Epifanía del Señor, día de Reyes

Este es el día en que el Rey de reyes, el Señor de señores, ha tenido a bien manifestarse a los más representativos de los diferentes lugares de la Tierra, para anunciar que se ha tomado la condición humana, para salvar a toda la Humanidad. Su pueblo no es un pueblo concreto, ni una raza, ni un reducido número de personas elegidas o de tal o cual condición; Él ha venido para traer la luz a todo el mundo, para que no perezca en las tinieblas.

Esto es lo que significa epifanía, del griego «epiphaneia»: aparición, manifestación o fenómeno. A lo largo de su paso por la Tierra, hubo tres momentos en que se dieron propiamente estas epifanía, en las que Jesús revelaba lo que era o mejor dicho quién era. Estos tres momentos fueron: el primero, este de Reyes; el segundo, el segundo, en el Bautismo en el Jordán, cuando el cielo anuncia, que Jesús es el Hijo amado de Dios Padre, y el tercero, en las Bodas de Canaa, donde Jesús da inicio a su anunció de Buena Nueva del Reino, del Él es el portador, como el Mesías prometido.

 En esta manifestación en que se comunica a los reyes interpretadores del lenguaje de las estrellas de entonces, a través de las que el Cielo se sirve para hacerse saber el nacimiento del Hijo de Dios, y que se desplacen a rendirle el culto debido. A esta adoración se ya habían unido otros personajes más humildes, los pastores, que curiosamente y en contraste con aquellos, que estarían en la cumbre social, estos eran los de más baja condición, los más humildes. Estos les precedieron. A ellos, el Cielo, por medio del lenguaje más directo, el de los ángeles, fueron avisados el magno acontecimiento. Parece como si Dios hubiera preferido a estos, los más pequeños, para que vieran su Luz en medio de la noche, y le adoraran.

A san José, el Cielo le comunicaba su voluntad a través de sueños. A nosotros, hoy, Dios se nos manifiesta a través del corazón, donde su Espíritu Santo nos ilumina y comunica el amor que da vida, para que no nos perdamos en la oscuridad de un mundo en tinieblas.

Amén de revelaciones extraordinarias, que puntualmente se dan y que en algún momento de manera nítida todos hemos tenido alguna en que hemos místicamente percibido esa epifanía especialísima (y que en muchas ocasiones no se la ha prestado la debida atención ni se la acogida según Él que comunicaba quería), lo cierto es que Dios habla y habla -manifiesta discretamente- su voluntad sobre nosotros. ¡Ay, si supieras escucharlo! Cuando Dios se comunica, las sorpresas emocionantes embargan el ser de la persona que la percibe. Dios es una epifanía constante. Nuestro Dios es un Dios de sorpresas, como lo fue para aquellos Reyes Magos, que lo encontraron echado en un pesebre, y aquellos pastorcillos, que jamás se lo hubieran imaginado que ellos…

Estad atentos a cuando Dios se nos revela y manifiesta, pues sus «epifanías» solo pueden acabar en adoración, es decir, en un asentimiento de gratitud inolvidable.  

 

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