo.
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