El intento totalitario de los Estados —a semejanza de los señores feudales del Medievo— es algo cada vez más patente y real. El acaparamiento del poder por parte de los gobiernos de las naciones —en connivencia con ciertas élites plutócratas— hace cernirse negros nubarrones sombre las libertades y la dignidad humana. Sirviéndose de la tecnología —especialmente de la comunicación— tratan de imponer su voluntad sobre la ciudadanía: controlarla, dirigirla, manipularla, someterla.
El aglutinamiento del poder es progresivamente mayor; de continuo, van ganando terreno en ámbitos como el de los poderes que sirven de contrapeso, como el judicial, el mediático, la educación, las familia, la religión, etc. Todo ello a base de legislar según lo que les interese, valiendo del juego democrático a veces bastardo de mayorías políticas (bien pagadas y compradas), de los grupos presión y activistas (muchos de ellos subvencionados con el dinero de todos, y del que el mismo Estado dispone a capricho, como los magnates progresistas), con la adjudicación de nombradías para ocupar puestos en la carrera judicial (nombrando jueces de su cuerda, amigotes, apesebrados, etc.); restringiendo la capacidad de enseñanza de colegios concertados y privados; acosando a los padres y familias para que accedan sin rechistar a la educación que el Estado propone para su adoctrinamiento; la dependencia económica de los medios de comunicación del poder estatal, a cuyo servicio de prestan —del que dependen para su subsistencia, ya sea por la publicidad o por las concesiones de canales y posters emisores—; algo parecido ocurre en la cultura, el arte y pensamiento —donde películas, publicaciones, etc.— dependen de las facilidades, desgravaciones o subvenciones de papa Estado; los sectores económicos cada vez más dependen de las decisiones de los consejos de ministros, de lo publicado en los boletines de los estados. A todo esto, si se le añade que los avances tecnológicos permiten controlar, vigilar y monitorizar a la gente, hay que concluir que estamos en situación de serios riesgos de estar a merced del Poder constituido (que todo o del que, llegado un momento, sea definitivo).
Y lo más triste es que no faltarán razones —que no razón— para convencernos de que lo que hacen es por el bien de todos, de los ciudadanos, del pueblo, …por su seguridad y bienestar; aprovechando coyunturas calamitosas o alarmantes, ciertas o inventadas, por las que pasa la Humanidad: enfermedades (pandemias), crisis económicas, amenazas ecológicas o nucleares, activismo violentos callejeros, etc.
En fin, que el Estado se está convirtiendo en el tan temible Leviatán, dominado por —como dijera Hobbes— “el deseo perpetuo e insaciable de poder y más poder, que solo se interrumpe con la muerte”[1], y con intenciones «non sancta», que digamos nosotros.
O se le pone coto al poder político estatal —y aláteres arrimados— o acabaremos siendo sometidos por el acaparamiento de quien pretende adueñarse de la voluntad de las personas que viven en su territorio, y como todo se está en proceso de globalización… Hay que ponerse en lo peor a escala planetaria. Al tiempo.
Este poder cada vez más gigantescamente consolidado llegará un momento en que caiga en unas solas manos «descontroladas», insustituibles, de un poder dictatorial absoluto , global y para siempre.
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[1] Leviatán cap. 11.
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