El martes y miércoles de Semana Santa son días oscuros de la traición. Hoy y mañana las lecturas de la liturgia son del evangelio (Juan 13,21-33.36-38 y Mateo 26,14-25), que tratan principalmente de la traición de Judas Iscariote a Jesús.
El precio de la traición fue el vil metal, 30 monedas de plata, que era el precio máximo que se pagaba por un criado, con ese precio fusa tasado Jesús, como un «donanie». Y ese fue precio de un alma que se vendió vendiendo; un alma que se perdió «para siempre». Judas, traicionando a Jesús, se traicionó a sí mismo; cada uno somos custodios de nosotros mismo, responsables de nuestro destino. Judas le falló a Jesús y se falló a sí mismo.
Jesús ofreció a Judas en un gesto de amor al de tomar conciencia – sentirse turbado, profundamente emocionado- de la magnitud de la traición, y en Judas, al tomar el pan como un acto sacrílego que le invadió por dentro, entró el Maligno en él, y salió de inmediato de la presencia del Señor. Estaba en posesión del otro señor, el Demonio, de forma que todo se volvió turbio en su alma ennegrecida, se hizo la noche. «Detrás del pan, entró en él Satanás. (…)Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.»
Dos paradigmas: El pecado se que abre a la esperanza y el pecado que se cierra en la desesperación. San Pedro también le falló a Jesús, no en la misma dimensión, pero sí perdió su confianza, renunció a Él. Tanto en Pedro como en Judas fue una pérdida de fe; ambos la perdieron: uno ante el miedo y el otro ante la avaricia del dinero. Pero Pedro la recuperó, lloró amargamente, se arrepintió; en cambio, Judas no, porque aunque dolorido por lo que había hecho, no tuvo fe en Jesús como el Señor que perdona todo; carecía de la esperanza que dimana de la fe, jamás se le ocurrió que el amor de Jesucristo le pudiera salvar. Judas, en plena oscuridad, entró en un proceso de desesperación que le precipitó a su autodestrucción.

Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):
En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo:
– «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar».
Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía.
Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía.
Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó:
– «Señor, ¿quién es?».
Le contestó Jesús:
– «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado».
Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote.
Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo:
– «Lo que vas hacer, hazlo pronto».
Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche.
Cuando salió, dijo Jesús:
– «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me buscaréis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros:
«Donde yo voy, vosotros no podéis ir»»
Simón Pedro le dijo:
– «Señor, ¿a dónde vas?».
Jesús le respondió:
– «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó:
– «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
– «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
Lectura del santo evangelio según san Mateo (26,14-25):
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó: «ld a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»»
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce.
Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió: «Tú lo has dicho.»
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Palabras del papa Francisco
(Homilía Santa Marta, 8 de abril de 2020)
El Miércoles Santo también se llama “miércoles de la traición”, el día en que se subraya en la Iglesia la traición de Judas. Judas vende al Maestro.
Hoy en día el comercio de seres humanos es como el de otros tiempos: se hace. ¿Y esto por qué? Porque Jesús lo dijo. Él le dio al dinero un señorío. Jesús dijo: “No podéis servir a Dios y al dinero” (cf. Lc 16,13), dos señores. Es lo único que Jesús pone a un nivel, y cada uno de nosotros debe elegir: o sirves a Dios, y serás libre en la adoración y el servicio, o sirves al dinero, y serás esclavo del dinero. Esta es la opción; y mucha gente quiere servir a Dios y al dinero. Y esto no puede ser. Al final fingen que sirven a Dios para servir al dinero. Son los explotadores ocultos que socialmente son impecables, pero bajo la mesa comercian, incluso con la gente: no importa. La explotación humana consiste en vender al prójimo.
Judas se ha ido, pero ha dejado discípulos, que no son sus discípulos, sino del diablo. No sabemos cómo fue la vida de Judas. Un muchacho normal, tal vez, e incluso con inquietudes, porque el Señor lo llamó a ser discípulo. Él nunca logró serlo: no tenía boca de discípulo ni corazón de discípulo, como hemos leído en la primera Lectura. Era débil en el discipulado, pero Jesús lo amaba… Luego el Evangelio nos hace comprender que le gustaba el dinero: en casa de Lázaro, cuando María ungió los pies de Jesús con aquel perfume tan caro, hizo una reflexión y Juan subraya: “Pero no lo dice porque amaba a los pobres: porque era ladrón” (cf. Jn 12,6). El amor por el dinero lo había llevado fuera de las reglas: a robar, y de robar a traicionar hay un paso, pequeñito. Quien ama demasiado el dinero traiciona para tener más, siempre: es una regla, es un hecho comprobado. El Judas muchacho, quizás bueno, con buenas intenciones, termina siendo un traidor hasta el punto de ir al mercado a vender: “Fue donde los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Qué me daréis, si os lo entrego?»” (cf. Mt 26,14). En mi opinión, este hombre estaba fuera de sí.
Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le dice “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice a él “traidor”. Nunca dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le llama: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas: ¿cómo es el misterio de Judas? No sé… Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo… Sí, me consuela contemplar aquel capitel de Vézelay: ¿cómo terminó Judas? No lo sé. Jesús amenaza con fuerza, aquí; amenaza con fuerza: “¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le habría valido a ese hombre no haber nacido!” (cf. Mt 26,24). ¿Pero eso significa que Judas está en el infierno? No lo sé. Yo miro el capitel. Y escucho la palabra de Jesús: “Amigo”.
Pero esto nos hace pensar en otra cosa, que es más real, más que hoy: el diablo entró en Judas, fue el diablo quien lo llevó a este punto. ¿Y cómo terminó la historia? El diablo es un mal pagador. No es un pagador confiable. Te promete todo, te hace ver todo y al final te deja solo a ahorcarte en tu desesperación.
El corazón de Judas, inquieto, atormentado por la codicia y atormentado por el amor a Jesús —un amor que no ha logrado hacerse amor—, atormentado por esta niebla, vuelve a los sacerdotes pidiendo perdón, pidiendo salvación. “¿A nosotros, ¿qué? Tú verás…” (cf. Mt 27,4): el diablo habla así y nos deja en la desesperación.
Pensemos en tantos Judas institucionalizados en este mundo, que explotan a la gente. Y también pensemos en el pequeño Judas que cada uno de nosotros tiene dentro de sí a la hora de elegir: entre lealtad o interés. Cada uno de nosotros tiene la capacidad de traicionar, de vender, de elegir por el propio interés. Cada uno de nosotros tiene la posibilidad de dejarse atraer por el amor al dinero o a los bienes o al bienestar futuro. “Judas, ¿dónde estás?”. Pero la pregunta la hago a cada uno de nosotros: “Tú, Judas, el pequeño Judas que tengo dentro: ¿dónde estás?”.
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Catena Aurea
Evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):
Crisóstomo In Ioannem hom., 71.
Como el Señor estaba consolando a los apóstoles, que debían recorrer todo el mundo, y los fortalecía con doble consuelo, al pensar que el traidor estaba privado de ambos, se entristeció. Y esto significa el evangelista, cuando dice: «Y se entristeció en su espíritu», etc.
San Agustín In Ioannem tract., 60.
No hizo mención de esto anteriormente, pero como ya debía descubrir al traidor para que no se ocultara entre los demás, se entristeció en su espíritu. Y como el mismo traidor ya estaba a punto de salir para conducir allí a los judíos, a quienes había de hacer entrega de Jesús, lo entristeció su próxima pasión y el peligro inminente, y la mano amenazante del traidor, de quien ya se conocía su intención. El Señor se dignó también dar a conocer con su turbación que cuando una causa urgente obliga a separar antes de recogerse la mies a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la Iglesia se entristezca. Se turbó, no en cuanto a la carne, sino en el espíritu; porque las personas espirituales, en tales ocasiones de escándalo, no se turban por la perversidad, sino por la caridad, no sea que al cortar las malas cizañas se arranque de raíz el trigo. Y además, aun teniendo misericordia del mismo Judas, que había de perecer, se turba, no por debilidad de su alma, sino por su propia voluntad. Porque no se turba porque alguien lo obligue, sino que se turbó a sí mismo (como se ha dicho antes). En el hecho de turbarse consuela a los débiles en su propio cuerpo (esto es, en su Iglesia), para que si alguno se turba con la muerte de los suyos, no se crea por esto condenado.
Orígenes In Ioannem tom. 32.
Dice que se turbó en el espíritu. Esto, como es cosa humana (esto es, la pasión), provenía de la exuberancia de espíritu. Porque si algún santo vive en el espíritu y obra y padece, ¿cuánto más ha de decirse esto de Jesús, que es el primero de todos los santos?
San Agustín ut supra.
Caigan, pues, por tierra los argumentos de los estoicos, que dicen que en el sabio no cabe la perturbación de los ánimos. Así como juzgan a la verdad vanidad, así llaman estupor a la salvación. Túrbese, pues, el ánimo cristiano, no por la miseria, sino por la misericordia.
San Agustín In Ioannem tract. 61
«Uno de vosotros», por el número, no por el mérito; en apariencia, no en realidad 1.
Crisóstomo In Ioannem hom., 71.
Y como no lo determinó por el nombre, de aquí nació en todos el temor. Por esto sigue: «Se miraban mutuamente los discípulos, dudando de quién hablase», no teniendo conciencia de tal maldad y, sin embargo, creyendo que la afirmación de Cristo era más digna de creerse que sus propios pensamientos.
San Agustín In Ioannem tract., 61.
De tal modo era piadoso el amor que alimentaban hacia su Maestro, que su propia debilidad humana los estimulaba a los unos contra los otros.
Orígenes ut supra.
Se acordaban de que eran hombres y que era variable el sentimiento más perfecto, y susceptible el apetito de querer lo contrario de lo que antes había querido.
Crisóstomo ut supra.
Temblando todos, y aun el mismo que era cabeza (a saber, Pedro), Juan, que era el amado, se reclinó en el seno de Jesús. Por esto sigue: «Estaba, pues, recostado en el seno de Jesús uno de sus discípulos a quien Jesús amaba».
San Agustín ut supra.
Este era Juan, de quien es este Evangelio, como después se manifiesta. Era costumbre entre todos aquellos que nos han legado las Escrituras, que, cuando cuenta algo de ellos la divina narración, al ocuparse de sí mismos hablan como si fuera de otros. ¿Y qué pierde con esto la verdad, si se dice la misma cosa y se evita la jactancia del que la cuenta?
Crisóstomo ut supra.
Si quieres, pues, aprender la causa de esta familiaridad, sabe que era el amor; por eso dice «a quien amaba Jesús». Porque aunque los otros también eran amados, sin embargo, éste era más que los otros.
Orígenes ut supra.
Opino, pues, que el recostarse Juan en el seno del Verbo, significa como si habitase en sus más recónditos pensamientos.
Crisóstomo ut supra.
Quiere, pues, manifestar, que él era ajeno al crimen, y dice también esto para que no se piense que Pedro recurrió a él como a su superior, puesto que sigue: «Hízole señas Simón Pedro, y dícele: «¿Quién es ése de que habla?». En todas partes se encuentra Pedro impetuoso en el amor, y aunque fue el primero en preguntar, no habló, sino que quiso saber mediante Juan. En todas ocasiones la Escritura manifiesta a Pedro entusiasta, y teniendo familiaridad con Juan.
San Agustín ut supra.
Se ha de notar aquí la locución de decir algo, no por sonidos, sino tan sólo por señas: «hace señas, y dice», esto es, dice haciendo señas. Si, pues, con sólo pensar se dice algo, según aquello «dijeron entre sí» ( Jn 12,19), ¿cuánto más haciendo señas, cuando ya se manifiesta expresamente, por medio de signos, lo que se ha concebido interiormente?
Orígenes In Ioannem tract., 32.
En primer lugar, hizo signos, y luego, no contentándose con las señas, dijo: «Pregúntale de quién habla».
«Y así, habiéndose recostado sobre», etc.
San Agustín In Ioannem tract., 61.
Esto mismo que dice ahora «sobre el pecho», más arriba lo había dicho en el seno.
Orígenes ut supra.
O de otra manera: Habiendo descansado primero sobre el seno, después subió y lo hizo sobre el pecho de Jesús; como si al contentarse con el regazo y no elevarse hasta el pecho, esto hubiera sido un obstáculo para que Jesús le confiase lo que Pedro deseaba saber. Por esto de que posteriormente se reclinó sobre el pecho, se expresa que era discípulo especial de Jesús por mayor y más superabundante gracia.
Beda.
El descansar en su regazo y en su pecho, no sólo fue un indicio de amor presente, sino también signo de algo futuro, a saber: para que allí escuchase la voz, que después diese a conocer a los siglos.
San Agustín ut supra.
¿Qué otra cosa puede significarse en el pecho sino lo más oculto y secreto? Porque, ciertamente, el interior del pecho es el secreto de la sabiduría.
Crisóstomo ut supra.
Ni aun entonces expresó nominalmente el Señor quién era el traidor, pues sigue: «Respondió Jesús: Aquel es a quien yo daré el pan mojado». Y este modo de denunciarlo era para convertir, porque ya que no se avergonzó por la comunidad de la mesa, debió hacerlo por la participación del pan.
«Y cuando hubo mojado el pan, lo dio a Judas, hijo de Iscariote».
San Agustín ut supra.
Judas, contrario a lo que piensan algunos que leen con poco cuidado, no recibió solamente el cuerpo de Cristo, porque se entiende que ya el Señor había distribuido a todos ellos el sacramento de su cuerpo y sangre, entre los cuales estaba incluido el mismo Judas. Y por fin, se llega al punto en que, según la narración de Juan, el Señor manifestó al traidor por un trozo de pan que mojó y le dio. Tal vez por el hecho de mojar el pan se significa la traición de Judas, porque no todas las cosas quedan lavadas por mojarlas, sino que algunas se mojan para mancharlas. Y si es que el mojar el pan designa algún bien, no sin razón seguirá la condenación al que desagradece este bien.
«Y tras el bocado, penetró en él Satanás».
Orígenes In Ioannem tract., 32.
Atiéndase que Satanás no penetró primero en Judas, sino que inspiró en su corazón que entregase al Maestro. Mas después del pan penetró en él. Por lo cual hemos de cuidar que Satanás no logre introducir en nuestro corazón ninguna de sus flechas, porque si alguna penetrara, él formaría asechanzas hasta introducirse.
Crisóstomo ut supra.
En tanto que formaba parte de la asamblea, no se atrevía el diablo a invadirlo, contentándose con inspirarle desde el exterior, pero cuando Jesús lo desenmascaró y expulsó, ya con toda libertad se apoderó de él.
San Agustín ut supra.
O bien, entró en él para poseerlo plenamente como entregado a discreción, sin que por eso dejase de estar en él cuando pactó con los judíos el precio a que había de entregar al Señor. Cuando San Lucas dice: «Y Satanás entró en Judas, y éste habló con los príncipes de los Sacerdotes» ( Lc 22,3-4), ya había llegado al sitio de la cena de esta manera. Pero después entró en él, no para tentarlo como si hasta entonces le hubiera sido extraño, sino para poseerlo como cosa propia.
Orígenes ut supra.
Convenía, según creo, por la oferta del pan, retirar del malvado el bien que él juzgaba tener; y privado de este bien, quedó expedito para que Satanás lo invadiese.
San Agustín In Ioannem tract., 62.
Aquí dicen algunos: ¿Cómo es esto? ¿El pan que Cristo le entregó de su mesa, merecía que después de él penetrase Satanás? A lo que respondemos, que por esto debemos aprender cuánto debe evitarse el recibir el bien de mala manera. Porque si se pierde el que no aprecia el cuerpo del Señor (esto es, no lo discierne de las demás comidas), ¿cómo debe ser castigado el que se acerca a su mesa fingiéndose amigo, siendo enemigo?
«Y dice Jesús: Lo que haces, hazlo presto».
Orígenes ut supra.
Cabe dudar a quién se dirijan estas palabras, porque lo mismo a Judas que a Satanás pudo haber dicho el Señor «Lo que haces, hazlo presto», provocando al adversario a la lucha, o al traidor, para que ayudase a su pasión, que había de ser la salvación del mundo, lo que no quería se retardase ni evitase, sino que se apresurase cuanto fuera posible.
San Agustín ut supra.
Sin embargo, no aconsejó el mal, sino que lo predijo no para cooperar a la perdición del pérfido, sino consultando a la salvación de los fieles.
Crisóstomo ut supra.
Esto que dice, «Lo que haces, hazlo presto», no es a modo del que manda o aconseja, sino del que reprueba y manifiesta que El no quería impedir la traición. «Esto no lo comprendió ninguno de los convidados», etc. Cualquiera que se fije, dudará en este pasaje. Al preguntarle los discípulos»¿Quién es?» ( Jn 13,24), dijo: «A quien yo dé el pan mojado» ( Jn 13,26), y sin embargo no lo entendieron. Puede suponerse que Jesús lo dijo secretamente para que nadie lo oyera, y por lo mismo Juan pregunta inclinado sobre el pecho, como quien dice, al oído; porque acaso Pedro lo hubiera matado, si Jesús lo descubre. Y así dice que ninguno de los convidados se había enterado, ni aun Juan, que de ninguna manera pensaba que un discípulo llegase a tal grado de iniquidad, de la cual, como él estaba tan lejos, no hacía a nadie capaz ni por sospechas. Ignoraron, pues, la causa de las cosas que había dicho Cristo. Qué era lo que ellos creían, lo manifiesta posteriormente San Juan: «Algunos pensaban (porque Judas llevaba la bolsa) que había querido decirle: Compra lo que sea necesario», etc.
San Agustín ut supra.
El Señor, por lo tanto, tenía bolsa para conservar lo que los fieles le daban, y para atender a las necesidades de los suyos y a los demás necesitados. Entonces se instituyó la forma de los bienes eclesiásticos, para que entendiéramos lo que se nos preceptuaba ( Mt 6), de que no debíamos pensar en el día de mañana. Y no es esto prohibir que los santos tengan algún dinero, sino que a Dios no ha de servirse por estas miras, ni que se abandone el camino de la justicia por temor a la pobreza.
Crisóstomo In Ioannem hom., 71.
En verdad ninguno de sus discípulos llevaba dineros, pero, por lo que aquí se dice, se insinúa que algunas mujeres los alimentaban de sus haberes. Y así, el que recomendaba que no llevemos ni manto, ni báculo, ni dinero, llevaba, sin embargo, bolsa para atender a los menesterosos, para que aprendamos que por muy pobres y crucificados para el mundo que estemos, debemos siempre cuidarnos de este ministerio. Jesús obraba muchas cosas para nuestra enseñanza.
Orígenes ut supra.
De este modo hablaba el Salvador a Judas: «Lo que haces, hazlo presto». Y el traidor en esto solo le obedece por lo pronto, porque apenas recibió el pan, no se detuvo un instante. «Y así, cuando recibió el trozo de pan, salió al punto». Y en verdad salió, no sólo alejándose de la casa en que estaba, sino separándose de Jesús por completo. En mi sentir, Satanás, que había penetrado en él tras el pan, no toleraba que Judas perseverase con Jesús, porque entre Jesús y Satanás no puede haber relación alguna. No será fuera de propósito el preguntar por qué al decir «Recibiendo el pan», no se añade «Y comiéndole». ¿Es acaso que Judas, recibió el pan y no lo comió? Quizá el diablo, que lo había inspirado que hiciese traición a su Maestro, temió que, recibido el pan por Judas, si lo comía se desvaneciese el influjo que en su corazón había inspirado, y, por tanto, al punto que lo recibió se entró en él, e inmediatamente Judas dejó la casa. Puede también opinarse, que así como el que come el pan del Señor indignamente, o bebe su cáliz, come y bebe su propia condenación, también el pan que Jesús dio, para unos fue de salvación, pero para Judas fue de condenación, de tal manera, que tras el pan se introdujo Satanás.
Crisóstomo ut supra.
Y añade: «Era de noche», para manifestar la osadía de Judas, a quien no pudo detener ni cohibir lo importuno de la hora de su primer impulso.
Orígenes In Ioannem tract., 32.
La noche sensible es la imagen de la confusa noche que había invadido el alma de Judas.
San Gregorio Moralium 2, 2
Por la cualidad del tiempo se expresa el fin de la acción. Judas, que no había de implorar el perdón, aprovecha la noche para la perfidia.
Notas
- San Agustín sigue diciendo en el mismo Tratado 61 sobre San Juan: «…Por lo tanto, no uno que es de vosotros, sino uno que saldrá de entre vosotros. Porque, ¿de qué otra manera puede entenderse este ‘uno de vosotros’,…sino de la misma manera en que el escritor de este mismo Evangelio habla en su epístola: ‘Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros; pues si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros.’ ( 1Jn 2,19)?
Orígenes In Ioannem tom. 32
Después de los prodigios que se habían realizado por los milagros y por la transfiguración, la gloria del Hijo del hombre empieza desde el momento en que Judas sale llevando consigo a Satanás, que lo había invadido, fuera del lugar en que estaba Jesús. Por esta razón dice: «Cuando hubo salido, dijo Jesús: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre», etc. Y aquí no se habla de la gloria del Verbo Unigénito, sino del hombre que descendía de la estirpe de David. Porque si se dice con verdad en la muerte de Cristo, que glorifica a Dios: «Despojó los principados y las potestades, triunfando en el leño de su cruz» ( Col 2), y aquello otro: «Conciliando por la sangre de Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra» ( Col 1). En todo esto fue glorificado el Hijo del hombre y Dios también es glorificado en El. Por esta razón continúa: «Y Dios ha sido glorificado en El». Porque no puede glorificarse Cristo, sin que lo sea al propio tiempo el Padre. Mas como todo el que es glorificado lo es por alguien, si se pregunta por quién lo es el Hijo del hombre, veremos la respuesta en lo que sigue: «Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo».
Crisóstomo In Ioannem hom., 71.
Esto es, por sí mismo, no por medio de otra persona. «Y al punto le glorificará». Como diciendo: No largo tiempo después, sino inmediatamente aparecerán en la cruz todas las cosas dignas de gloria; porque el sol retrocedió, las piedras se abrieron, y muchos cuerpos de aquellos que dormían, resucitaron. De esta suerte levantó de nuevo los pensamientos de sus discípulos, que se habían abatido, y les aconseja que no se entristezcan, antes se alegren.
San Agustín In Ioannem tract., 63.
Por la salida del inmundo, todos quedaron purificados con el que los purificaba. Algo semejante acontecerá cuando, separada la cizaña del trigo, resplandezcan los justos como el sol, en el reino de su Padre ( Mt 13,43). Previendo el Señor que esto mismo aconteció al separarse Judas, que era la cizaña, dijo a los santos apóstoles, que habían quedado como el trigo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre», etc., como diciendo: He aquí lo que acontecerá en mi glorificación, donde no habrá ninguno de los malos, ni perecerá ninguno de los buenos. Por esto no dijo: ésta es la señal de la glorificación del Hijo del hombre, sino: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre». Como tampoco se dijo que la piedra simbolizaba a Cristo, sino: «La piedra era Cristo» ( 1Cor 10,4). La Escritura suele denominar las cosas que significan algo, por los nombres de lo significado. Mas la glorificación del Hijo del hombre es que Dios sea glorificado en El, y de aquí que añada: «Y Dios es glorificado en El». Por último, como para esclarecer este punto, prosigue: «Si el Hijo es glorificado en El (porque no vino a hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió), también Dios lo glorificará en sí mismo», refiriéndose a la naturaleza humana, que había sido tomada por el Verbo y dotada de eternidad interminable. «Y al punto lo glorificará», dice, manifestando su propia resurrección, que no sería como la nuestra al fin del mundo, sino inmediatamente. Y hasta puede entenderse de esta glorificación la frase: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre», diciendo ahora no por su próxima pasión, sino por su futura resurrección, como si ya hubiese sucedido lo que tan próximo consideraba.
San Hilario De Trin. lib. 2.
Que «Dios es glorificado en El», se refiere a la gloria del cuerpo, por la cual se manifiesta la gloria de Dios, como tomando el cuerpo su propia gloria por los consuelos que le comunicaba la naturaleza divina. Y como Dios es glorificado en El, por la misma razón lo glorificó en sí. Y lo glorificó Dios en sí por el incremento de gloria que recibió, de la misma suerte que el que reina en la gloria (que es la gloria de Dios), pasa por este hecho a la gloria de Dios. Y así tenía que permanecer todo en Dios, en cuanto es permitido a la naturaleza humana. Tampoco quiso pasar en silencio el tiempo, para significar como cosa de presente, al salir el traidor Judas a realizar su traición, la gloria que después de la pasión le estaba reservada por la resurrección, y distinguirla de aquella con que Dios lo glorificaría en sí posteriormente. Aquélla era la gloria de Dios manifestada por la resurrección; ésta la que gozaría permaneciendo en el seno de Dios.
San Hilario De Trin. lib. 9.
A mi juicio no hay ninguna ambigüedad en la interpretación de estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre». Esta gloria pertenecía a la carne, no al Verbo. Lo que yo me pregunto es qué significa en esto que sigue: «Y Dios es glorificado en El». Y no siendo uno el Hijo del hombre y otro el Hijo de Dios (porque el Verbo se hizo carne) ( Jn 1,14), pregunto quién es glorificado por el Hijo del hombre (que es también Hijo de Dios). Veamos ahora qué significa lo tercero: «Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo». El hombre ciertamente no se glorifica por sí mismo. Por el contrario, en el hombre, aunque reciba la gloria, es glorificado por Dios. Pero El es Dios mismo. Y por tanto es necesario, o que sea Cristo el que se glorifica en la carne, o el Padre el que se glorifica en Cristo. Si Cristo, Cristo que se glorifica en la carne es Dios; si el Padre (también Dios), tendremos el misterio de la unidad, porque el Padre se glorifica en el Hijo. Pero porque Dios glorifique en sí mismo a Dios glorificado en el Hijo del hombre, ¿cómo puede deducirse la conclusión impía de que Cristo no es Dios según la verdad de naturaleza, como si estuviera fuera de sí, porque glorifica en sí? Así, al que el Padre glorifica, hay que confesarlo en igual gloria, y el que se ha de glorificar en la gloria del Padre, debe también participar de todo aquello que está en el Padre.
Orígenes In Ioannem tom. 32.
El nombre gloria no se toma aquí en el sentido de los paganos, que la definen como un conjunto de alabanzas que se tributa por muchos. Es cosa clara que aquí se trata de algo diferente, según las palabras del Exodo ( Ex 40,32-33), que dice que el tabernáculo está lleno de la gloria de Dios, y que la presencia o rostro de Moisés se había llenado de gloria. En efecto, en sentido literal hubo en el tabernáculo cierta presencia divina, lo mismo que en el rostro de Moisés mientras hablaba con Dios. Pero en sentido espiritual, la gloria de Dios es la que alumbra el entendimiento haciéndolo elevarse y sobreponerse a todas las cosas materiales, deificándolo por la visión divina que escudriña y en las cosas que contempla. Por esto, figuradamente fue Moisés glorificado, en el hecho de tornarse divino por el entendimiento. Pero no puede establecerse comparación entre la excelencia de Cristo y el conocimiento de Moisés, que glorificó su faz, porque creo que el Hijo es el resplandor de toda la gloria divina, como dice San Pablo: «Siendo el cual el esplendor de la gloria», etc ( Heb 1,3). Además, de este foco luminoso de gloria proceden los resplandores singulares, reflejándose en las creaturas racionales, y por eso no creo que nadie pueda recibir todo el esplendor de la gloria divina, sino el Hijo. En cuanto el Hijo no era conocido por el mundo, no era tampoco glorificado en el mundo. Mas como el Padre dio a algunos de los que estaban en el mundo el conocimiento de Jesús, fue glorificado entonces el Hijo del hombre en aquellos que lo conocieron. De aquí que transmitió su gloria a los que lo conocían. Porque los que contemplan con pura mirada la divina gloria, se transfiguran, a su imagen, de la gloria del glorificado en gloria de glorificadores. Cuando se aproximaba la hora en que debía realizarse el prodigio de que el mundo, mediante su conocimiento, mereciera la gloria glorificándole, dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre». Y como nadie ha conocido al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo hubiese revelado, el Hijo, por gracia natural, debía revelar al Padre ( Mt 11,27). Por esta causa se conoce que Dios es glorificado en El. O bien puede entenderse que Dios es glorificado, si conocemos con perfección a Jesús: «El que a mí me ve, ve también a mi Padre» ( Jn 14,19). Porque se verá en el Verbo, siendo este Dios e imagen invisible de Dios, el Padre que lo engendró. De este modo se entenderá más claramente todo lo que aquí se dice. Porque así como el nombre de Dios es blasfemado por algunos entre los gentiles, así el nombre excelso del Padre es ensalzado por las buenas obras de los santos que resplandecen ante los hombres. ¿En quién ha aparecido mejor la gloria de Dios, que en Jesús? Jamás cometió pecado, y en su boca no hubo dolo. Siendo, pues, el Hijo de tal condición, fue glorificado, y Dios se glorifica en El. Y si Dios se glorifica en El, el Padre da al Hijo algo mayor de lo que hizo el Hijo del hombre. Porque es muy superior y de más subido precio la gloria que recae en el Hijo del hombre cuando lo glorifica el Padre, que la del Padre cuando se glorifica en El. Y así, convenía que la gloria del más poderoso superase a la otra. Además, como estas cosas debían acontecer en seguida (me refiero a que el Hijo del hombre fuese glorificado en Dios), continúa así: «Y al punto le glorificará».
San Agustín In Ioannem tract., 64.
Habiendo dicho más arriba: «Y al punto le glorificará», para que no creyesen que Dios lo iba a glorificar de tal forma que no pudiese estar unido a ellos en la convivencia que existe en la tierra, dijo en seguida: «Hijitos, aún estoy un poco con vosotros». Como diciendo: al punto seré glorificado por la resurrección, pero no ascenderé al cielo inmediatamente, como está escrito en los Hechos de los Apóstoles: «Estuvo con ellos cuarenta días después de la resurrección». Estos cuarenta días los significó diciendo: «Aún estaré un poco con vosotros».
Orígenes In Ioannem tract., 32.
Cuando dice hijitos, designa la infancia en que estaban aún sus almas, porque éstos que ahora son llamados hijitos, después de la resurrección son hermanos, así como antes de ser hijitos fueron siervos.
San Agustín ut supra.
Puede también interpretarse así: Aún estoy yo como vosotros en la enfermedad de esta carne, a saber, hasta que muriese y resucitase. Después que resucitó, estuvo con ellos en cuanto a la presencia corporal, pero no en cuanto a la debilidad de la carne. Según otro evangelista, dijo después de la resurrección ( Lc 24,44): «Os dije esto, cuando aún estaba con vosotros», esto es, cuando yo existía en carne mortal como vosotros. Mas ahora estaba ciertamente vestido de la misma carne, pero no participaba con ellos de la mortalidad. Hay también otra presencia divina, inaccesible a los sentidos mortales, de la que El mismo dice: «He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos» ( Mt 28,20). Esto no significa: aunque estoy un poco con vosotros, pues no es poco hasta la consumación de los siglos. Y si esto es todavía poco porque a los ojos de Dios mil años son como un solo día, no parece que ha querido significar aquí esto cuando sigue diciendo: «A donde yo voy, vosotros no podéis venir». ¿Por ventura no podían ir a donde El vaya en el último día? De los cuales diría después: «Padre, quiero que éstos estén conmigo donde yo estoy» ( Jn 17,24).
Orígenes In Ioannem tom. 32.
Esto se puede explicar de una manera muy sencilla, diciendo que ya no había de estar con sus discípulos. Pero profundizando algo más, quizá pueda decirse que en realidad dejó de estar con ellos no mucho tiempo después, no porque estuviera ausente de ellos, según la presencia corporal, sino porque pasado muy poco tiempo, «vosotros os escandalizaréis en mí esta noche» ( Mc 14,24). Y en ese sentido no estaba con ellos quien tan sólo mora plenamente en los que están en gracia. Pero aunque no estaba con ellos, ellos, sin embargo, habían de buscar a Jesús, como Pedro, que después de negarlo, lloraba tristemente buscándolo. Por esta razón sigue: «Me buscaréis, y así como dije a los judíos donde yo voy, vosotros no podéis venir». Buscar a Jesús, es buscar al Verbo, la sabiduría, la justicia, la verdad, la virtud divina: todo esto es Cristo. A los discípulos que quieren seguir a Jesús -no corporalmente, como creen las personas rudas, sino en la forma que recomendaba en estas palabras ( Lc 14,27): «Quien no toma su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío»- les dice aquí el Señor: «Donde yo voy, vosotros no podéis venir». Porque aunque hubieran querido seguir al Verbo y confesarlo, no tenían aún poder para esto. Aún no se les había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado ( Jn 7,39).
San Agustín ut supra.
O dice esto porque no estaban dispuestos todavía para seguir a Jesús, muriendo por la justicia. ¿Cómo, pues, lo iban a seguir si no estaban preparados para el martirio? ¿Y cómo iban a seguir a Jesús, que caminaba a la inmortalidad de la carne, ellos que morirían en cualquier tiempo para no resucitar hasta el último día? ¿Y cómo podrían seguir a Jesús, que iba al seno de su Padre, cuando nadie puede gozar de tal felicidad si no se perfecciona en el amor? Cuando esto dijo a los judíos, no añadió: «ahora»; mas ellos no podían ir en ese momento, pero podían ir después. Y por tal razón continuó: «Y a vosotros os digo, ahora «.
Orígenes In Ioannem hom., 71.
Como diciendo: A vosotros os hablo, no sin aducir el adverbio ahora. Porque los judíos, como preveía que habían de morir en sus maldades, en breve tiempo no podían marchar a donde Jesús iba, pero los discípulos podían seguir al Verbo después de algún tiempo.
Crisóstomo In Ioannem hom., 71.
Como los discípulos habían oído que Jesús había dicho aquello a los judíos, para que no creyesen que también se les decía a ellos de la misma manera, dijo, hijitos.
Crisóstomo In Ioannem hom., 72.
Grande amor es éste que vence al fuego en vehemencia, y cuya energía no hay prohibición que pueda detenerla. Pedro, el más fervoroso, oyendo las palabras «Donde yo voy, vosotros no podéis venir» ( Jn 13,33), le preguntó: «Díjole Simón Pedro: Señor ¿dónde vas?».
San Agustín In Ioannem tract., 66.
El discípulo habló al Maestro como para seguirle, y por esta causa el Señor, que veía su alma, le respondió así: «Respondióle el Señor: A donde yo voy, no puedes tú seguirme ahora», etc. Establece aquí una dilación; no destruye la esperanza, sino que la confirmó con las siguientes palabras: «Mas me seguirás después». ¿Para qué te apresuras, oh Pedro? Aun no te ha dado la piedra la solidez de su espíritu. No te llenes de soberbia con tu presunción, ahora no puedes. Pero tampoco desesperes, después «me seguirás».
Crisóstomo ut supra.
Pedro, ni oyendo esto enfrenó su deseo, sino que sigue adelante, en posesión ya de aquella esperanza. Y como no abrigaba el temor de traición, continuó preguntando en medio del silencio de todos sus compañeros: «Dijo Pedro: ¿Por qué no puedo seguirte ahora?». ¿Qué dices, oh Pedro? He dicho que no puedes y tú insistes en que puedes. Ya sabrás por la experiencia, que ese amor que me tienes de nada sirve si te falta el auxilio de lo alto. De aquí que sigue: «Respondió Jesús: ¿Darás tu vida por mí?».
Beda.
Esta sentencia puede interpretarse de dos maneras. En primer lugar, de un modo afirmativo, como si dijese: Darás tu vida por mí, pero ahora, temiendo la muerte de la carne, incurres en la muerte del alma. En segundo lugar, en tono represivo, como si dijese.
San Agustín ut supra.
¿Harás por ventura tú en mi obsequio, lo que yo aún no hago por ti? ¿Te adelantarás, siendo así que no puedes seguir? ¿Cómo presumes a tanto? Escucha lo que tú eres: «En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo sin que tres veces me hayas negado». Tú, que me prometes morir, negarás tres veces tu vida. Veía Pedro el deseo que lo animaba, pero no conocía sus propias fuerzas. El enfermo se jactaba de buenos deseos, pero el médico conocía la enfermedad. ¿Podrá decirse (como quieren algunos, presentando una excusa legítima) que el apóstol Pedro no negó a Cristo, contestando a la criada que lo interrogó, que él no conocía a tal hombre, como expresamente aseveran los demás evangelistas? Como si aquel que niega a Cristo hombre, no negara a Cristo y no negara en El la humanidad que tomó por nosotros, y todo por temor de perder la vida que El nos dio. ¿Qué otra cosa lo hace cabeza de la Iglesia sino la humanidad? ¿Y cómo puede pertenecer al cuerpo de Cristo el que lo niega como hombre? Pero ¿para qué insistir más? El Señor no dijo: «no cantará el gallo», sin que hayas negado tres veces al Hijo del hombre, sino «sin que me hayas negado». ¿Qué significa este me, sino lo que El era? Cualquier cosa que de El negó, a Cristo negó, y sin duda es ilícito. Cristo dijo y predijo esto; Pedro negó a Cristo sin género alguno de duda. No tratemos de justificar a Pedro acusando a Cristo. Pedro, en su debilidad, comprendió lo enorme de su pecado, y demostró con su llanto cuánto mal había cometido negando a Cristo. Ni cuando tales cosas decimos se debe creer que nos es grato inculpar al primero de los apóstoles. Antes queremos sacar de esta consideración la enseñanza de cuán débiles son las fuerzas humanas y la propia confianza.
Beda.
Que cada cual tome de aquí ejemplo de arrepentimiento, y si ha caído no se desespere, sino que siempre confíe en que puede hacerse digno de perdón.
Crisóstomo In Ioannem hom., 72.
Es por esto evidente que el Señor permitió la caída de Pedro, porque podía haberla evitado desde un principio, pero como lo veía dominado por la arrogancia, no lo impelió ciertamente a la negación, sino que lo abandonó a sí mismo para que aprendiera lo débil que era, y no estuviese sujeto a tales peligros cuando recibiese en sus manos el mando de la tierra; antes se conociese a sí mismo, recordando las anteriores debilidades.
San Agustín ut supra.
Sucedió, pues, en el alma de Pedro, la muerte que él prometía para el cuerpo, pero de distinta manera que él pensaba. Porque antes de la muerte y resurrección del Señor, murió en cuanto negó, pero resucitó mediante el llanto.
San Agustín De cons. evang., 3, 2
Recuerdan a Pedro esto de su negación predicha, no sólo Juan sino también los otros tres. Pero no todos tratan de este recuerdo en la misma ocasión, porque Mateo y Marcos hablan de ella después que el Señor salió de la casa en que habían comido la Pascua; Lucas y Juan antes de que de allí saliese. Pero fácilmente podemos entenderlo, o bien diciendo que aquellos la narraron como recapitulación, o bien éstos como precedente. A no ser que se prefiera decir, que cosas tan diversas, tanto en palabras como en sentencias, que profirió el Señor para alentar a Pedro a su valiente determinación de morir con el Señor o por el Señor, fueron proferidas en distintos tiempos, y que tres veces Pedro hizo las promesas arrogantes, en diversos lugares de la conversación de Cristo, y tres veces le respondió el Señor que lo había de negar antes que el gallo cantase.
……..
Evangelio según san Mateo (26,14-25):
Glosa
Supuesta la oportunidad de la traición, el Evangelista habla a continuación de la que cometió Judas. Por lo que dice: «Entonces fue uno de los doce», etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 80,2
Tan luego como oyó que el Evangelio se había de predicar en todas partes, temió, pues esto demostraba un poder admirable.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,78
Las palabras: «Entonces se fue uno de los doce», continúan la narración de los acontecimientos que empieza con la palabra del Señor: «Sabéis que, pasados dos días, se celebrará la Pascua… Entonces se juntaron los príncipes de los sacerdotes», etc. Entre aquello que se dijo: «Porque no sucediese alboroto en el pueblo» ( Mt 26,5), y esto que se dice: «Entonces se fue uno de los doce», se interpuso lo que sucedió en Bethania, de lo cual se ha hecho mención al recapitular.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y se fue en busca de un príncipe de los sacerdotes, para entregar al que fue hecho sacerdote eternamente ( Sal 109,4); y se fue a buscar muchos príncipes de los sacerdotes, para venderles por precio al que quería redimir a todo el mundo.
Rábano
Y dice que se fue, porque tomó tan criminal designio, no forzado, no invitado, sino espontáneamente.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 80,2
Y añade: «Uno de los doce»; como si dijera, de la sección principal, de los que sublimemente fueron elegidos, y para designarle agrega: «Llamado Judas Iscariote» (de Isch-Queriióth, que quiere decir varón u hombre de Kerioth y vulgarmente Carioth, pueblo donde nació Judas): porque había otro Judas.
Remigio
Pues Cariot fue el pueblo donde nació este Judas.
San León Magno, sermones, 60,4
Quien no abandonó a Jesucristo perturbado por el temor, sino que se dejó arrastrar por la codicia de las riquezas. Porque toda afición al dinero es vil. Y el alma codiciosa de ganancias no temió perecer por una aunque pequeña; y no hay vestigio alguno de justicia en aquel corazón, en el que la avaricia ha hecho su morada. Embriagado el pérfido Judas con este veneno, cuando tuvo sed de ganancias, tan neciamente fue impío, que vendió a su Señor y a su maestro. Por esto dijo a los príncipes de los sacerdotes: «¿Qué me queréis dar y yo os lo entregaré?»
San Jerónimo
El infeliz Judas quiso compensar con el precio de su maestro el daño que creía se había hecho con la efusión del ungüento. Sin embargo, no pide una cantidad determinada, para que no pareciese lucrativa su perfidia, sino que dejó a la libertad de los compradores el dar lo que quisieran, como si entregara una propiedad vil.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y esto es lo que hacen todos los que reciben algo de las cosas corporales o mundanas, para que entreguen y arrojen fuera de su alma al Salvador, y a la palabra de la verdad que se hallaba en ellos.
Continúa: «Y ellos le señalaron treinta monedas de plata»: señalándole tanta paga cuantos años el Salvador había vivido en este mundo.
San Jerónimo
José no fue vendido en treinta monedas de oro -como opinan algunos, fundándose en la versión de los Setenta intérpretes- sino en treinta monedas de plata según la verdad hebraica: pues no podía ser de más precio el siervo que el Señor.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,61
Mas, el haber sido vendido el Señor en treinta monedas de plata, simbolizó en la persona de Judas a los inicuos Judíos, quienes buscando las cosas carnales y temporales (que se refieren a los cinco sentidos del cuerpo), no quisieron admitir a Jesucristo, y como quiera que esto lo llevaron a efecto en la sexta edad del mundo, se simbolizó de este modo que ellos habían de recibir seis veces cinco como valor del Señor vendido. Y porque la palabra del Señor es plata (Salmo 11,7), ellos entendieron asimismo carnalmente la misma ley, pues habían grabado la imagen del principado secular como en plata, que obtuvieron cuando hubieron perdido al Señor.
Continúa: «Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle».
Orígenes, in Matthaeum, 35
Mas San Lucas explica más claramente qué oportunidad era la que buscaba, Judas, cuando dice: «Y buscaba ocasión para entregarlo sin concurso de gentes» ( Lc 22,6); esto es, cuando el pueblo no estaba junto a El, sino cuando estaba retirado con sus discípulos; lo cual verificó, en efecto, entregándole después de la cena, cuando se hallaba retirado en el huerto de Getsemaní. Y verás si esta oportunidad se parece a los que al presente quieren hacer traición a la palabra de Dios en el tiempo de la persecución, cuando la muchedumbre de los creyentes no está cerca de la palabra de la verdad.
Glosa
Había hablado el Evangelista de las cosas que habían de preceder a la pasión de Jesucristo; a saber de la predicación de la pasión, del consejo de los príncipes y del convenio de la traición: mas ahora principia a referir el tiempo y el orden de la pasión diciendo: «Y el primer día de los ácimos».
San Jerónimo
El primer día de los ácimos, es el día catorce del primer mes, cuando es inmolado el cordero, y la luna está en todo su lleno, y es desechada la levadura.
Remigio
Y es de advertir que entre los judíos la Pascua se celebraba en el primer día, mas los siete días restantes eran llamados de los ácimos, pero aquí se toma el día de los ácimos por el día de la Pascua.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
O llama a este día el primero de los ácimos, los cuales eran siete; pues acostumbraron siempre los judíos a contar desde la víspera. Por esto hace mención de este día, en la víspera del cual había de ser inmolada la Pascua, y lo fue en la feria quinta.
Remigio
Mas dirá tal vez alguno: Si aquel cordero típico llevaba la figura de este verdadero Cordero, ¿por qué no padeció Jesucristo en aquella noche en que solía ser inmolado el cordero? Pero hay que tener presente que en la misma noche entregó a los discípulos los estimables misterios de su sangre y de su cuerpo. Y así detenido y atado por los judíos consagró el principio de su inmolación (esto es, de su pasión).
Continúa: «Se llegaron los discípulos a Jesús y le dijeron: ¿En dónde quieres que dispongamos para que comas la Pascua?» Creo, pues, que el pérfido Judas se hallaba entre aquellos discípulos que se llegaron a Jesús y le preguntaron.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
De aquí se deduce claramente que no tenía casa ni choza. Yo opino también que ni los discípulos la tenían; pues, en verdad, le hubiesen rogado que fuese allí.
Continúa: «Y dijo Jesús: Id a la ciudad a casa de cierta persona», etc.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,80
A saber, a casa de aquél a quien San Marcos y San Lucas llaman padre de familia o Señor de la casa. Pues lo que interpuso San Mateo, a casa de cierta persona, quiso insinuarlo en compendio, por su intención de ser breve, porque nadie habla de la manera que diga: «Id a casa de cierta persona», ¿quién no lo sabe? Y por esto habiendo puesto San Mateo las palabras del Señor cuando dijo: Id a la ciudad, interpuso él mismo: A casa de cierta persona. No porque el mismo Señor hubiese dicho esto, sino para insinuarnos, callando el nombre, que hubo en la ciudad cierta persona, a cuya casa fueron enviados los discípulos del Señor, para que dispusieran la Pascua. Pues se manifestó por el Señor que los discípulos eran enviados, no a casa de cualquier hombre, sino a casa de cierto hombre (esto es, a casa de un hombre determinado).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
O se puede decir que por esto que dice: «A casa de cierta persona», da a entender que los envía a casa de un hombre desconocido, manifestando con ello que podía no padecer. Porque el que persuadió la mente de esta persona para que los recibiese, ¿qué no hubiera podido hacer, ciertamente, contra los que le crucificaban, si hubiese querido no padecer? Pero yo no admiro tan sólo que un viviente desconocido le recibió, sino que despreció el odio de muchos recibiendo a Jesucristo.
San Hilario, in Matthaeum, 30
O no nombra al hombre con quien hubo de celebrar la Pascua, por esta razón; porque aun no se daba entonces a los creyentes el honor del nombre cristiano.
Rábano
U omite el nombre, para designar la licencia que se ha de dar de celebrar la verdadera Pascua y hospedar a Jesucristo en la morada de la mente a todos los que quieran hacerlo.
San Jerónimo
También en esto la nueva Escritura guarda la costumbre del Antiguo Testamento, porque con frecuencia leemos: Dijo éste a aquél; y en este lugar y en aquél. Y sin embargo, no se pone el nombre de las personas y de los lugares. Continúa: «Y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo se acerca».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 81,1
Y dijo esto a los discípulos, aludiendo a la pasión, para que ejercitados por las repetidas enunciaciones de la pasión, meditasen lo que había de acontecer, demostrándoles al mismo tiempo que iba a la pasión por su voluntad. Continúa: «En tu casa hago la Pascua»: En lo que da a entender que hasta el último día no se oponía a la ley. Y añadió: «Con mis discípulos», para que se preparase lo bastante y para que aquél a cuya casa los enviaba, no creyese que El quería ocultarse.
Continúa: «Y los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y dispusieron la Pascua».
Orígenes, in Mathaeum, 35
Tal vez alguno pretenderá que por lo mismo que Jesús celebró la Pascua según la costumbre judía, lo hagamos nosotros también, porque conviene que seamos imitadores de Cristo, no considerando que Jesús fue hecho bajo la ley, no para dejar bajo la ley a los que estaban bajo la ley, sino para librarlos de la ley. ¿Con cuánta mayor razón, pues, no debían entrar en la ley los que antes estaban fuera de la ley? sino que celebren espiritualmente lo que en la ley se manda que se celebre corporalmente, para que celebremos la Pascua con ácimos de sinceridad y de verdad, según la voluntad del Cordero cuando dice ( Jn 6,54): «Si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendreis vida en vosotros».
San Jerónimo
Como el Señor había predicho ya su pasión, ahora predice cuál será el traidor, dándole lugar a que haga penitencia, puesto que sabía que conocía sus pensamientos, y los secretos de su corazón, con el fin de que se arrepintiese de lo hecho. Por esto dice: «Y cuando vino la tarde, se sentó a la mesa con sus doce discípulos».
Remigio
Dice con los doce, porque Judas aun estaba con ellos aun cuando ya se había separado en realidad.
San Jerónimo
Judas obraba así, para evitar toda sospecha de traición.
Remigio
Debe advertirse que el Salvador se sentó a la mesa por la tarde, porque el Cordero solía sacrificarse a esa hora.
Rábano
Además se sentó con sus discípulos, por la tarde, porque en la pasión del Señor (cuando el verdadero sol tocaba a su ocaso), preparaba a todos los fieles una cena eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,1
Dice el Evangelista que cuando los discípulos estaban comiendo, Jesús empezó a hablar de la traición de Judas, dando así a conocer con tiempo y desde la mesa, la malicia del traidor. Por esto sigue: «Y cuando ellos estaban comiendo dijo: en verdad os digo que uno de vosotros me ha de entregar», etc.
San León Magno, sermones, 58,3
En lo que dio a entender que conocía la conciencia de su traidor. Pero no le confunde con reprensiones ásperas y manifiestas, sino que le reconviene con amonestación sencilla y oculta, para que se arrepienta y se corrija con más facilidad; por ello no le había dirigido expresiones duras.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Habló en general, para que cada uno diese a conocer la situación especial de su espíritu y para dar a conocer la malicia de Judas, que no creía que el Salvador tenía conocimiento de sus determinaciones. Yo creo que, en un principio, pensó que el Señor como hombre no lo descubriría, que y que, después de ver que su conciencia era conocida de Cristo, intentó la ocultación, puesta de manifiesto en sus palabras. En lo primero se mostró su incredulidad, y en esto último su impudicia. El Señor habló en general también para manifestar la bondad de sus discípulos, que más bien creían en las palabras del Señor, que en el testimonio de su conciencia. Por esto sigue: «Y ellos, muy llenos de tristeza, cada uno empezó a decir: ¿Por ventura soy yo, Señor?» Todos los discípulos sabían por lo que habían oído al Salvador, que la naturaleza humana es inclinada a lo malo, y que está en lucha contra los que gobiernan en este mundo de tinieblas; y por esta causa cada uno de ellos temía y preguntaba. Por lo que debemos siempre temer, que pueden sobrevenirnos toda clase de males puesto que somos débiles. Y viendo el Señor que sus discípulos temían por sí mismos, demostró cuál era el traidor por medio de una expresión profética, que dice en el Salmo: «El que come mi pan ensanchará su enemistad contra mí» ( Sal 40,10).
Por esto sigue: «Y El respondió y dijo: el que mete conmigo», etc.
San Jerónimo
¡Oh admirable paciencia la del Señor! Primero había dicho: uno de vosotros me ha de entregar ( Mt 26,21), y el traidor persevera en su mal propósito. Le reprende con más claridad, y sin embargo, no le designa por su nombre. Pero Judas cuando los demás se afligen y retiran su mano, y se abstienen de llevar la comida a su boca, él con la temeridad y desvergüenza con que le había de entregar, hasta mete la mano en el plato con su maestro, para que su atrevimiento ocultase la situación de su espíritu.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,1
Me parece que también Jesucristo metía la mano en el plato al mismo tiempo que Judas, comprometiéndole más así, y atrayéndolo a su amor.
Rábano
San Mateo dice que en el plato, y San Marcos dice en la escudilla ( Mc 14,20). Paropsis es un vaso cuadrado para poner comida, y de cuatro lados iguales de donde toma el nombre; catino es un vaso frágil para contener líquidos. Y pudo suceder que en la mesa hubiese algún vaso frágil y cuadrado a la vez.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Es costumbre de hombres malos poner asechanzas a otros hombres después de la sal y del pan, especialmente a aquéllos que no tienen como enemigos. Por lo tanto, después del convite espiritual, suele verse con frecuencia la gran malicia de aquél que ha entregado a su maestro, sin acordarse del amor de su maestro en los beneficios materiales, ni de sus enseñanzas en los beneficios espirituales. Así obran en la Iglesia todos aquéllos que intrigan contra sus hermanos con quienes asisten con frecuencia a la sagrada mesa del cuerpo de Cristo.
San Jerónimo
Pero Judas una y otra vez avisado no retrocede de su traición, sino que parece que la paciencia del Señor fomenta su atrevimiento; y por lo tanto le anuncia el castigo, para que la intimación de la pena corrija a aquél a quien no había vencido el pundonor. Por esto sigue: «El Hijo del hombre va ciertamente», etc.
Remigio
Es propio de la humanidad ir y venir y de la divinidad estar y permanecer y como la humanidad pudo padecer y morir según el designio de la divinidad, dice muy oportunamente el Hijo del Hombre que va. Por ello dice terminantemente: «Como está escrito de El», puesto que todo lo que padeció ya había sido vaticinado antes por los profetas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,2
Dijo esto para consolar a sus discípulos, y que no creyesen que sufría aquello por debilidad, y para advertir a la vez al traidor. Porque aun cuando estaba escrito que Jesucristo habría de padecer, sin embargo, se culpa de su muerte a Judas. Pero la traición de Judas no es quien ha obrado nuestra salvación, sino que la sabiduría de Jesucristo se valió para nuestro bien de la necedad de otros. Y por eso sigue: «¡Ay de aquel hombre por quien será entregado!».
Orígenes, in Matthaeum, 35
No dijo: ay del hombre que le entregará, sino por quien será entregado, dando a conocer que era otro quien entregaba al Señor, esto es, el diablo, siendo el mismo Judas el ministro de la traición. ¡Ay, pues, de todos los traidores de Cristo! porque quien entrega a los discípulos de Cristo entrega al mismo Jesucristo.
Remigio
¡Ay también de todos los que se acercan a la sagrada mesa con maligna y manchada conciencia! Porque aunque no entreguen al Salvador a los judíos para que lo crucifiquen, lo entregan como alimento a sus inicuos miembros. Y para explicarlo más añade: «Más le valiera a aquel hombre no haber nacido», etc.
San Jerónimo
Pero no debe pensarse que Judas existiese antes de nacer, porque a nadie pudo hacer bien sino a aquel que existe; simplemente se dice que es mucho mejor no vivir que vivir para el mal.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 1,40
Y si alguno arguye que puede demostrar que existe otra vida antes de esta, se le puede demostrar que esto no sólo no conviene a Judas, sino a ningún otro. ¿Acaso no se dice que no le convino nacer para el diablo, es decir, para el pecado?, o también ¿no le hubiera valido más no haber nacido para Cristo por la vocación, evitando así su apostasía?
Orígenes, in Matthaeum, 35
Judas después de las preguntas de los apóstoles, y de las palabras del Salvador que se referían a él, preguntó luego a su vez con intención perversa, a fin de que, al hacer una pregunta parecida a las que hicieron los demás, ocultara su determinación de traicionar al Señor, porque el verdadero arrepentimiento no se detiene; por esto sigue: «Y respondiendo Judas que lo entregó, dijo: ¿Soy yo por ventura, Maestro?»
San Jerónimo
En cual probó su afecto fingido, o dio señal de su incredulidad: también los demás que no habían de entregarle dijeron: ¿Soy yo acaso, Señor? ( Mt 26,22) Pero éste que le había de entregar no le llama Señor, sino Maestro, como si pudiese servirle de excusa negar al Señor y entregar sólo a su Maestro.
Orígenes, in Matthaeum, 35
Y como queriendo subsanar esto mismo le llama Maestro, aun cuando no merecía nombrarle.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, 81,2
Aunque el Señor podía haber dicho: has convenido tomar dinero, y aun te atreves a preguntar. Pero nada de esto dijo el mansísimo Jesús, para designarnos la línea de conducta que debemos observar. Por esto sigue: «Y le dice: Tú lo has dicho».
Remigio
Lo cual puede entenderse de este modo: tú lo dices y dices la verdad; o tú lo has dicho y no yo; con el fin de que aun pudiese hacer penitencia y no descubrir más su iniquidad.
Rábano
También Judas pudo decir esto, y ser respondido por el Señor, sin que los demás advirtieran lo que se había hablado
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