
No es ya por la tan traída y llevada pandemia de Coronavirus, que será pasajera -seguro- y que aunque muchos digan que nada va a ser igual, etc., no, no es precisamente por esto por lo que los males por los que transita la sociedad humana han quedado expuestos y evidenciados, sino por la aceleración en el devenir de esos males y la acentuación de su gravedad.
- La antropología subsistente: la pérdida de conciencia, de naturaleza propiamente humana, de su concepción.
- La desaparición de las especies y de los enormes flujos migratorios, resultado del calentamiento climático.
- Las corrientes generadas por grupos de poder, centralizadas en las siglas LGTBI.
- La influencia de las ONGs y asociaciones y colectivos subvencionados, que desde su posición activista de vanguardia acentúan los conflictos manipulándolos.
- La financiación de capitales privados a organizaciones de poder político-administrativo-judicial donde se legisla y dilucidan tantas tomas de posición sobre temas de calado: como el aborto, la eutanasia, etc.
- Las restricciones sobre la libertad religiosa y la promoción de un ayuntamiento religioso global.
- Las restricciones de la libertad en los medios de comunicación de masas, especialmente en Internet.
- Las restricciones de la libertad individual, a favor de los estados, valiéndose cada vez más de la tecnología que posibilita el control de la población.
- El insuficiente trabajo para todos. Entre los robots, la mano de obra barata y abundante de la China, la India y demás países asiáticos, que son capaces de producir para todo el mundo, el resto de la humanidad quedará sin trabajo (a no ser que se repartan las pocas horas insustituibles que les quedarán), lo que va a crear unas tensiones tremendas.
Es obvio, pues, el momento de fragilidad en todos los órdenes en que se encuentra la historia humana. Se atisba no ya el fin de una civilización, sino de la propia humanidad.
El último acontecimiento es paradigmático: Fruto de esta situación tensionada en que se encuentra el mundo, son los conflictos desatados en EE.UU. Las protestas y disturbios por la muerte del hombre de color George Floyd están siendo mucho más sonadas que las que desataron casos similares en Baltimore (2015) o Ferguson (2014). Analistas de distintos medios estadounidenses se preguntan qué ha cambiado desde entonces.
Hay una sobreactuación en todo esto. No existe un «racismo sistémico»; el racismo tradicional en los Estados Unidos es muy raro hoy en día; la policía estadounidense no se dedique a la “caza del hombre negro”; la inmensa mayoría de los jóvenes negros asesinados lo son por otros jóvenes negros. ¿Por qué, pues, esta eclosión desproporcionada?
Tal vez sea un intento por derrocar o al menos hacerle perder las próximas elecciones al último dirigente cristiano de Occidente, que no se doblega ante el Nuevo Orden Mundial, y también el asalto a la democracia por un marxismo cultural, por una izquierda beligerante y por un NOM que oculta tantas cosas en un único poder.
El oportunismo del Black lives matter demuestra que el luctuoso asesinato de Floyd no es más que una excusa para que suceda lo inimaginable.
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