Hoy, 23 de mayo, en la liturgia de la misa se lee el evangelio (Jn 15,12-17) en que Jesús nos expresa enfáticamente su voluntad de que —ante todo— amemos. Cuando a Jesús le quedaba poco de estar con sus discípulos, en la ultima cena, les encomendó el mandato del amor: “Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. 4Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros.” (Jn 13,33ª-34).
Lectura del santo evangelio según san Juan (15,12-17):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».
El amor es el que sostiene nuestra vida, la cual surgió de la Vida, que existía desde el principio (Cf. 1 Jn 1,1-2), por puro amor; pues como revela la Escritura: «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Él vive en sí mismo la plenitud de la comunión como Trinidad, y rebosa este amor sobre sus criaturas. A cuantos le acogen, les da el poder de convertirse en hijos suyos (cf. Jn 1, 12; 1 Jn 3, 1), haciéndonos capaces de amar con su amor, que fluye por nuestras venas del alma. «Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.» (1 Jn 4 ,7-8).
Jesucristo pone especial empeño en que nos conduzcamos según su voluntad que no es otra que la de que amemos. En la medida que amamos, según él, «como Yo os he amado». Le amamos, pues en el amor se manifiesta la vida y a su vez cumplimos su voluntad, en la cual se plasma en amor que le tenemos.
Jesús insiste en el término permanecer, permanecer en Él, en su amor. En la media que amamos estando en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, en esa misma medida somos capaces de amar y amamos a Dios. El permanecer aparece por Tres veces nos dice hoy Jesús en el Evangelio: “permaneced en mi amor”. El evangelista utiliza la forma imperativa, por lo que no es un consejo, sino una orden. Es una exigencia para que tengamos vida en la Vida. En un versículo anterior Jesús había dicho: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.» (Jn 15,5). Aquí se comprende en su justa dimensión lo que supone permanecer en comunión con Jesús; de tal forma que si no hay esta íntima unión, amistad, la Vida —la gracia— que debería correr por nuestras «venas» no producirá fruto, como la savia por los sarmientos; de no ser así la vida languidece y se seca. “Os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.
La relación de amistad es un compartir intimidad, conocerse profundamente, con amor, comparte la intimidad, lo más profundo de nuestro ser: “Os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” . Y una amistad, que como tal, que implica estar dispuesto a hacer lo que el amigo pida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.” “Lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo de”. Y la amistad de la que Jesús llega al extremo de hacer por el amigo cuanto sea preciso, incluso hasta dar la vida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
A su vez este amor pone de manifiesto su origen, testifica: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros».
Esto es serio. Jesús insiste machaconamente en que amemos según Él. Este mandamiento ha salido de la mismísima Trinidad: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo».
Esto dijo Jesucristo de forma concluyente: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama«, «El que me ama guardará mi palabra (…). El que no me ama no guardará mis palabras«. (Jn 14,21ss).
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Palabras del papa Juan Pablo II
(Audiencia, 15 de enero de 1992)
La Iglesia, misterio de comunión fundada en el amor
Para la realización de esta comunión de los hombres en Cristo, querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia esencial el mandamiento que Jesús mismos define «el mandamiento mío» (Jn 15, 12). Lo llama «un mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12).
El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Pero Jesús lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un significado nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen. «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13, 35). Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: «Como yo os he amado», dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como «la vid», que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus «sarmientos»: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). De allí la observación: «Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia-comunión, la Iglesia-comunidad de amor, la Iglesia-misterio de amor.
Los miembros de esta comunidad aman a Cristo y, en él, se aman recíprocamente. Pero se trata de un amor que, derivando de aquel con que Jesús mismo los ha amado, se remonta a la fuente del amor de Cristo hombre-Dios, a saber, la comunión trinitaria. De esa comunión recibe toda su naturaleza, su característica sobrenatural, y a ella tiende como a su propia realización definitiva. Este misterio de comunión trinitaria, cristológica y eclesial, aflora en el texto de san Juan que reproduce la oración sacerdotal del Redentor en la última Cena. Esa tarde, Jesús dijo al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21). «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23).
En esa oración final, Jesús trazaba el cuadro completo de las relaciones interhumanas y eclesiales, que tenían su origen en él y en la Trinidad, y proponía a los discípulos, y a todos nosotros, el modelo supremo de esa «communio» que debe llegar a ser la Iglesia en virtud de su origen divino; él mismo, en su íntima comunión con el Padre en la vida trinitaria. Jesús en su mismo amor hacia nosotros mostraba la medida del mandamiento que dejaba a los discípulos, como había dicho en otra ocasión: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). Lo había dicho en el sermón de la montaña, cuando recomendó amar a los enemigos: «Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 44-45). En otras muchas ocasiones, y especialmente durante su pasión, Jesús confirmó que este amor perfecto del Padre era también su amor: el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el extremo.
Este amor que Jesús enseña a sus seguidores, como reproducción de su mismo amor, en la oración sacerdotal se refiere claramente al modelo de la Trinidad. «Que ellos también sean uno en nosotros», dice Jesús, «para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Subraya que éste es el amor con que «me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24).
Y precisamente este amor, en el que se funda y edifica la Iglesia como «communio» de los creyentes en Cristo, es la condición de su misión salvífica: que sean uno como nosotros ―pide al Padre―, para que «el mundo conozca que tú me has enviado» (Jn 17, 23). Es la esencia del apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la verdad del amor de Cristo y de Dios, atestiguado, hecho visible y practicado por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía. En la Eucaristía la Iglesia, en cierto sentido, renace y se renueva continuamente como la «communio» que Cristo trajo al mundo, realizando así el designio eterno del Padre (cf. Ef 1, 3-10). De manera especial en la Eucaristía y por la Eucaristía la Iglesia encierra en sí el germen de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe en los cielos y de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo (cf. Ef 1, 10): una comunión realmente universal y eterna.
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Catena Aurea
Teofilacto.
Como había dicho «Si guardáis mis mandamientos», explica cuáles sean éstos, diciendo: «Amaos los unos a los otros», etc.
San Gregorio In Evang hom. 27.
Estando todas las palabras del Señor llenas de preceptos, ¿por qué hace del amor como un especial mandato, sino porque en el amor radica todo mandato? ¿No pueden todos los preceptos reducirse a uno, supuesto que todos se basan en la caridad? Porque así como de un solo tronco nacen muchas ramas, así también muchas virtudes se derivan de la caridad. Y no tiene lozanía la rama de las buenas obras, si no está en el tronco de la caridad. Los preceptos del Señor son muchos, en cuanto a la diversidad de las obras, pero se unifican todos en su tronco, que es la caridad.
San Agustín In Ioannem tract., 83.
Donde la caridad está, ¿qué es lo que puede faltar? En donde ella no existe, ¿qué puede haber de provecho? Pero este amor debe distinguirse del que los hombres se profesan como hombres. Por eso dice: «Como yo os he amado». ¿Para qué nos amó Cristo, sino para que pudiésemos reinar con El? Amémonos mutuamente también con este designio, distinguiendo nuestro amor del de aquellos que no se aman para que Dios sea amado. Estos no se aman verdaderamente, y, al contrario, aquellos se aman con verdad, cuyo amor busca el amor de Dios.
San Gregorio ut supra.
La prueba de la verdadera caridad consiste principalmente en que se ame hasta a los enemigos, porque la Verdad padeció hasta el suplicio de la cruz. Aun allí profesó amor a sus perseguidores, diciendo ( Lc 23,34): «Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen»; llegando al colmo este amor cuando añade: «Nadie tiene mayor amor que éste, que es poner su vida por sus amigos», para enseñarnos que no sólo puede convertirse en provecho nuestro la saña de nuestros enemigos, sino también que éstos deben reputarse como amigos.
San Agustín In Ioannem tract., 84.
Como antes había dicho «Este es mi precepto, que os améis mutuamente como yo os he amado», es lógico lo que el mismo San Juan dice en una epístola: «Así como Cristo puso su vida por nosotros, así nosotros debemos ponerla por nuestros hermanos» ( 1Jn 3,16). Esto hicieron los mártires con ferviente amor, y por esto no los conmemoramos en el altar para pedir por ellos, sino para que ellos pidan por nosotros, a fin de que sigamos sus huellas. Y al presentarse de tal suerte a sus hermanos, no hicieron otra cosa que manifestar las gracias que habían recibido en el altar.
San Gregorio ut supra.
¿Quién no dará a su hermano la túnica en tiempo de paz, debiendo dar la vida por él durante la persecución? Nútrase en los tiempos de bonanza la virtud de la caridad, por medio de la misericordia, para que sea invencible en la borrasca.
San Agustín De Trin. lib. 88.
Con un mismo amor amamos a Dios y a los hombres, pero a Dios por Dios, a nosotros y al prójimo por Dios. Y siendo los dos preceptos de la caridad en los que toda la ley está contenida (el amor de Dios y el del prójimo), no sin fundamento suele poner la Escritura, en muchos lugares, el uno por el otro. Porque es lógico que el que ama a Dios haga lo que Dios manda, y así ame al prójimo porque Dios lo manda. Por esto continúa: «Vosotros seréis amigos míos, si hacéis lo que os mando».
San Gregorio Moralium 27, 12
El amigo es como el guardián del alma, y por tal razón se llama amigo de Dios el que cumple su voluntad guardando los preceptos.
San Agustín In Ioannem tract., 80.
¡Gran dignación! No pudiendo ser bueno un siervo que no cumpliere los preceptos de su señor, aquí da a conocer con el nombre de amigos a los que se hicieren dignos de ser buenos siervos. Porque puede ser siervo y amigo el que es siervo bueno. En qué sentido debamos tomar que es siervo y buen amigo el que es siervo bueno, lo explica cuando dice: «Yo no os llamaré siervos, porque el siervo ignora lo que hace su señor». ¿Es que ya no seremos siervos cuando seamos siervos buenos? ¿Acaso el señor no confía sus secretos al siervo bueno y probado? Es que, así como hay dos temores, hay también dos servidumbres: hay un temor que el amor perfecto expele fuera, y con el cual sale juntamente la servidumbre, y hay otro más honesto que permanece eternamente. A la primera servidumbre se refería el Señor diciendo: Ya no os diré siervos; «no os llamaré en adelante siervos sino amigos porque el siervo ignora», etc. No habla de aquel siervo temeroso y honesto de quien dice San Mateo: «Alégrate, siervo bueno; entra en el gozo de tu señor» ( Mt 25,21); sino de aquel, dominado de temor servil, del que dice San Juan en otro lugar: «El esclavo no permanece siempre en la casa, pero el hijo sí» ( Jn 8,35). Porque si nos dio libertad para hacernos hijos de Dios, seamos hijos, no esclavos, para que de un modo admirable los que somos siervos podamos dejar de serlo. Y para conseguirlo confesaréis que es Dios quien lo hace. Esto es lo que ignora aquel siervo que no confiesa que lo hace su Señor, y que cuando hace algo bueno, así se enorgullece como si fuera obra suya y no de su Señor, y se atribuye la gloria a sí mismo, y no a Dios. Y sigue: «A vosotros llamé amigos, porque os he manifestado todo lo que oí de mi Padre».
Teofilacto.
Como si dijera: El siervo desconoce los designios de su señor, pero a vosotros, a quienes trato como amigos, os he comunicado mis secretos.
San Agustín In Ioannem tract., 85.
¿Cómo se ha de entender que manifestó a sus discípulos todo lo que oyó de su Padre? Callándose todo aquello que sabía que sus discípulos no podían comprender, pero descubriéndoles todo lo que cabe en la plenitud de ciencia, de la que dice el Apóstol a los de Corinto: «Entonces conoceré como soy conocido» ( 1Cor 13,12). Porque así como esperamos la inmortalidad del cuerpo, así también debemos esperar el conocimiento futuro de todo lo que el Unigénito oyó del Padre.
San Gregorio In Evang hom 27.
O que todo lo que oyó de su Padre y quiso revelar a sus siervos, son los gozos de la caridad interior y las fiestas de la patria celestial que diariamente presienten las almas en sus transportes de amor, pues cuando amamos lo que se nos dice del cielo, conocemos ya lo que amamos, porque el conocimiento es el amor. Todo, pues, se lo había revelado a los Apóstoles, porque desasidos de los deseos terrenos, ardían en llamas de amor divino.
Crisóstomo In Ioannem hom., 76.
En fin, les dice todo lo que les convenía saber, diciendo que manifiesta lo que ya da a entender: que no habla de nada que no sea del Padre.
San Gregorio ut supra.
Pero todo aquel que tenga el honor de ser llamado amigo de Dios, no atribuya a méritos propios la dignidad que siente en sí. Por esto dice: «No sois vosotros quienes me elegisteis, sino que yo os elegí».
San Agustín In Ioannem tract., 86.
¡He aquí una gracia inefable! ¿Qué éramos cuando aún no éramos cristianos, sino unos perversos y perdidos? Pues ni aun habíamos creído en El para que nos eligiese; porque si eligió a los creyentes, El los hizo creyentes para elegirlos. No tiene aquí lugar aquella vana argumentación de que Dios nos eligió antes de la creación, porque previó, no que El nos haría buenos, sino que nosotros lo seríamos por nosotros mismos. Y ciertamente que si Dios nos hubiera elegido porque previó que seríamos buenos, también habría previsto entonces que nosotros lo habíamos de elegir primero a El. Porque ésta es la única manera en que podemos ser buenos, a no ser que sea llamado bueno el que no elige lo bueno. ¿Qué es, pues, lo que eligió de entre aquello que no era bueno? No basta que digas: «fui elegido porque ya creía», porque si creías en El ya lo habías elegido. Ni tampoco digas, «antes de creer ya obraba bien, y por eso fui elegido», porque ¿qué obra puede ser buena antes de tener fe? ¿Qué hemos de decir, pues, sino que éramos malos, y fuimos elegidos para que fuésemos buenos por gracia del que nos eligió?
San Agustín De praedest Sanct cap. 17.
Han sido, pues, elegidos antes de la creación, por el acto de predestinación que Dios previó que ejecutaría más adelante, aquellos que fueron llamados del mundo por aquella vocación que Dios predestinó y cumplió. Porque a aquellos que predestinó, a aquellos llamó ( Rm 8,30).
San Agustín In Ioannem tract., 83.
Y ved cómo no es que elegía a los buenos, sino que a los que eligió hizo buenos. Y continúa: «Y os puse para que vayáis y recojáis el fruto» ( Jn 15,5). Y éste es el fruto de que ya había dicho: «Sin mí nada podéis hacer». El mismo es el camino en que nos puso para que vayamos.
San Gregorio ut supra.
Yo os puse, (a saber, en gracia), planté para que vayáis (queriendo, porque el querer es el marchar del alma), y recojáis el fruto trabajando. Cuál es el fruto que deban llevar, lo indica cuando añade: «Y vuestro fruto permanezca». Porque todo lo que trabajamos en este siglo, apenas dura hasta la muerte, y llegando ésta, corta el fruto de nuestro trabajo. Pero lo que se hace por la vida eterna, aun después de la muerte dura, y entonces empieza a aparecer, cuando ya dejan de verse las obras de la carne. Produzcamos, pues, tales frutos, que permanezcan, y que la muerte, que todo lo acaba, sea el principio de su duración.
San Agustín ut supra.
Nuestro fruto es el amor que ahora vive en el deseo, pero no en la satisfacción; y por este mismo deseo nos dará el Padre cuando pidiéremos en nombre de su Hijo Unigénito, por lo que sigue: «Y cuanto pidiereis al Padre en mi nombre». Nosotros pedimos en nombre del Salvador esto que pertenece al orden de la salvación.

