En Evangelio (Jn 14,21-26) de la liturgia de hoy, 4 de mayo, Jesús nos revela algo importantísimo: todo aquel que quiera ser cristiano, tiene que amarle a Él, y este amor pasa por cumplir lo que nos dice, su Palabra.
Y este amor hacia Dios en Cristo, a través de obedecerle, de cumplir lo que nos indica, es más bien o antes, un amor de Dios hacia nosotros: su voluntad es una voluntad amorosa: quiere que hagamos aquello que es nuestro bien, un bien que es posibilitante de que Dios nos habite, santifique y salve.
Es Jesús mismo quien ha persistido como verdad relevante: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras…” (Jn 14,23-24a).
La voluntad de Dios está clara, su Palabra: lean los más mudamientos —la ley y los profetas—, las bienaventuranzas y tantos dichos expresados por Jesús, que van en la dirección de ser y actuar como Dios desea, para que lleguemos a ser lo que Él quiere que seamos: santos, «sed santos como yo soy santo» (Lv 11,45). Y que puede sintetizarse en el amor, en él se cumple la ley y los profetas.
Y es más, para que no olvidemos cuanto Jesús nos ha dicho, enviará al Espíritu santo para que nos lo avive en el corazón: «El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho’’.
Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 21-26:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
Entonces le dijo Judas (no el Iscariote): “Señor, ¿por qué razón a nosotros sí te nos vas a manifestar y al mundo no?” Le respondió Jesús: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.
Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho’’.
San Francisco de Sales, que decía a cerca de en qué consiste amar a Dios: «Algunos se atormentan buscando la manera de amar a Dios. Estas pobres almas no saben que no hay ningún método para amarle fuera de hacer lo que le agrada«.
..ooOoo..
PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO:
(Regina Caeli, 21 de mayo de 2017)
El Evangelio de hoy (cf. Juan 14, 15-21), continuación del domingo pasado, nos lleva a ese momento conmovedor y dramático que es la Última cena de Jesús con sus discípulos. El evangelista Juan recoge de boca y del corazón del Señor sus últimas enseñanzas, antes de la pasión y de la muerte. Jesús promete a sus amigos, en ese momento triste, oscuro, que, después de Él, recibirán «otro Paráclito» (v. 16). Esta palabra significa otro “Abogado”, otro Defensor, otro Consolador: «el Espíritu de la verdad» (v. 17); y añade: «no os dejaré huérfanos: volveré a vosotros» (v. 18). Estas palabras transmiten la alegría de una nueva venida de Cristo: Él, resucitado y glorificado, vive en el Padre y, al mismo tiempo, viene a nosotros en el Espíritu Santo. Y en esta su nueva venida se revela nuestra unión con Él y con el Padre: «comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (v. 20).
Meditando estas palabras de Jesús, nosotros hoy percibimos ser el Pueblo de Dios en comunión con el Padre y con Jesús mediante el Espíritu Santo. En este misterio de comunión, la Iglesia encuentra la fuente inagotable de la propia misión, que se realiza mediante el amor. Jesús dice en el Evangelio de hoy: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (v. 21). Es el amor que nos introduce en el conocimiento de Jesús, gracias a la acción de este “Abogado” que Jesús nos ha enviado, es decir el Espíritu Santo. El amor a Dios y al prójimo es el mandamiento más grande del Evangelio. El Señor hoy nos llama a corresponder generosamente a la llamada evangélica, al amor, poniendo a Dios en el centro de nuestra vida y dedicándonos al servicio de los hermanos, especialmente a los más necesitados de apoyo y consuelo.
Si existe una actitud que nunca es fácil, no se da por descontado tampoco para una comunidad cristiana, es precisamente la de saberse amar, de quererse en el ejemplo del Señor y con su gracia. A veces los contrastes, el orgullo, las envidias, las divisiones dejan la marca también en el rostro bello de la Iglesia. Una comunidad de cristianos debería vivir en la caridad de Cristo, y sin embargo es precisamente allí que el maligno “mete la pata” y nosotros a veces nos dejamos engañar. Y quienes lo pagan son las personas espiritualmente más débiles. Cuántas de ellas —y vosotros conocéis algunas— cuántas de ellas se han alejado porque no se han sentido acogidas, no se han sentido comprendidas, no se han sentido amadas. Cuántas personas se han alejado, por ejemplo de alguna parroquia o comunidad por el ambiente de chismorreos, de celos, de envidias que han encontrado ahí. También para un cristiano saber amar no es nunca un dato adquirido una vez para siempre; cada día se debe empezar de nuevo, se debe ejercitar porque nuestro amor hacia los hermanos y las hermanas que encontramos se haga maduro y purificado por esos límites o pecados que lo hacen parcial, egoísta, estéril e infiel. Cada día se debe aprender el arte de amar. Escuchad esto: cada día se debe aprender el arte de amar, cada día se debe seguir con paciencia la escuela de Cristo, cada día se debe perdonar y mirar a Jesús, y esto, con la ayuda de este “Abogado”, de este Consolador que Jesús nos ha enviado que es el Espíritu Santo.
La Virgen María, perfecta discípula de su Hijo y Señor, nos ayude a ser cada vez más dóciles al Paráclito, al Espíritu de verdad, para aprender cada día a amarnos como Jesús nos ha amado.
…oo0oo…
Catena Aurea
Alcuino.
Por el amor y observancia de sus mandamientos se llevará a cabo lo que se empezó por El, a saber: que El esté en nosotros y nosotros en El. Y para que se comprenda que esta felicidad es asequible a todos y no sólo a los apóstoles, añade: «El que tiene mis mandamientos y los guarda», etc.
San Agustín ut supra.
Quien los tiene presentes en la memoria y los guarda en la vida; quien los tiene en sus palabras, y los practica en sus obras; quien los tiene en sus oídos, y los practica haciendo; quien los tiene obrando y perseverando, «Ese es el que me ama». El amor debe demostrarse con obras, para que su nombre no sea infructuoso.
Teofilacto.
Como diciendo: Vosotros creéis que es signo de amor el contristaros por mi muerte, y yo sólo reputo como signo el observar mis mandatos. Qué ventajas reporta el que ama, lo manifiesta diciendo: «Porque el que me ame a mí, será amado por el Padre, y yo lo amaré».
San Agustín ut supra.
Pero ¿qué es eso de le amaré? ¿Es que al presente no ama? Se explica esta dificultad por lo siguiente: «Y me manifestaré a El», esto es, hasta tal punto lo amaré, que me manifestaré a él, y obtendremos como premio de nuestra fe la visión. Entonces nos amaba hasta concedernos la fe; después hasta darnos la visión. Ahora amamos creyendo lo que veremos, mas entonces amaremos viendo lo que hemos creído.
San Agustín Ad Paulinam de videndo Deo cap. 1.
Prometió que sería visto por sus amadores, como Dios con el Padre, y no a la manera que era visto en la tierra, en cuerpo, y hasta por los malos.
Teofilacto.
O porque después de la resurrección aparecería a ellos en forma corporal que dejase ver mejor la divinidad, y les predice esto para que después no crean que es un simple espíritu o fantasma. Y entonces, viéndolo, no desconfíen, sino que recuerden que se aparece a ellos porque han guardado sus mandamientos. De esta manera quedarían obligados a guardarlos siempre, para que siempre se aparezca a ellos.
San Agustín In Ioannem tract., 76.
Como el Señor había dicho «Todavía un poco, y el mundo no me verá, pero vosotros me veréis» ( Jn 14,19), le interroga acerca de este punto Judas, no el traidor que se denominaba Iscariotes, sino aquel que dejó una epístola entre las Escrituras canónicas. Por eso dice: «Dícele Judas, no el Iscariotes: Señor, ¿por qué te manifestarás a nosotros y no al mundo?». Le pregunta la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no al mundo. Y el Señor le explica la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no a los extraños, a saber: porque lo aman, y aquéllos no. Respondió Jesús y les dijo: «Si alguien me ama, guardará mis palabras», etc.
San Gregorio In Evang. hom 30.
La prueba del amor está en las obras: el amor de Dios nunca es ocioso, porque si es muy intenso obra grandes cosas, y cuando rehuye obrar ya no es amor.
San Agustín ut supra.
El amor aparta del mundo a los santos. Es el único que hace a los concordes habitar en la mansión en que el Padre y el Hijo moran. Ellos dan este amor, a los que concederán por fin su contemplación. Hay cierta manifestación interior de Dios, que los impíos desconocen por completo, porque para éstos no hay manifestación alguna de Dios Padre y Espíritu Santo. La del Hijo pudo existir, pero en carne, que no es tampoco como aquélla, ni pudo ser por mucho tiempo, sino por breve, y esto no para alegría, sino para condenación; no para premio, sino para castigo. Después continúa: «Y vendremos a él». En efecto, vienen a nosotros, si vamos nosotros a ellos; vienen con su auxilio, nosotros con la obediencia; vienen iluminándonos, nosotros contemplándolos; vienen llenándonos de gracias, nosotros recibiéndolas, para que su visión no sea para nosotros algo exterior, sino interno, y el tiempo de su morada en nosotros no transitorio sino eterno. Por eso continúa: «Y habitaremos en él».
San Gregorio ut supra.
Viene en verdad al corazón de algunos, y no hace morada en ellos, porque si bien se vuelven a Dios por la contrición, después, cuando están en la tentación, se olvidan del arrepentimiento y vuelven a sus pecados, como si no los hubieran deplorado. Pero en el corazón del que ama a Dios verdaderamente, Dios desciende y mora: porque de tal manera está penetrado del amor divino, que ni aun en el tiempo de la tentación lo echa en olvido. Verdaderamente ama a Dios aquel que no se deja dominar un momento en su alma por los malos deleites.
San Agustín ut supra.
¿Creerá alguien quizá que porque el Padre y el Hijo habitan en sus escogidos, se excluya al Espíritu Santo? ¿Pues no dice más arriba hablando del Espíritu Santo: «Con vosotros habitará y en vosotros estará»? ( Jn 14,17). ¿O es que hay alguien tan inclinado a lo absurdo que crea que con la venida del Padre y del Hijo, se apartará el Espíritu Santo para ceder el puesto a personas mayores? Mas a este pensamiento natural, responde la Sagrada Escritura, cuando dice: «Para que permanezca eternamente con vosotros» ( Jn 14,16). Tendrá, pues, la misma mansión que el Padre y el Hijo por toda la eternidad. Porque ni el Espíritu Santo viene sin Ellos, ni Ellos sin El. Mas para hacer la separación de la Trinidad, se dicen algunas cosas de cada una de las personas separadamente. Sin embargo, no pueden entenderse excluyendo las otras, por la unidad de sustancia.
San Gregorio ut supra.
Tanto más se aleja uno del amor supremo cuanto más se acerca a las cosas inferiores. Por esta razón dice: «Quien no me ama, no guarda mis palabras». En el amor del Creador deben buscarse, pues, la lengua, el entendimiento y la vida.
Crisóstomo In Ioannem hom., 74.
Pensó acaso Judas que como nosotros vemos los muertos entre sueños, de la misma suerte habrían de verle. Por tanto, pregunta: «¿Cómo es que debes manifestarte a nosotros y no al mundo?». Como diciendo: ¡Ay de nosotros! Que morirás y luego te presentarás como muerto. Para que no incurrieran en este error, dice: «Yo y el Padre vendremos a él». Como diciendo: De la misma manera que el Padre se manifestará, me manifestaré yo. «Y haremos mansión en él», lo cual no es propio de los sueños. «Y la palabra que me habéis oído no es mía, sino de Aquel que me envió», como diciendo: No sólo a mí, sino que tampoco al Padre ama el que no oye mi palabra. Dice esto, porque nada habla fuera del Padre, ni nada que Este desapruebe.
San Agustín ut supra.
Acaso quiso establecer cierta distinción con la palabra al decir «palabras» en plural: «El que no me ama no guarda mis palabras», para que cuando se refiriese a «la palabra» (esto es, el Verbo) que no es de sí misma sino «del Padre que me envió», esto se entendiese de El mismo. Porque El no es Verbo de sí mismo, sino del Padre; así como tampoco es imagen de sí mismo, sino del Padre; ni Hijo de sí mismo, sino del Padre. Por eso atribuye con mucha razón al Autor de todo cuanto hace igualmente, porque de El le viene el serle igual en todo.
Crisóstomo ut supra.
Habiéndoles dicho algunas cosas de las cuales unas eran inteligibles y otras no entendieron, para que no se turbasen, prosigue: «Os he hablado estas cosas mientras vivo con vosotros».
San Agustín In Ioannem tract., 77.
La convivencia que les promete para lo futuro es distinta de aquella que al presente les concede. La primera es espiritual y radica en lo interior; ésta corporal y susceptible de manifestarse a lo exterior por los ojos y los oídos.
Crisóstomo In Ioannem hom., 74.
Los prepara para que pueda hacérseles más llevadera su ausencia corporal, prometiéndoles que ésta será origen y fuente de grandes bienes para ellos. Porque mientras El no se ausentase y no viniese el Espíritu Santo, nada grande podían saber. Sigue por ende: «El Espíritu Santo Paráclito que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas e inspirará lo que yo os dijere».
San Gregorio In Evang hom. 30.
La palabra griega paraklhto( 1 quiere decir abogado y consolador. Y se llama abogado, porque se interpone entre nuestras culpas y la justicia del Padre, haciendo que aquellos que de su inspiración se llenan, se conviertan en penitentes. Y se llama consolador el mismo Espíritu, porque libra de la aflicción el alma de aquellos que, habiendo merecido el perdón de sus pecados, los prepara con esa esperanza.
Crisóstomo ut supra.
Constantemente le llama Paráclito, porque alivia sus aflicciones.
Dídimo De Spiritu sancto.
El Salvador afirma que el Espíritu Santo será enviado por el Padre en su nombre, siendo propiamente el nombre de Salvador el del Hijo. De este modo se significa con esta palabra la unidad de naturaleza, y la propiedad (si es lícito expresarse así) de las personas. El venir en nombre del Padre, es sólo propio del Hijo, salvadas las relaciones entre el Padre y el Hijo, y ninguno otro viene en el nombre del Padre, sino, por ejemplo, en el nombre del Señor, Dios Todopoderoso. Como los siervos que vienen en el nombre del Señor, por lo mismo que están sometidos y sirven, testimonian al Señor (siendo siervos del Señor), así también el Hijo, que viene en el nombre del Padre, lleva su nombre, porque así se prueba como tal Hijo Unigénito. Y como el Espíritu Santo se envía en el nombre del Hijo, se demuestra la unidad en que está con el Hijo: de donde también se dice Espíritu del Hijo por su adopción, haciendo hijos a aquellos que habían querido recibirle. Mas este Espíritu Santo, que viene en el nombre del Hijo enviado por el Padre, enseñará todas las cosas a los que han sido perfeccionados en el nombre de Cristo, en cuanto aquéllas corresponden a lo espiritual y a los sacramentos intelectuales de la verdad y de la sabiduría. Mas enseñará, no como se aprenden ciertas artes y la ciencia con esfuerzo y diligencia, sino como corresponde a aquel arte que es a la vez doctrina y sabiduría, inspirando invisiblemente el Espíritu de la verdad la ciencia de lo divino en el entendimiento.
San Gregorio ut supra.
Ociosa será la enseñanza del doctor si el Espíritu Santo no asiste al corazón del que oye, y así nadie adjudique al maestro lo que oye de sus labios. Porque si en su interior no está el que enseña, la lengua del doctor trabaja en vano para expresarse. Ni aun el mismo Creador habla al hombre para su enseñanza, si no hace preceder al Espíritu Santo por la unción. ¿Acaso es que el Hijo habla y el Espíritu Santo enseña, de tal suerte, que al hablar el Hijo sigamos la doctrina y la entendamos por el auxilio del Espíritu Santo? Luego toda la Trinidad dice y enseña; pero la débil inteligencia humana no puede comprender sus operaciones, sino atribuyéndolas separadamente a las personas.
San Gregorio ut supra.
Debemos inquirir por qué se dice del mismo Espíritu Santo: «Os sugerirá todas las cosas», siendo oficio de inferior el sugerir. Pero como también por sugerir entendemos algunas veces el hecho de suministrar, decimos que el Espíritu invisible sugiere, no porque inspire en nosotros la ciencia de lo profundo, sino la de lo oculto.
San Agustín ut supra.
Sugerirá (esto es, nos traerá a la memoria) y aun debemos entender que se nos manda no olvidar, que los salubérrimos preceptos que Cristo nos conmemoró, pertenecen a la gracia.
Teofilacto.
En efecto, el Espíritu Santo, no sólo enseñó, sino que también recordó. Enseñó todo aquello que Cristo no había enseñado por superar a nuestras fuerzas, y recordó todas las cosas que el Señor había dicho, y que ya sea por su oscuridad, ya sea por la torpeza de ellos, no habían podido conservar en la memoria.
Crisóstomo ut supra.
Mas como ellos al oír esto se turbaban pensando que después de su ausencia les amenazaban rencores y luchas, los consuela de nuevo diciendo: «La paz os dejo, os doy mi paz».
San Agustín ut supra.
Nos deja la paz en este mundo, con cuya ayuda vencemos al enemigo, y para que también aquí nos amemos mutuamente. Nos dará su paz en la vida futura, cuando reinaremos sin enemigos, y donde nunca podremos disentir entre nosotros. Y El mismo es nuestra paz, ahora que creemos que es y cuando le veamos tal cual es. Mas ¿por qué, cuando dice «La paz os dejo», no añade mía, y sí, cuando dice: Os doy? ¿Acaso habrá que sobreentender mía donde no se dijo? ¿O es que hay aquí algún sentido oculto? Quiso significar por su paz aquella que El tiene, y porque la paz que nos dejó en este mundo más bien puede llamarse nuestra que de El. Nada hay que esté en lucha con El, porque está completamente exento de pecado, y nosotros, en cambio, tenemos la paz que es compatible con el estado en que tenemos que decir: Perdónanos nuestras deudas ( Mt 6,12). Pero también hay paz entre nosotros, porque sabemos del mutuo amor que nos tenemos. Pero ni aun esta paz es completa, porque no vemos mutuamente los pensamientos de nuestros corazones. Tampoco se me oculta que estas palabras del Señor pueden considerarse como repetición de un mismo pensamiento. Y al proseguir el Señor: «No os la doy yo como la da el mundo», ¿qué otra cosa es esto sino no como la dan los hombres que aman al mundo? Estos se conceden la paz a fin de gozar del mundo sin molestias; y cuando conceden la paz a los justos, de tal manera que dejan de perseguirlos, la paz no puede ser verdadera donde no hay verdadera concordia, porque sus corazones están muy separados.
Crisóstomo ut supra.
La paz exterior sirve muchas veces para el mal, y no aprovecha de nada a los que la tienen.
San Agustín De verb. Dom. serm., 59.
Porque es la paz serenidad en el entendimiento, tranquilidad de ánimo, sencillez de corazón, vínculo de amor y consorcio de caridad, sin que pueda llegar a la heredad del Señor quien no quisiere observar el testamento de la paz, ni puede estar conforme con Cristo el que no lo esté con el cristiano.
Notas
- En griego, paraklhtoV , el que ayuda consolando, exhortando, mediando. También significa abogado, particularmente el que aboga ante Dios.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

