La Lámpara

A los hijos de la Luz…

Vosotros sois la luz del mundo. (…) y alumbra a todos los que están en casa. Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mt 5,14-16)

 

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           En un barrio de Melburne visité a un anciano que, al parecer, estaba abandonado de todos. Apenas eché una ojeada a su habitación vi en qué condiciones tan deprimentes vivía. Quise hacer limpieza pero el me repetía: «no, está bien así». Había una preciosa lámpara totalmente cubierta por el polvo acumulado durante años. Le pregunté:

                —¿Por qué no enciende la lámpara?

         —¿Para que voy a encenderla si nadie viene a visitarme? Yo no la necesito.

                —¿Y usted la encendería si una hermana viniese a visitarle?

                 —Sí, si oigo una voz humana la encenderé.

                 Al día siguiente me mandó decir:

           —Diga a mi amiga que la luz que ella encendió en mi vida continúa encendida y radiante.

 

 Madre Teresa de Calcuta

 

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«Erais, en efecto, en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz. (Porque el fruto de la luz consiste en la bondad, en la justicia y en la verdad), juzgando por experiencia qué es lo que agrada al Señor.»  (Ef 5,8-10)

 

«Para los que yacen en la región tenebrosa de la muerte ha surgido una luz.» (Mt 4,16b).

«Dios mío, haz que para mi brille tu rostro en la vida de otro. Esta luz irresistible de tus ojos, encendida en el fondo de las cosas, me han alcanzado ya sobre todo trabajo factible, sobre todo dolor a atravesar. Dame sobre todo que pueda descubrirte en los más íntimo, en lo más perfecto, en lo más lejano del alma de mis hermanos». (P. Teilhard de Chardin, «El medio divino», Madrid 1967, 159-160).

 

San Juan dice que Cristo e la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9). Ilumina a unos de una manera y a otros de otra. A cada uno según su situación concreta, a veces limitada y apenas imperceptible y hasta ambigua, pero real y cierta. La pupila humana necesita de la fe para ver…

 

 «El que ama a su hermano, permanece en la luz» (1 Jn 1,10).

 

 Dichosos aquellos que aportan luz a la vida de otros, aun sin saberlo (y más precisamente por esto).

 


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