Eucaristía, presencia real y alimento de vida eterna

 

“En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53).

Ante la Eucaristía uno presiente —y así lo es— que se lo juega todo. Es como la raya que separa la luz de la sombra. La decisión que tomemos ante ella, nos hará caer de un lado o de otro: de la vida o de la muerte. Ante ella se dilucida nuestro destino. Se requiere la inocencia de un niño o la fe de un santo.

Elizabeth Anscombe, discípula predilecta de Wittgenstein y católica convencida, dejó escrita esta anécdota real:  “Conocí a un niño de casi tres años y que sólo entonces empezaba a hablar, que estaba en el espacio libre al fondo de la iglesia mientras la madre iba a comulgar. ¿Está Él dentro de ti?, preguntó el niño al volver su madre. Sí, contestó, y para su asombro el niño se postró ante ella. Puedo dar testimonio de esto, porque lo vi suceder.”


Todos los santos, sin excepción, han centrado su vida en Cristo vivo, presente en la Eucaristía. Su fe en la presencia real era tan fuerte que se pasaban horas y horas, acompañando, amando, adorando a Jesús sacramentado.
Algunos tenían el don de la hierognosis, es decir, de poder distinguir los objetos bendecidos por un sacerdote de los que no están y, especialmente, reconocer la hostia consagrada de la que no lo está. En esto destacó admirablemente la religiosa agustina Ana Catalina Emmerick. Le hicieron varias pruebas, llevándole hostias sin consagrar e inmediatamente se daba cuenta. Algo parecido le pasó a San Alfonso Mª de Ligorio. Estaba gravemente enfermo y le trajeron la comunión. Pero, tan pronto como recibió la hostia, empezó a gritar: ¡”Qué me han hecho, me han traído una hostia sin Jesús, una hostia sin consagrar”. Hicieron las averiguaciones del caso y resultó que el sacerdote que había celebrado la misa aquella mañana, se había olvidado de la consagración durante la misa.

Algunos santos tenían también la gracia de ver a Jesús en la Hostia. Sta. Catalina de Siena vio un día a Jesús en las manos del sacerdote y la hostia le pareció como una hoguera brillante de amor. Sta. Teresa de Jesús asegura “un día, oyendo misa, vi al Señor glorificado en la hostia” (CC 14). “Muchas veces quiere el Señor que le vea en la hostia” (V. 38, 19).

Otros santos han permanecido sin ingerir alimento alguno durante muchos años, “alimentándose” tan sólo con la pequeña Hostia Santa. Este fenómeno extraordinario se llama inedia (ayuno absoluto). Entre estos santos  están: Sta. Angela de Foligno (siglo XIV), 12 años; Sta. Catalina de Siena (XIV), 7 años; la Bta. Elizabet de Reute (XV), 15 años; Sta. Lidwina (XIV), 28 años; S. Nicolás de Flue (XV), 20 años; Sta Catalina de Raconixio (XVI), 10 años; Sta. Anna Katharina Emmerick (XVIII-XIX), Domenica Lazzali (XIX); Luisa Lateau (XIX), 13 años; Luisa Piccarreta, (XIX-XX), 62 años; Marta Robin (XX), 52 años; Teresa Neumann (XX), 35 años;  11 años;  Beata Alesandrina Maria da Costa (XX), 13 años.

 

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