Firmes en la fe

Siempre se está en la tentación de echar agua al vino, cuando el vino resulta fuerte para el paladar y la garganta.

Hay algunos pasajes de los Evangelios, como este de san Juan (6,60-69)[1], en el que algunos los seguidores de Jesús, ante las exigencias que plantea el vivir el Reinado que el Señor predica, se echan atrás y se marchan, dejándole de seguir, abandonan su fe:

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Jesús no dijo esperad que tengo un plan menos exigente, os puedo predicar un Reino más a la medida de vuestros deseo…, venid, volved, no os valláis…

Algo de esto se pretende hoy día cuando muchos cristianos -consagrados que están incluso a la cabeza de muchos fieles- que la Iglesia de un giro en su doctrina a la haga a la medida del mundo para que sea mayormente aceptada.

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[1] Leído en la misa del día 22 de agosto de 2021.

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