La libertad religiosa. Arrasando las creencias

Las creencias vienen a ser un conjunto de definiciones verídicas —tenidas por verdaderas—, y que se asumen determinándose según ellas. Ellas, pues, forjan los rasgos de la personalidad espiritual de una persona.

Las creencias son las que constituyen el dosel o fondo de íntimo del ser de una persona. De modo que podemos concluir que es lo más importante de una persona, por lo que uno es y con arreglo a lo cual vive y se determina en cuanto hace.

Las creencias así, pues, como urdimbre de la personalidad. otorgan un poso vital, terreno firme, fortaleza, empaque, reciedumbre o nervio interior que afirma y fortalece ante los avatares de la vida, momentos difíciles o circunstancias adversas, ante los quebrantos,  decepciones, fracasos, etc.

Personalidades así, cuajadas por sus creencias, no son fáciles de torce, de someter y manipular.  

Para aquellos que tratan de eso, de domeñar los miembros de una sociedad y hacer de ella lo que quieran a su antojo, esas personalidad cuya dignidad se sostiene sobre unas creencias y valores sinceros e indeclinables se convierte en baluartes que impiden llevar a cabo su objetivo.

De modo que, según esto, los enemigos de la Humanidad tienen claro que han de destruir las creencias si quieren conseguir sus propósitos. Pues los individuos sin anclajes flotan a la deriva, a merced de los vaivén de las olas del espíritu del tiempo. Cando las creencias desfallecen, decae el ser, se desmorona sin peso ni consistencia.

Las creencias del cristiano van más allá de las palabras; la realidad de lo que se cree es siempre más profunda y rica de lo que se afirma creer. “El acto del que cree no se refiere a lo que de la creencia se dice, sino a la realidad a que la creencia concierne” (Santo Tomás de Aquino[1]). Las creencias del cristiano encuentran su verdad y su poder en la persona divina de Cristo. De ahí, que el aporte que la gracia opera en las creencias cristinas hagan que el hecho de su fidelidad, llegue —si es necesario— al martirio.

Según esto, el enemigo número uno para los que quieren apoderarse del mundo manipulando los sentimientos, las emociones, el conocimiento, la verdad, las creencias…, saben que es el cristiano y su fidelidad a su credo. Las creencias son verdades sobre la Verdad. Confundir a Dios con las creencias sería minimizarle; Dios en más grande que ellas.  

Arrasar las creencias, la identidad profunda que modela las convicciones y proporciona dignidad a las personas, es el objetivo fundamental. Para ello, como método único para que se universalice la dignidad personal proporcionada por el cristianismo, solo les queda el recurso de atacar la libertad religiosa y perseguir —de formas más o menos manifiestas— la fe cristiana y a la Iglesia. El objetivo final es expulsar a Dios de su presencia en la Tierra, para que no se crea en Él.

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[1] Summa II-II, q.1, a.2.

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