La exclusión del cristianismo

Desde que por allá el siglo IV, Constantino diera a la fe en Cristo carta de ciudadanía, el cristianismo ha tenido hasta nuestros días -o ayer-  un protagonismo notable en la forja de la cultura, el pensamiento, la moral y las costumbres de pueblos, naciones e individuos.

A pesar de la separación de la Iglesia y Estados que se produjera hace dos centurias, lo cierto es que la religiosidad de las gentes otorgaba a la Iglesia una voz de indudable relevancia. Hoy, en cambio, cabe afirmar que esto ya no es así, y la luz de cristianismo parece oscurecerse. Lo que dice la Iglesia ya no es apenas escuchado, carece de mayor relevancia y de capacidad de influencia.

Hoy -contrariamente a lo que hiciera Constantino- se excluye de la escena pública al cristianismo y a la Iglesia, no ya por razones de acaparar poder y eliminar a cualquier competidor -como hicieran los revolucionarios ilustrados-, sino por dos motivos: porque afirma que Dios existe y porque supone un obstáculo a los poderes que pretendan -aunque parezca sorprendente- amoralizar la sociedad. O dicho de otro modo:  La negación del bien y la verdad impulsa un proceso de expulsión de Dios y de la religión del espacio público.

La reclusion de la religión al ámbito de lo privado resulta una forma bastante eficaz de hacerla desaparecer, por la sencilla razón de lo que no se ve ni se nota es como si no existiera.

Este es uno de esos tantos comportamientos de los poderes públicos cada vez más frecuentes en que se ve esa marginación del cristianismo de la escena pública: 

Aquí en esta país llamado España cualquier grupo, poder, colectivo asociativo, ONG, sindicato, patronal, institución, organización, gremio, lobby, etc. pueden dar su opinión sobre la situación social, res pública, política, etc., excepto a la Iglesia. En cuanto hable la boca sobre algo a lo que tiene derecho a expresarse como cualquier hijo de vecino, la tachan de injerencia, de influir en el voto des de los púlpitos, etc., y al final añaden lo de siempre “si quieran hacer política, que se presenten…”; esto no se lo dicen a nadie, a ninguno de esos grupos de presión o colectivos con influencia o representación. El presidente del gobierno ha llamado a infinidad de colectivos a entrevistarse con él, sobre sus problemáticas. Por allí han pasado “multitud”  de ellos (asociaciones de la diversidad, LGTBI, ecologistas, feministas, científicos, padres de alumnos del sector público, afectados por las hipotecas, representantes universitarios, etc., etc.). Los creyentes como tales no somos tenidos en consideración: del colectivo religioso, de las diferente religiones que hay en el suelo patrio, con más miembros que cualquier de esos colectivos llamados, no ha llamado ni recibido a nadie, como si no existiera la religión y sus diferentes Iglesias.

En definitiva, que se trata de excluir a la religión y especialmente al cristianismo y más concretamente al católico.

No es que el cristianismo sea -como lo es- la religión más perseguida del planeta o que en China y en otros países se la acose y no se diga nada, o que se abran las puertas y se le de todo tipo de facilidades e incluso ayudas al islamismo para que “compita” (haciendo sombra o incluso desprestigiando el hecho religioso), construyendo mezquitas (en Francia hay más que iglesias cristianas), o que en los medios de comunicación solo se hable exageradamente de los pecados de la Iglesia y no de sus muchas y grandes virtudes, etc., etc., sino que como el dato anterior de España se la mínimiza, se la desconsidera, no de la tiene en cuenta, y sencilla y llanamente se la trata como si no existiera.  

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