La fraternidad imposible de la progresía

El mundo del colegueo, del buenismo de pacotilla, de la empatía postiza de un pathos común (-naturaleza- que se niega), especie de solidaridad (ya desgastada y poco creíble)… es decir un devenir del «igualité, fraternité…». Nostalgia oculta, melancolía de lo que se adivina como necesario y verdadero, y que ya no lo es. Todo esto es pura filfa, politiqués de las élites, pura pose y autofalseamiento que se pretende expandir globalmente. Pero nada, nada de nada.

En definitiva, que se pretenden una fraternidad (a imagen y semejanza de la masona), ahora con el marchamo de lo progre. Pero todo eso es inútil, imposible de ser real;  pues falta el factor fundamental y fundante de la fraternidad: Dios Padre. Sin paternidad no hay hermandad posible; aunque si se empeñan los progres -al estilo de los iluminados del 1789 y los que los siguieron-, nos «convencerán», a base de guillotinazos. Ya están en ello: si te apartes de su verdad, de la verdad globalista asfixiantemente dominante, te expones a la correspondiente purga o persecución de cualquier tipo (por tierra, mar y aire; ahora en estos tiempos progres se avanza mucho en el medio digital: en las big tech).

Jesucristo es el Hijo de Dios, que nos hace hijos en el Hijo y por tanto hermanos, así como es también la Palabra por la que todo fue hecho, también nosotros: a su imagen y semejanza fuimos creados. Sin Dios Padre, sin Dios Hijo y el Espíritu Santo -aliento divino de amor- por el que somos animados, y a cuya comunión de amor Trinitaria estamos referidos y tenemos nuestra razón de ser y causa originante, así como nuestra vida y vocación final como puerto definitivo y eterno…, sin todo ello es imposible fraternidad en sentido verdadero.

Fechas atrás el clarividente purpurado alemán Gerhard Müller, prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha realizado unas declaraciones afirmando que «no existe fraternidad sin Jesucristo«. Y así es, pues la pertenencia a una especie, por sí sola no basta, al igual que el voluntarismo buenista ni la supuesta filantropía ideológica de la progresía política y activista. Sin Dios en vano se cansan los albañiles (paganos o masones), los pretendientes de construir denodadamente un mundo a su margen; los que pretenden recrear las cosas, la realidad, las personas, todo, el mundo entero, haciendo un «reseteo» (deconstruirlo) para reconstruido según ellos, en su vanidad y soberbia ignoran muchas cosas, entre ellas el pecado original del ser humano y cuando ello supone… Pero y como se ha dicho  ha quedado como expresión lapidaria -esculpida en piedra- «querer construir un mundo mejor, sin contar con Dios, es crear un mundo que va contra la propia humanidad.

En cuanto a la fraternidad -masónica o no- que nos propone el mundo progre, a los cristianos nos tiene que parecer insuficiente, y por tanto la Iglesia -en sus pastores del momento-, como dice el mismo cardenal Muller: «…no tiene ningún derecho de adaptar la Palabra de Dios según su propio parecer y el gusto del tiempo”.

Con la fraternidad que proponen los progresistas globalistas seguro que los cristianos podemos compartir algunas cosas y hacer camino…, pero llegados a un punto, hemos de seguir y dejarles atrás, pues estamos convocados para ir más allá, a ser ciudadanos del cielo, en comunión fraterna con todos los santos, y no quedar estancados en los propósitos alicortos de una pseudofraternidad progresista.

«La Iglesia del Dios Trino no es de ninguna manera una comunidad de miembros de una institución religiosa humanitaria, que podría prescindir del Dios Trino personal y ser compartida incluso por los ateos, en el sentido de la identificación panteísta del ser con la ficción personificada del dios de Spinoza ( deus sive substantia sive natura ).

«Cualquier apelación a una «hermandad universal» sin Jesucristo, el único y verdadero Salvador de la humanidad, se convertiría, desde el punto de vista de la Revelación y la teología, en una carrera loca en tierra de nadie» (Card. Muller).   

 

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