Cómo espantajo de melonar, no hablan (los ídolos), (Jer 10,5).
***** —…Señor —dije—, en la rama de aquel árbol hay un cuervo; comprendo que tu majestad no puede rebajarse hasta mí. Pero yo necesito un signo. Cuando termine mi oración, ordena a este cuervo que emprenda el vuelo. Esto será como una indicación de que no estoy completamente solo en el mundo… Y observé al pájaro. Pero siguió inmóvil sobre la rama. Entonces me incline de nuevo ante la piedra. —Señor —dije—, tienes razón. Tu majestad no puede ponerse a mis órdenes. Si el cuervo hubiera emprendido el vuelo, yo ahora me sentiría más triste aún. Porque este signo lo hubiera recibido de alguien igual a mí, es decir, de mí mismo; sería el reflejo de mis deseos. Y de nuevo no hubiera encontrado sino mi propia soledad. Me prosterné y me volví. Pero en aquel preciso instante mi desesperación se transformó en una inesperada alegría…. (Antoine de Saint-Exupéry). *****
Hacer de Dios un ídolo es un peligro en el que es muy fácil caer. Las cosas se nos convierten en absolutos ante la negación del Absoluto. Si piensas a Dios, fabricas tu ídolo, vistes bien el muñeco, resulta atractivo,… Lo das a conocer, impartes doctrina,… Y si hay quien asiente, te da la razón, se adhiere, te sigue,… Toda imagen, toda forma representante de Dios debe desvanecerse. «Dios es siempre mayor», decían los teólogos medievales. Los ídolos acaban volviéndose contra sus progenitores. Idolatría supone confiarse en aquello que se ve, se domina controla, creer en Dios en confiar, tener fe, entregarse a Él. Para que esto no suceda, pues, creamos ídolos, para creer en ellos: es decir, que no nos produzcan el miedo que supone confiar. Un muñeco de barro, entonces, en este sentido, es muy tranquilizador. Hay que admitir estar balanceados en la fe, en la confianza de lo Inasible. Así ha de ser: en esa exposición a la incertidumbre de manera radica, absoluta y total es donde se fragua la verdad de nuestra fe: fe que vive y se sostiene únicamente del amor. Cualquier movimiento que vaya más allá de esta aptitud nuestra respecto a Dios, desvirtúa toda posibilidad y nos distancia de Él. Aunque pensemos que estamos cerca, nos autoengañamos lamentablemente; estamos tan expuestos a la fragilidad… Es imposible que Dios no nos desconcierte cada vez más, hasta que lo veamos cara a cara. Su voluntad, sus pensamientos, lo que quiere para nosotros, sus caminos, sus tiempos… son tan dimensionados con arreglo a los nuestros. Dios es inagotable y jamás del todo conocido, por lo tanto aceptemos no comprenderlo -aprehenderlo- de todo. Los santos son gente que un buen día aceptaron estar siempre desconcertados: esto llegó a ser su pan de cada día. «Idolatría significa propiamente “adorar lo que se ve». (…) todos los hombres somos idólatras, que esa es nuestra mala raíz más profunda. (…) Tendemos imparablemente a adorar lo que se ve y esta es una de las profundas raíces de nuestra inhumanidad: adoramos el dinero, nos adoramos a nosotros mismos, adoramos el sexo o el partido, o la patria, o nuestra idea de revolución, o al papa o a una imagen de María.(…) Aprender a no adorar nada de lo que se ve, sin dejar por eso de amarlo, es uno de los más difíciles aprendizajes humanos.»[1]
————————– [1] GONZALEZ FAUS, J. I.: «Acceso a Jesús», Sígueme, Salamanca, 1983, p.161. ACTUALIDAD CATÓLICA |
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