
Imagínense el espectáculo singular: tres señores personajes (reyes) ricamente engalanados, con sirvientes y cabalgata, etc., asomándose a la puertucha de un establo e inclinándose rodilla en tierra ante una criaturita insignificante acunada en un pesebre de caballerías. ¡Imagínense, se puede, la escena! Lo de Dios es increíble; pero así es, para asombro de todos —los que creemos y los que no—.
Dios es digno de que se le crea, porque estas cosas solo se le pueden ocurrir a Él.
¿Y la Virgen y José? ¡Alucinando en colores! Todo aquello les rebasaba, seguro que sí. Tan solo hace unos meses la Virgen, una jovencita de pueblo, en una recóndita aldea, cómo podría imaginar semejante cambio en su vida… y las peripecias vitales que le quedaban por delante.
De ahí que los Evangelios digan con todo acierto que María guardaba todo eso meditando en su corazón. Solo cabe el silencio ante el asombro, la mudez cuando no hay palabras, el respeto asintiente ante lo sagrado, ante presencia de Dios y su acción. Ella estaba en sus manos, se había confiado a Él al decir —aun sin saber lo que iba a suceder realmente— «sí, hágase…». Y la aventura iba a ser increíble. Pero se había aventurado bien (para todos), la Bienaventurada.
Los Reyes la reverenciaron, mientras ella les mostraba con frágiles manos al Hijo de sus entrañas, aquel rorro envuelto en pañales era adorado como el Rey del Universo, Rey de Reyes y Salvador del Mundo.
Estas son las lecturas de la misa de hoy, 6 de enero de 2026:
Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (60,1-6):
¡Levántate y resplandece, Jerusalén,
porque llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Las tinieblas cubren la tierra,
la oscuridad los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor,
y su gloria se verá sobre ti.
Caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos ésos se han reunido, vienen hacia ti;
llegan tus hijos desde lejos,
a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, y estarás radiante;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti,
y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos,
dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso,
y proclaman las alabanzas del Señor.
Salmo
Sal 71:
R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos dé la tierra.
V/. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.
V/. En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.
V/. Los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
postrense ante él todos los reyes,
y sirvanle todos los pueblos. R/.
V/. Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (3,2-3a.5-6):
Hermanos:
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor de vosotros, los gentiles.
Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo, por el Evangelio.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,1-12):
Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.
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Homilía del papa Francisco en Santa misa de la solemnidad de la Epifanía del Señor, homilía del papa Francisco, 6-1-2025
«Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2): de esto dan fe los Magos a los habitantes de Jerusalén, anunciándoles que ha nacido el rey de los judíos.
Los Magos testimonian que se pusieron en camino, lo que cambió sus vidas, porque vieron en el cielo una nueva luz. Quisiera que reflexionáramos sobre esta imagen, mientras celebramos la Epifanía del Señor en el Jubileo de la esperanza; y me gustaría subrayar tres características de la estrella de la que nos habla el evangelista san Mateo: es luminosa, es visible para todos e indica un camino.
En primer lugar, la estrella es luminosa. Muchos soberanos, en el tiempo de Jesús, se hacían llamar “estrellas”, porque se sentían importantes, poderosos y famosos. Pero no fue la luz de ninguno de ellos la que reveló a los Magos el milagro de la Navidad. El esplendor, artificial y frío que ellos tenían, fruto de cálculos y juegos de poder, no fue capaz de responder a la necesidad de novedad y esperanza de estas personas en búsqueda. En su lugar lo hizo otro tipo de luz, simbolizada en la estrella, que ilumina y da calor quemándose y dejándose consumir. La estrella nos habla de la única luz que puede indicarnos a todos el camino de la salvación y de la felicidad: la del amor. Esa es la única luz que nos hará felices.
Ante todo, el amor de Dios, que haciéndose hombre se nos ha dado sacrificando su vida. Luego, como reflejo, el amor con el que también nosotros estamos llamados a entregarnos mutuamente, convirtiéndonos con su ayuda en un signo recíproco de esperanza, incluso en las noches oscuras de la vida. Pensemos en esto: ¿somos nosotros luminosos en la esperanza? ¿Somos capaces de dar esperanza a los demás con de la luz de nuestra fe?
Como la estrella, que con su resplandor guio a los Magos a Belén; así también nosotros, con nuestro amor, podemos llevar a Jesús a las personas que encontramos, haciéndoles conocer, en el Hijo de Dios hecho hombre, la belleza del rostro del Padre (cf. Is 60,2) y su modo de amar, que es cercanía, compasión y ternura. No lo olvidemos nunca: Dios es cercano, compasivo y tierno. Porque el amor es esto: cercanía, compasión y ternura. Y para ello no necesitamos instrumentos extraordinarios ni medios sofisticados, sino haciendo que nuestros corazones brillen en la fe, que nuestras miradas sean generosas en la acogida y que nuestros gestos y palabras estén llenos de amabilidad y humanidad.
Por eso, mientras miramos a los Magos que, con los ojos fijos en el cielo buscan la estrella, pidamos al Señor que seamos, los unos para los otros, luces que lleven al encuentro con Él (cf. Mt 5,14-16). Es triste que una persona no sea luz para los demás.
Llegamos así a la segunda característica de la estrella: esta es visible para todos. Los Magos no siguen las indicaciones de un código secreto, más bien a un astro que ven brillar en el firmamento. Ellos lo notan; otros, como Herodes y los escribas, ni siquiera se dan cuenta de su presencia. La estrella, sin embargo, siempre permanece allí, accesible a cualquiera que levante la mirada al cielo, en busca de un signo de esperanza. Preguntémonos: ¿soy yo un signo de esperanza para los demás?
Y este es un mensaje importante: Dios no se revela a círculos exclusivos o a unos pocos privilegiados, Dios ofrece su compañía y su guía a quien lo busca con corazón sincero (cf. Sal 145,18). Es más, a menudo se anticipa a nuestras propias preguntas, y viene a buscarnos incluso antes de que se lo pidamos (cf. Rm 10,20; Is 65,1). Precisamente por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y todas las razas —un joven, un adulto, un anciano, con los rasgos físicos de los diversos pueblos de la tierra—, para recordarnos que Dios busca a todos, siempre. Dios busca a todos, a todos.
Y cuánto bien nos hace hoy meditar sobre esto, en un tiempo donde las personas y las naciones, aunque dotadas de medios de comunicación cada vez más poderosos, parecen estar menos dispuestas a entenderse, aceptarse y encontrarse en su diversidad.
La estrella, que en el cielo ofrece su luz a todos, nos recuerda que el Hijo de Dios vino al mundo para encontrarse con todo hombre y mujer de la tierra, sin importar la etnia, la lengua o el pueblo al que pertenezcan (cf. Hch 10,34-35; Ap 5,9), y que a nosotros nos confía la misma misión universal (cf. Is 60,3). O sea que nos llama a poner fin a cualquier forma de preferencia, marginación o rechazo de las personas; y a promover entre nosotros y en los ambientes en que vivimos, una fuerte cultura de la acogida en la que los cerrojos del miedo y del rechazo sean reemplazados por los espacios abiertos del encuentro, de la integración y del compartir: lugares seguros, donde todos puedan encontrar calor y refugio.
Por eso la estrella está en el cielo. No para permanecer lejana e inalcanzable, sino para que su luz sea visible a todos, para que llegue a cada casa y rompa todas las barreras, llevando esperanza hasta los rincones más remotos y olvidados del planeta. Está en el cielo para decir a todos, con su luz generosa, que Dios no se niega a nadie y no olvida a nadie (cf. Is 49,15). ¿Por qué? Porque es un Padre cuya alegría más grande es ver a sus hijos que vuelven a casa, unidos, de todas partes del mundo (cf. Is 60,4). Verlos tender puentes, allanar senderos, buscar a los perdidos y cargar sobre sus hombros a los que tienen dificultades para caminar. Para que nadie quede fuera y todos participen en la alegría de su casa.
La estrella nos habla del sueño de Dios: que toda la humanidad, en la riqueza de sus diferencias, llegue a formar una sola familia y viva unida en la prosperidad y la paz (cf. Is 2,2-5).
Y de aquí pasamos a la última característica de la estrella: que es la de indicar el camino. También este es un tema de reflexión, especialmente en el contexto del Año santo que estamos celebrando, donde uno de los gestos característicos es la peregrinación.
La luz de la estrella nos invita a realizar un viaje interior que, como escribía Juan Pablo II, libere nuestro corazón de todo lo que no es caridad, para «encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y recibiendo la abundancia de su misericordia» (Carta sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la Historia de la Salvación, 29 junio 1999, 12).
Caminar juntos «es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida» (cf. Bula Spes non confundit, 5). Y nosotros, contemplando la estrella, podemos renovar también nuestro compromiso de ser mujeres y hombres “del Camino”, como se definían los cristianos en los orígenes de la Iglesia (cf. Hch 9,2).
Que el Señor nos transforme así en luces que guíen a Él; como María, generosos en la entrega, abiertos en la acogida y humildes al caminar juntos; para que podamos encontrarlo, reconocerlo y adorarlo. Y de este modo, tras encontrarlo, poder recomenzar renovados, llevando al mundo la luz de su amor.
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Homilía del papa Francisco en Santa misa de la solemnidad de la Epifanía del Señor, homilía del papa Francisco, 6-1-2024
Los Magos emprenden un viaje en busca del Rey que ha nacido. Ellos son imagen de los pueblos en camino en busca de Dios, de los extranjeros que ahora son conducidos al monte del Señor (cf. Is 56,6-7), de los lejanos que ahora pueden oír el anuncio de la salvación (cf. Is 33,13), de todos los están extraviados y sienten la llamada de una voz amiga. Porque ahora, en la carne del Niño de Belén, la gloria del Señor se ha revelado a todas las gentes (cf. Is 40,5) y «todo hombre verá la salvación de Dios» (Lc 3,6). Es la peregrinación humana de cada uno de nosotros, de la lejanía a la cercanía.
Los Magos tienen los ojos fijos en el cielo, pero los pies sobre la tierra y el corazón postrado en adoración. Repito: los ojos fijos en el cielo, los pies sobre la tierra, el corazón postrado en adoración
Ante todo, los Magos tienen los ojos fijos en el cielo. Están imbuidos por la nostalgia del infinito y su mirada es atraída por los astros celestes. No viven mirando la punta de sus pies, replegados sobre sí mismos, prisioneros de un horizonte terreno, arrastrándose en la resignación o en la queja. Ellos levantan la cabeza para esperar una luz que ilumine el sentido de su vida, una salvación que viene de lo alto. Y así ven surgir una estrella, la más luminosa de todas, que los atrae y los pone en camino. Esta es la clave que revela el verdadero significado de nuestra existencia: si vivimos encerrados en el estrecho perímetro de las cosas terrenales, si marchamos con la cabeza baja rehenes de nuestros fracasos y remordimientos, si estamos hambrientos de bienes y consuelo mundano —que hoy están aquí y mañana desaparecen— en lugar de ser buscadores de luz y amor, nuestra vida se apaga. Los Magos, que también son extranjeros y todavía no han encontrado a Jesús, nos enseñan a mirar hacia lo alto, a tener la vista fija en el cielo, a levantar los ojos hacia los montes de donde nos vendrá la ayuda, porque nuestra ayuda viene del Señor (cf. Sal 121,1-2).
¡Hermanos y hermanas, los ojos fijos en el cielo! Necesitamos tener la mirada levantada hacia lo alto, también para aprender a ver la realidad desde arriba. Lo necesitamos en el camino de la vida, para hacernos acompañar de la amistad del Señor, de su amor que nos sostiene, de la luz de su Palabra que nos guía como estrella en la noche. Lo necesitamos en el camino de la fe, para que no se reduzca a un conjunto de prácticas religiosas o a un hábito exterior, sino que se convierta en un fuego que nos quema por dentro y nos hace buscadores apasionados del rostro del Señor y testigos de su Evangelio. Lo necesitamos en la Iglesia, donde, en lugar de dividirnos según nuestras ideas, estamos llamados a poner a Dios en el centro. Lo necesitamos para abandonar las ideologías eclesiásticas, para encontrar el sentido de la Santa Madre Iglesia, del habitus eclesial. [Por lo tanto], ideologías eclesiásticas, no; habitus eclesial, sí. Es el Señor quien debe estar en el centro y no nuestras ideas o nuestros planes. Recomencemos desde Dios, busquemos en Él la valentía para no detenernos ante las dificultades, la fuerza para superar los obstáculos, la alegría para vivir en la comunión y en la concordia.
Los Magos no sólo miran la estrella, las cosas de lo alto, sino que también tienen los pies sobre la tierra. Ellos se ponen en camino a Jerusalén y preguntan: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2). Una sola cosa: los pies unidos con la contemplación. El astro que brilla en el cielo los envía a recorrer los caminos de la tierra; levantando la cabeza hacia lo alto son empujados a descender hacia lo bajo; buscando a Dios son invitados a encontrarlo en el hombre, en un Niño que yace en un pesebre, porque Dios que es lo infinitamente grande, se ha revelado en este pequeño, infinitamente pequeño. Se necesita sabiduría, se necesita la asistencia del Espíritu Santo para comprender la grandeza y la pequeñez en la manifestación de Dios
Hermanos y hermanas, ¡los pies sobre la tierra, y en camino! El don de la fe no nos es dado para quedarnos mirando el cielo (Hch 1,11), sino para avanzar por los senderos del mundo como testigos del Evangelio; la luz que ilumina nuestra vida, el Señor Jesús, no nos es dada sólo para ser consolados en nuestras noches, más bien para abrir destellos de luz en las densas tinieblas que envuelven tantas situaciones sociales; el Dios que viene a visitarnos no lo encontramos permaneciendo quietos en alguna bella teoría religiosa, sino poniéndonos en camino, buscando los signos de su presencia en las realidades de cada día y, sobre todo, encontrando y tocando la carne de los hermanos. Contemplar a Dios es algo bello, pero sólo es fructífero si tomamos el riesgo del servicio de llevar a Dios. Los Magos buscan a Dios, el Dios grande, y encuentran un Niño. Esto es importante: encontrar a Dios en carne y hueso, en los rostros con los que nos cruzamos cada día, especialmente los de los más pobres. Los Magos, en efecto, nos enseñan que el encuentro con Dios siempre nos abre a una esperanza más grande, que nos hace cambiar estilo de vida y nos hace transformar el mundo. Benedicto XVI decía: «Si falta la verdadera esperanza, se busca la felicidad en la embriaguez, en lo superfluo, en los excesos, y los hombres se arruinan a sí mismos y al mundo. […] Por esto, hacen falta hombres que alimenten una gran esperanza y posean por ello una gran valentía. La valentía de los Magos, que emprendieron un largo viaje siguiendo una estrella, y que supieron arrodillarse ante un Niño y ofrecerle sus dones preciosos» (Benedicto XVI, Homilía, 6 enero 2008).
Por último, pensemos también en que los Magos tienen el corazón postrado en adoración. Miran a la estrella en el cielo, pero no se refugian en una devoción separada de la tierra; emprenden el viaje, pero no vagan como turistas sin rumbo. Ellos llegan a Belén y, cuando vieron al Niño, «se postraron y lo adoraron» (Mt 2,11). Luego abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. «Con sus ofrendas místicas predican los Magos al que adoran: con el oro, como rey; con el incienso, como Dios, y con la mirra, como hombre mortal» (S. Gregorio Magno, Homilía X en el día de la Epifanía, 6). Un rey que vino a servirnos, un Dios que se hizo hombre. Ante este misterio, estamos llamados a inclinar el corazón y doblar las rodillas para adorar: adorar al Dios que viene en la pequeñez, que habita la normalidad de nuestras casas, que muere por amor. El Dios «al que los cielos abiertos mostraban con las señales de los astros» se dejaba encontrar «en un estrecho establo, para que, aunque impedido a causa de sus miembros infantiles y envuelto en pañales de niño, lo adorasen los magos y lo temiesen los malos» (S. Agustín, Sermón, 200,1). Hermanos y hermanas, hemos perdido el hábito de la adoración, hemos perdido esta capacidad que nos da la adoración. Redescubramos el gusto de la oración de adoración. Reconozcamos a Jesús como nuestro Dios, como nuestro Señor, y adoremos. Hoy los magos nos invitan a adorar. Entre nosotros hoy falta la adoración.
Hermanos y hermanas, como los Magos, levantemos los ojos al cielo, pongámonos en camino en busca del Señor e inclinemos el corazón en adoración. Mirar al cielo, ponerse en camino y adorar. Y pidamos la gracia de no perder nunca el ánimo, de no perder la valentía de ser buscadores de Dios, hombres de esperanza, soñadores intrépidos que escrutan el cielo; la valentía de perseverar en el camino por los senderos del mundo, con el cansancio del verdadero camino, y el valor de adorar, el valor de mirar al Señor que ilumina a todo hombre. Que el Señor nos conceda esta gracia, sobre todo la gracia de saber adorar.
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Homilía del papa Francisco en Santa misa de la solemnidad de la Epifanía del Señor, homilía del papa Francisco, 6-1-2023
Jesús, como una estrella que se eleva (cf. Nm 24,17), viene a iluminar a todos los pueblos y a alumbrar las noches de la humanidad. Junto con los Magos, hoy también nosotros, alzando la mirada al cielo, nos preguntamos: «¿Dónde está el […] que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Es decir, ¿cuál es el lugar en el que podemos encontrar a nuestro Señor?
De la experiencia de los Magos, comprendemos que el primer “lugar” donde Él quiere ser buscado es en la inquietud de las preguntas. La fascinante aventura de estos sabios de Oriente nos enseña que la fe no nace de nuestros méritos o de razonamientos teóricos, sino que es don de Dios. Su gracia nos ayuda a despertarnos de la apatía y a hacer espacio a las preguntas importantes de la vida, preguntas que nos hacen salir de la presunción de estar bien y nos abren a aquello que nos supera. Lo que vemos en los Magos, al comienzo, es esto: la inquietud de quien se interroga. Llenos de una ardiente nostalgia de infinito, escrutan el cielo y se dejan asombrar por el fulgor de una estrella, representando así la tensión hacia lo trascendente, que anima el camino de la civilización y la búsqueda incesante de nuestro corazón. De hecho, aquella estrella deja en sus corazones precisamente una pregunta: ¿Dónde está el que acaba de nacer?
Hermanos y hermanas, el camino de la fe comienza cuando, con la gracia de Dios, damos espacio a la inquietud que nos mantiene despiertos; cuando nos dejamos interrogar, cuando no nos conformamos con la tranquilidad de nuestros hábitos, sino que nos la jugamos, nos arriesgamos en los desafíos de cada día; cuando dejamos de mantenernos en un espacio neutral y nos decidimos a vivir en los espacios incómodos de la vida, hechos de relaciones con los demás, de sorpresas, de imprevistos, de proyectos que sacar adelante, de sueños que realizar, de miedos que afrontar, de sufrimientos que hieren la carne. Es en estos momentos que surgen de nuestro corazón las preguntas irreprimibles, que nos abren a la búsqueda de Dios: ¿Dónde está la felicidad para mí? ¿Dónde está la vida plena a la que aspiro? ¿Dónde se encuentra ese amor que no pasa, que no tiene ocaso, que no se rompe ni siquiera ante la fragilidad, los fracasos o las traiciones? ¿Cuáles son las oportunidades escondidas dentro de mis crisis y mis sufrimientos?
Pero sucede que el clima que respiramos cada día ofrece “tranquilizantes del alma”, sustitutos para sedar, para sedar nuestra inquietud y apagar esas preguntas, desde los productos del consumismo a las seducciones del placer, desde los debates sensacionalistas hasta la idolatría del bienestar; todo parece decirnos: no pienses mucho, deja que pasen, disfruta la vida. Frecuentemente buscamos acomodar el corazón en la caja fuerte de la comodidad —buscamos acomodar el corazón en la caja fuerte de la comodidad—, pero si los Magos hubiesen hecho esto no habrían encontrado nunca al Señor. Este es el peligro, sedar el corazón, sedar el alma para que ya no haya inquietud. Dios, sin embargo, vive en nuestras preguntas inquietas; en ellas nosotros «lo buscamos como la noche busca a la aurora […]. Él está en el silencio que nos turba ante la muerte y al final de toda grandeza humana; está en la necesidad de justicia y de amor que llevamos dentro; es el Misterio santo del Totalmente Otro, nostalgia de justicia perfecta y consumada, de reconciliación, de paz» (C.M. Martini, El jardín interior. Un camino para creyentes y no creyentes, Santander 2017, 26). Por tanto, este es el primer lugar: la inquietud de las preguntas. No tengamos miedo de entrar en esta inquietud de las preguntas, son precisamente los caminos que nos llevan a Jesús.
El segundo lugar donde podemos encontrar al Señor es el riesgo del camino. Los interrogantes, incluso espirituales, si no nos ponemos en camino, si no dirigimos nuestro movimiento interior hacia el rostro de Dios y la belleza de su Palabra, pueden inducirnos a la frustración y a la desolación. El peregrinar de los Magos, «su peregrinación exterior —ha dicho Benedicto XVI— era expresión de su estar interiormente en camino, de la peregrinación interior de sus corazones» (Homilía en la Epifanía del Señor, 6 enero 2013). Los Magos, en realidad, no se detuvieron a mirar el cielo o a contemplar la luz de la estrella, sino que se aventuraron en un viaje arriesgado, que no preveía caminos seguros ni mapas definidos con antelación. Querían descubrir quién era el Rey de los Judíos, dónde había nacido, dónde podían encontrarlo. Por esto preguntaron a Herodes, quien a su vez convocó a los jefes del pueblo y a los escribas que examinaban las Escrituras. Los Magos estaban en camino; la mayor parte de los verbos que describen sus acciones son verbos de movimiento.
Lo mismo sucede con nuestra fe, sin un camino continuo y un diálogo constante con el Señor, sin la escucha de la Palabra, sin la perseverancia, no se puede crecer. Una mera noción de Dios y alguna oración que calma la conciencia no son suficientes; es necesario hacerse discípulos que siguen a Jesús y su Evangelio, hablarlo todo con Él en la oración, buscarlo en las situaciones cotidianas y en el rostro de los hermanos. Desde Abrahán —que se puso en camino hacia una tierra desconocida— hasta los Magos —que siguieron una estrella—, la fe es un camino, la fe es una peregrinación, la fe es una historia en la que hay que comenzar siempre de nuevo. No lo olvidemos nunca, la fe es un camino, una peregrinación, una historia de comenzar y recomenzar siempre. Recordemos esto: la fe, si permanece estática, no crece; no podemos reducirla a una mera devoción personal o confinarla entre los muros de los templos, sino que es necesario manifestarla, vivirla marchando de forma constante hacia Dios y hacia los hermanos. Preguntémonos hoy: ¿Estoy en camino hacia el Señor de la vida, para que sea el Señor de mi vida? ¿Jesús, quién eres para mí? ¿Dónde quieres que vaya, qué es lo que me pides? ¿Cuáles son las decisiones que me estás invitando a tomar en favor de los demás?
Finalmente, después de la inquietud de las preguntas y el riesgo del camino, el tercer lugar donde hallamos al Señor es el asombro de la adoración. Al final de un largo viaje y de una fatigosa búsqueda, los Magos entraron en la casa, «encontraron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Este es el punto decisivo. Nuestras inquietudes, nuestras preguntas, los caminos espirituales y las prácticas de la fe deben converger en la adoración del Señor. Allí encuentran la fuente esencial de la que todo nace, porque es el Señor quien suscita en nosotros el sentir, el actuar y el obrar. Todo nace y todo culmina allí, porque el final de cada cosa no es alcanzar una meta personal y recibir gloria para nosotros mismos, sino encontrar a Dios y dejarnos abrazar por su amor, que es lo que da fundamento a nuestra esperanza, nos libra del mal, nos abre al amor a los demás y nos hace personas capaces de construir un mundo más justo y más fraterno. De nada sirve activarnos pastoralmente si no ponemos a Jesús en el centro y lo adoramos. El asombro de la adoración. Allí aprendemos a estar delante de Dios no tanto para pedir o para hacer algo, sino sólo para permanecer en silencio y abandonarnos a su amor, para dejarnos aferrar y regenerar por su misericordia. Nosotros muchas veces rezamos, pedimos cosas, reflexionamos, pero por lo general nos falta la oración de adoración. Hemos perdido el sentido de adorar, porque hemos perdido la inquietud de las preguntas y el valor de ir adelante en los riesgos del camino. Hoy el Señor nos invita a hacer como los Magos, como los Magos, postrémonos, rindámonos ante Dios en el asombro de la adoración. Adoremos a Dios y no a nuestro yo; adoremos a Dios y no a los falsos ídolos que nos seducen con la fascinación del prestigio y del poder, con la fascinación de las falsas noticias; adoremos a Dios para no inclinarnos ante las cosas que pasan ni ante las lógicas seductoras y vacías del mal.
Hermanos, hermanas, ¡abramos el corazón a la inquietud, pidamos el valor para avanzar en el camino y finalicemos en la adoración! No tenemos miedo, es el recorrido de los Magos, es el recorrido de todos los santos de la historia, recibir las inquietudes, ponerse en camino y adorar. Hermanos y hermanas, no dejemos que se apague en nosotros la inquietud de las preguntas, no detengamos nuestro caminar cediendo a la apatía o a la comodidad; y rindámonos, encontrándonos con el Señor, al asombro de la adoración. Entonces descubriremos que una luz ilumina también las noches más oscuras, es Jesús, la estrella radiante de la mañana, el sol de justicia, el fulgor misericordioso de Dios, que ama a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra.
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Ángelus de la solemnidad de la Epifanía del Señor, 6-1-2023
Hoy, solemnidad de la Epifanía, el Evangelio nos habla de los Magos que, al llegar a Belén, abren sus cofres y ofrecen a Jesús oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11). Estos sabios de Oriente son famosos por los regalos que hicieron; pero pensando en su historia, podríamos decir que, ante todo, reciben tres dones: han recibido tres dones, tres preciosos dones que también nos conciernen a nosotros. Traen oro, incienso y mirra, pero ¿qué dones recibieron?
El primero es el don de la llamada. Los Magos no la intuyeron leyendo las Escrituras o a través de una visión de ángeles, sino que la sintieron mientras estudiaban las estrellas. Esto nos dice algo importante: Dios nos llama a través de nuestros mayores deseos y aspiraciones. Los Magos se dejaron asombrar e incomodar por la novedad de la estrella y se pusieron en camino hacia lo que no conocían. En cuanto hombres cultos y sabios, les fascinaba más lo que no sabían que lo que ya sabían: se abrieron a lo que no conocían. Se sintieron llamados a ir más allá, no se sintieron felices quedándose donde estaban, sino sintiéndose llamar a ir más allá. Esto también es importante para nosotros: estamos llamados a no contentarnos, a buscar al Señor saliendo de nuestra comodidad, caminando hacia Él con los demás, sumergiéndonos en la realidad. Porque Dios llama cada día, aquí y hoy. Dios nos llama, llama a cada uno, cada día, nos llama aquí y nos llama ahora, en nuestro mundo.
Pero los Magos nos hablan luego de un segundo don: el discernimiento. Como buscan un rey, van a Jerusalén para hablar con el rey Herodes, quien, sin embargo, es un hombre ávido de poder y quiere utilizarlos para eliminar al Mesías niño. Pero los Magos no se dejan engañar por Herodes. Saben distinguir entre la meta del viaje y las tentaciones que encuentran en el camino. Podían haberse quedado tranquilos en la corte de Herodes, pero siguen adelante. Abandonan el palacio de Herodes y, atentos a los signos de Dios, ya no pasarán por allí, sino que volverán por otro camino (cf. v. 12). ¡Qué importante, hermanos y hermanas, es saber distinguir la meta de la vida de las tentaciones del camino! Una cosa es la meta de la vida, otra las tentaciones del camino. ¡Saber renunciar a lo que seduce, pero lleva por mal camino, para comprender y elegir los caminos de Dios! El discernimiento es un gran don, y nunca hay que cansarse de pedirlo en la oración. ¡Pidamos esta gracia! Señor, danos la capacidad de discernir el bien del mal, lo mejor de lo que no es mejor.
Por último, los Reyes Magos nos hablan de un tercer don: la sorpresa. Tras un largo viaje, ¿qué encuentran estos hombres de alta posición social? Un niño con su madre (cf. v. 11): una escena ciertamente tierna, pero no asombrosa. No ven ángeles como los pastores, sino que encuentran a Dios en la pobreza. Tal vez esperaban un Mesías poderoso y prodigioso, y se encuentran con un niño. Sin embargo, no creen haberse equivocado, saben reconocerlo. Acogen la sorpresa de Dios y viven llenos de asombro su encuentro con Él, adorándole: en la pequeñez reconocen el rostro de Dios. Humanamente todos estamos inclinados a buscar la grandeza, pero es un don saber encontrarla de verdad: saber encontrar la grandeza en la pequeñez que Dios tanto ama. Porque así es como se encuentra al Señor: en la humildad, en el silencio, en la adoración, en los pequeños, en los pobres.
Hermanos y hermanas, todos somos llamados —primer don: la llamada— por Jesús; todos podemos discernir —segundo don: el discernimiento— su presencia; todos podemos experimentar sus sorpresas —tercer don: la sorpresa—. Hoy sería bueno recordar estos dones: la llamada, el discernimiento y la sorpresa, dones que ya hemos recibido: recordar cuándo sentimos una llamada de Dios en nuestra vida; o cuándo, quizá después de mucho esfuerzo, fuimos capaces de discernir su voz; o también, en una sorpresa inolvidable que Él nos ha dado, asombrándonos. Que la Virgen nos ayude a recordar y custodiar los dones recibidos.
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Homilía del papa Francisco en la santa misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, del año pasado, 6-1-2022:
Los magos viajan hacia Belén. Su peregrinación nos habla también a nosotros: llamados a caminar hacia Jesús, porque Él es la estrella polar que ilumina los cielos de la vida y orienta los pasos hacia la alegría verdadera. Pero, ¿dónde se inició la peregrinación de los magos para encontrar a Jesús? ¿Qué movió a estos hombres de Oriente a ponerse en camino?
Tenían buenas excusas para no partir. Eran sabios y astrólogos, tenían fama y riqueza. Habiendo alcanzado esa seguridad cultural, social y económica, podían conformarse con lo que sabían y lo que tenían, podían estar tranquilos. En cambio, se dejan inquietar por una pregunta y por un signo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella…» (Mt 2,2). Su corazón no se deja entumecer en la madriguera de la apatía, sino que está sediento de luz; no se arrastra cansado en la pereza, sino que está inflamado por la nostalgia de nuevos horizontes. Sus ojos no se dirigen a la tierra, sino que son ventanas abiertas al cielo. Como afirmó Benedicto XVI, eran «hombres de corazón inquieto. […] Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social […]. Eran buscadores de Dios» (Homilía, 6 enero 2013).
¿Dónde nace esta sana inquietud que los ha llevado a peregrinar? Nace del deseo. Este es su secreto interior: saber desear. Meditemos esto. Desear significa mantener vivo el fuego que arde dentro de nosotros y que nos impulsa a buscar más allá de lo inmediato, más allá de lo visible. Desear es acoger la vida como un misterio que nos supera, como una hendidura siempre abierta que invita a mirar más allá, porque la vida no está “toda aquí”, está también “más allá”. Es como una tela blanca que necesita recibir color. Precisamente un gran pintor, Van Gogh, escribía que la necesidad de Dios lo impulsaba a salir de noche para pintar las estrellas (cf. Carta a Theo, 9 mayo 1889). Sí, porque Dios nos ha hecho así: amasados de deseo; orientados, como los magos, hacia las estrellas. Podemos decir, sin exagerar, que nosotros somos lo que deseamos. Porque son los deseos los que ensanchan nuestra mirada e impulsan la vida a ir más allá: más allá de las barreras de la rutina, más allá de una vida embotada en el consumo, más allá de una fe repetitiva y cansada, más allá del miedo de arriesgarnos, de comprometernos por los demás y por el bien. «Ésta es nuestra vida —decía san Agustín—: ejercitarnos mediante el deseo» (Tratados sobre la primera carta de san Juan, IV, 6).
Hermanos y hermanas, el viaje de la vida y el camino de la fe —para los magos, como también para nosotros— necesitan del deseo, del impulso interior. A veces vivimos en una actitud de “estacionamiento”, vivimos estacionados, sin este impulso del deseo que es el que nos que hace avanzar. Nos hace bien preguntarnos: ¿en qué punto del camino de la fe estamos? ¿No estamos, desde hace demasiado tiempo, bloqueados, aparcados en una religión convencional, exterior, formal, que ya no inflama el corazón y no cambia la vida? ¿Nuestras palabras y nuestros ritos provocan en el corazón de la gente el deseo de encaminarse hacia Dios o son “lengua muerta”, que habla sólo de sí misma y a sí misma? Es triste cuando una comunidad de creyentes no desea más y, cansada, se arrastra en el manejo de las cosas en vez de dejarse sorprender por Jesús, por la alegría desbordante e incómoda del Evangelio. Es triste cuando un sacerdote ha cerrado la puerta al deseo; es triste caer en el funcionalismo clerical, es muy triste.
La crisis de la fe, en nuestra vida y en nuestras sociedades, también tiene relación con la desaparición del deseo de Dios. Tiene relación con la somnolencia del alma, con la costumbre de contentarnos con vivir al día, sin interrogarnos sobre lo que Dios quiere de nosotros. Nos hemos replegado demasiado en nuestros mapas de la tierra y nos hemos olvidado de levantar la mirada hacia el Cielo; estamos saciados de tantas cosas, pero carecemos de la nostalgia por lo que nos hace falta. Nostalgia de Dios. Nos hemos obsesionado con las necesidades, con lo que comeremos o con qué nos vestiremos (cf. Mt 6,25), dejando que se volatilice el deseo de aquello que va más allá. Y nos encontramos en la avidez de comunidades que tienen todo y a menudo ya no sienten nada en el corazón. Personas cerradas, comunidades cerradas, obispos cerrados, sacerdotes cerrados, consagrados cerrados. Porque la falta de deseo lleva a la tristeza, a la indiferencia. Comunidades tristes, sacerdotes tristes, obispos tristes.
Pero mirémonos sobre todo a nosotros mismos y preguntémonos: ¿cómo va el camino de mi fe? Es una pregunta que nos podemos hacer hoy cada uno de nosotros. ¿Cómo va el camino de mi fe? ¿Está inmóvil o en marcha? La fe, para comenzar y recomenzar, necesita ser activada por el deseo, arriesgarse en la aventura de una relación viva e intensa con Dios. Pero, ¿mi corazón está animado todavía por el deseo de Dios? ¿O dejo que la rutina y las desilusiones lo apaguen? Hoy, hermanos y hermanas, es el día para hacernos estas preguntas. Hoy es el día para volver a alimentar el deseo. Y ¿Cómo hacerlo? Vayamos a la “escuela del deseo”, vayamos a los magos. Ellos nos lo enseñarán, en su escuela del deseo. Miremos los pasos que realizan y saquemos algunas enseñanzas.
En primer lugar, ellos parten cuando aparece la estrella: nos enseñan que es necesario volver a comenzar cada día, tanto en la vida como en la fe, porque la fe no es una armadura que nos enyesa, sino un viaje fascinante, un movimiento continuo e inquieto, siempre en busca de Dios, siempre con el discernimiento, en aquel camino.
Después, en Jerusalén, los magos preguntan, preguntan dónde está el Niño. Nos enseñan que necesitamos interrogantes, necesitamos escuchar con atención las preguntas del corazón, de la conciencia; porque es así como Dios habla a menudo, se dirige a nosotros más con preguntas que con respuestas. Y esto tenemos que aprenderlo bien: Dios se dirige a nosotros más con preguntas que con respuestas. Pero dejémonos inquietar también por los interrogantes de los niños, por las dudas, las esperanzas y los deseos de las personas de nuestro tiempo. El camino es dejarse interrogar.
Los magos también desafían a Herodes. Nos enseñan que necesitamos una fe valiente, que no tenga miedo de desafiar a las lógicas oscuras del poder, y se convierta en semilla de justicia y de fraternidad en sociedades donde, todavía hoy, tantos Herodes siembran muerte y masacran a pobres y a inocentes, ante la indiferencia de muchos.
Finalmente, los magos regresan «por otro camino» (Mt 2,12), nos estimulan a recorrer nuevos caminos. Es la creatividad del Espíritu, que siempre realiza cosas nuevas. Es también, en este momento, una de las tareas del Sínodo que estamos llevando a cabo: caminar juntos a la escucha, para que el Espíritu nos sugiera senderos nuevos, caminos para llevar el Evangelio al corazón del que es indiferente, del que está lejos, de quien ha perdido la esperanza pero busca lo que los magos encontraron, «una inmensa alegría» (Mt 2,10) Salir e ir más allá, seguir adelante.
Al final del viaje de los magos hay un momento crucial: cuando llegan a su destino “caen de rodillas y adoran al Niño” (cf. v. 11). Adoran. Recordemos esto: el camino de la fe sólo encuentra impulso y cumplimiento ante la presencia de Dios. El deseo se renueva sólo si recuperamos el gusto de la adoración. El deseo lleva a la adoración y la adoración renueva el deseo. Porque el deseo de Dios sólo crece estando frente a Él. Porque sólo Jesús sana los deseos. ¿De qué? Los sana de la dictadura de las necesidades. El corazón, en efecto, se enferma cuando los deseos sólo coinciden con las necesidades. Dios, en cambio, eleva los deseos y los purifica, los sana, curándolos del egoísmo y abriéndonos al amor por Él y por los hermanos. Por eso no olvidemos la adoración, la oración de adoración, que no es muy común entre nosotros. Adorar, en silencio. Por ello, no nos olvidemos de la adoración, por favor.
Y al ir así, día tras día, tendremos la certeza, como los magos, de que incluso en las noches más oscuras brilla una estrella. Es la estrella del Señor, que viene a hacerse cargo de nuestra frágil humanidad. Caminemos a su encuentro. No le demos a la apatía y a la resignación el poder de clavarnos en la tristeza de una vida mediocre. Abracemos la inquietud del Espíritu, tengamos corazones inquietos.El mundo espera de los creyentes un impulso renovado hacia el Cielo. Como los magos, alcemos la cabeza, escuchemos el deseo del corazón, sigamos la estrella que Dios hace resplandecer sobre nosotros. Y como buscadores inquietos, permanezcamos abiertos a las sorpresas de Dios. Hermanos y hermanas, soñemos, busquemos, adoremos.
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Y estas que siguen son palabras del Santo Padre en el Ángelus de la Solemnidad de la Epifanía del Señor, día de los Reyes Magos, de la misma fecha, 6-1-22:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días, buena fiesta!
Hoy, solemnidad de la Epifanía, contemplamos el episodio de los magos (cf. Mt 2,1-12), que emprenden un largo y extenuante viaje para ir a adorar al «Rey de los judíos» (v. 2). Los guía el signo prodigioso de una estrella, y cuando al final llegaron a la meta, en lugar de encontrar algo prodigioso, ven a un niño con su madre. Podrían haber protestado: “¿Todo un largo camino y tantos sacrificios para ver a un niño pobre?”. Y, sin embargo, no se escandalizan y no se sienten defraudados. No se quejan. ¿Qué hacen? Se postran. «Entraron en la casa ―dice el Evangelio―; vieron al niño con su madre María y, postrándose, le adoraron» (v. 11).
¡Pensemos en estos sabios que llegan de lejos, ricos, cultos y famosos, y se postran, es decir, se inclinan hasta el suelo para adorar a un niño! Parece una contradicción. Sorprende este gesto tan humilde de hombres tan ilustres. Postrarse ante una autoridad que se presentaba con los signos del poder y la gloria era normal en aquellos tiempos. E incluso hoy no sería extraño. Pero frente al Niño de Belén no es fácil. No es fácil adorar a este Dios, cuya divinidad permanece oculta y no parece triunfante. Significa acoger la grandeza de Dios, que se manifiesta en la pequeñez: este es el mensaje. Los magos se rebajan ante la inaudita lógica de Dios, acogen al Señor no como lo imaginaban, sino como es, pequeño y pobre. Su postración es el signo de quienes dejan de lado sus ideas y dan espacio a Dios. Se requiere humildad para hacer esto.
El Evangelio insiste en esto: no dice solamente que los magos adoraron, subraya que se postraron y adoraron. Tomemos esta indicación: la adoración va junto con la postración. Al hacer este gesto, los magos demuestran que acogen con humildad a Aquel que se presenta en la humildad. Y así se abren a la adoración de Dios. Los cofres que abren son imagen de su corazón abierto: su verdadera riqueza no consiste en la fama y el éxito, sino en la humildad, en el hecho de considerarse necesitados de salvación. Y así es el ejemplo que nos dan los magos, hoy
Queridos hermanos y hermanas, si en la base de todo nos ponemos siempre a nosotros con nuestras ideas y presumimos de tener algo de qué jactarnos antes Dios, nunca lo encontraremos plenamente, no llegaremos a adorarlo. Si no caen nuestras pretensiones y vanidades, nuestro pundonor y deseo de sobresalir, es posible que acabemos adorando a alguien o algo en la vida, ¡pero no será el Señor! Si, por el contrario, abandonamos nuestra pretensión de autosuficiencia, si nos hacemos pequeños por dentro, redescubriremos el asombro de adorar a Jesús. Porque la adoración pasa por la humildad de corazón: quien tiene el afán de adelantar, no nota la presencia del Señor. Jesús pasa cerca y es ignorado, como les sucedió a muchos en aquel tiempo, pero no a los magos.
Hermanos y hermanas, fijándonos en ellos, hoy nos preguntamos: ¿cómo está mi humildad? ¿Estoy convencido de que el orgullo impide mi progreso espiritual? Ese orgullo, manifiesto u oculto, que cubre siempre el impulso hacia Dios. ¿Trabajo sobre mi docilidad, para estar disponible para Dios y los demás, o estoy siempre centrado en mí mismo, en mis exigencias, con ese egoísmo oculto que es la soberbia? ¿Sé dejar de lado mi punto de vista para abrazar el de Dios y el de los demás? Y finalmente, ¿rezo y adoro solo cuando necesito algo, o lo hago constantemente porque creo que siempre necesito a Jesús? Los magos comenzaron el camino mirando una estrella y hallaron a Jesús. Caminaron mucho. Hoy podemos seguir este consejo: mira la estrella y camina. Nunca dejes de caminar, pero no olvides mirar la estrella. Este es el consejo de hoy, fuerte: mira la estrella y camina, mira la estrella y camina.
Que la Virgen María, sierva del Señor, nos enseñe a redescubrir la necesidad vital de la humildad y el ardiente deseo de la adoración. Nos enseñe a mirar la estrella y a caminar.
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Estas son algunas de la palabras del papa Francisco en la homilía de la misa de la Epifanía del Señor, del año pasado, 6-1-21:
El evangelista Mateo subraya que los magos, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Adorar al Señor no es fácil, no es un hecho inmediato: exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos ―no existe un punto intermedio, o Dios o los ídolos; o diciéndolo con una frase de un escritor francés: “Quien no adora a Dios, adora al diablo” (Léon Bloy) ―, y en vez de creyente se volverá idólatra. Y es asís, aut aut.
En nuestra época es particularmente necesario que, tanto individual como comunitariamente, dediquemos más tiempo a la adoración, aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor.
Cuando elevamos los ojos a Dios, los problemas de la vida no desaparecen, no, pero sentimos que el Señor nos da la fuerza necesaria para afrontarlos. “Levantar la vista”, entonces, es el primer paso que nos dispone a la adoración. Se trata de la adoración del discípulo que ha descubierto en Dios una alegría nueva, una alegría distinta. La del mundo se basa en la posesión de bienes, en el éxito y en otras cosas por el estilo, siempre con el “yo” al centro. La alegría del discípulo de Cristo, en cambio, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, cuyas promesas nunca fallan, a pesar de las situaciones de crisis en las que podamos encontrarnos. Y es ahí, entonces, que la gratitud filial y la alegría suscitan el anhelo de adorar al Señor, que es fiel y nunca nos deja solos.
No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino.
Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. El hombre exterior se va desmoronando —dice san Pablo—, mientras el hombre interior se renueva día a día (cf. 2 Co 4,16), preparándose para adorar al Señor cada vez mejor.
Vieron a un niño pobre con su madre. Y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano. Es decir, fueron capaces de “ver” más allá de la apariencia. Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones.
Para adorar al Señor es necesario “ver” más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso. Herodes y los notables de Jerusalén representan la mundanidad, perennemente esclava de la apariencia. Ven pero no saben mirar ―no digo que no crean, sería demasiado― pero no saben mirar porque su capacidad es esclava de la apariencia y en busca de entretenimiento. La mundanidad sólo da valor a las cosas sensacionales, a las cosas que llaman la atención de la masa. En cambio, en los magos vemos una actitud distinta, que podríamos definir como realismo teologal ―una palabra demasiado “alta”, pero podemos decir así, un realismo teologal―. Este percibe con objetividad la realidad de las cosas, llegando finalmente a la comprensión de que Dios se aparta de cualquier ostentación. El Señor está en la humildad, el Señor es como aquel niño humilde, que huye de la ostentación, que es el resultado de la mundanidad. Este modo de “ver” que trasciende lo visible, hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz, busca al Señor. Nosotros, por eso, como escribe el apóstol Pablo, «no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,18).
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Y estas que siguen son palabras del Santo Padre en el Ángelus de la Solemnidad de la Epifanía del Señor, día de los Reyes Magos, de la misma fecha, 6-1-21:
Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía, es decir, la manifestación del Señor a todas las gentes: en efecto, la salvación realizada por Cristo no conoce confines, es para todos. La Epifanía no es otro misterio, es siempre el mismo misterio de la Natividad, pero visto en su dimensión de luz: luz que ilumina a cada hombre, luz que hay que acoger en la fe y luz que hay que llevar a los demás en la caridad, en el testimonio, en el anuncio del Evangelio.
La visión de Isaías, recordada en la liturgia de hoy (cf. 60,1-6), resuena en nuestro tiempo más actual que nunca: «La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos» (v. 2). En este horizonte, el profeta anuncia la luz: la luz dada por Dios a Jerusalén y destinada a iluminar el camino de todos los pueblos. Esta luz tiene la fuerza de atraer a todos, cercanos y lejanos, todos se ponen en camino para alcanzarla (cf. v. 3). Es una visión que abre el corazón, infunde aliento, invita a la esperanza. Por supuesto, la oscuridad está presente y amenazadora en la vida de cada uno y en la historia de la humanidad, pero la luz de Dios es más poderosa. Se trata de acogerla para que brille sobre todos. Pero podemos preguntarnos: ¿dónde está esta luz? El profeta la vislumbraba de lejos, pero ya era suficiente para llenar el corazón de Jerusalén de gozo incontenible.
¿Dónde está esta luz? El evangelista Mateo, por su parte, al relatar el episodio de los Magos (cf. 2, 1-12), muestra que esta luz es el Niño de Belén, es Jesús, aunque no todos acepten su realeza. Es más, algunos la rechazan, como Herodes. Él es la estrella que apareció en el horizonte, el Mesías esperado, Aquel a través del cual Dios realiza su reino de amor, su reino de justicia, su reino de paz. Nació no solo para algunos, sino para todos los hombres, para todos los pueblos. La luz es para todos los pueblos, la salvación es para todos los pueblos.
¿Y cómo tiene lugar esta “irradiación”? ¿Cómo se difunde la luz de Cristo en todo lugar y en todo momento? Tiene su método para difundirse. No lo hace a través de los poderosos medios de los imperios de este mundo, que siempre están buscando dominarlo. No, la luz de Cristo se difunde a través del anuncio del Evangelio. El anuncio, la palabra y el testimonio. Y con el mismo “método” elegido por Dios para venir entre nosotros: la encarnación, es decir, hacerse prójimo del otro, encontrarlo, asumir su realidad y llevar el testimonio de nuestra fe, cada uno. Sólo así la luz de Cristo, que es Amor, puede brillar en quienes lo acogen y atraer a los demás. La luz de Cristo no se extiende solo con palabras, con métodos falsos, empresariales… No, no. Fe, palabra, testimonio: así se amplía la luz de Cristo. La estrella es Cristo, pero también nosotros podemos y debemos ser la estrella, para nuestros hermanos y hermanas, como testigos de los tesoros de infinita bondad y misericordia que el Redentor ofrece gratuitamente a todos. La luz de Cristo no se expande por proselitismo, se expande por el testimonio, por la confesión de la fe. También por el martirio.
Por tanto, la condición es acoger esta luz en uno mismo, acogerla cada vez más. ¡Ay de nosotros si pensáramos que la poseemos!, ¡ay de nosotros si pensáramos que sólo tenemos que “administrarla”! También nosotros, como los Magos, estamos llamados a dejarnos siempre fascinar, atraer, guiar, iluminar y convertir por Cristo: es el camino de la fe, a través de la oración y la contemplación de las obras de Dios, que continuamente nos llenan de alegría y de asombro, un asombro siempre nuevo. El asombro es siempre el primer paso para avanzar en esta luz.
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Catena Aurea
San Agustín, in sermone 5 de Epiphania
Consumado el milagro del parto virginal, en que el útero lleno de la divinidad dio a luz al Dios-Hombre sin perder el sello de su integridad, entre los tenebrosos escondrijos de un establo y la estrechez de un pesebre, en los que la Majestad infinita, reduciéndose en las cortas dimensiones de un tierno cuerpecito, mora suspendido del pecho materno, y todo un Dios permite ser envuelto en viles pañales, un nuevo astro aparece de repente en el cielo iluminando la tierra. Y disipada la niebla que cubría todo el mundo, convierte la noche en día para que el día no quedase oculto entre la noche. Por eso dice el evangelista: «Pues cuando hubo nacido».
Remigio
Al principio de esta lección evangélica se precisan tres cosas: la persona, «Habiendo nacido Jesús»; el lugar, «en Belén de Judá»; el tiempo, «En los días de Herodes el Rey»; circunstancias que aduce en confirmación del hecho que va a referir.
San Jerónimo, in Matthaeum, 1
Es de creer que el evangelista puso primeramente, como leemos en el hebreo Judá, no Judea. Porque no habiendo en las demás naciones ninguna ciudad llamada Belén, no podía poner aquí, con objeto de distinguirla, Belén de Judea; y por eso escribe Judá. Pues en el libro de Josu, hijo de Nave, leemos otra ciudad de Belén en la Judea.
La glosa
Hay dos ciudades con el nombre de «Belén»: una en la tribu de Zabulón y otra en la de Judá, que antes se llamó «Efratá».
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,15
San Mateo y San Lucas están de acuerdo sobre la ciudad de Belén, pero San Lucas nos dice cómo y por qué vinieron a esta ciudad José y María, mientras San Mateo lo pasa por alto. Por el contrario, San Lucas omite la venida de los magos de Oriente y San Mateo la refiere.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Pero veamos por qué el evangelista designa el tiempo en que nace Cristo, diciendo: «En los días de Herodes el Rey». Lo designa para demostrar que la profecía de Daniel, vaticinando que Cristo había de nacer después de terminadas las setenta semanas de años, acababa de cumplirse, pues desde aquel tiempo hasta el reinado de Herodes transcurre exactamente ese tiempo. O porque mientras la nación judaica era gobernada por reyes judíos, aunque pecadores, se le enviaban profetas para su remedio. Mas ahora, cuando la ley de Dios se encontraba pisoteada bajo el cetro de un rey intruso y la justicia de Dios oprimida por la dominación romana, nace Cristo; porque habiéndose hecho la enfermedad ya casi incurable, requería un médico más hábil.
Rábano
O también hizo mención del rey extranjero, para que se cumpliese la profecía: «No será quitado de Judá el cetro, y de su muslo el caudillo, hasta que venga el que ha de ser enviado» ( Gén 49,10).
San Ambrosio, in Lucam, 3,41
Se cuenta que habiendo entrado en Ascalón unos salteadores idumeos, se llevaron cautivo, entre otros a Antípater. Iniciado éste en los misterios de los idumeos, se une en estrecha amistad con Hircano, rey de Judea. Este le envió a Pompeyo para que hablase en su favor. Y habiendo prosperado la embajada, pretendió como recompensa una parte del reino. Muerto Antípater, un decreto del senado concede, bajo Antonio, el reino de los judíos a su hijo Herodes; resultando que éste, sin afinidad ninguna con la raza judía 1, se alzó con el reino por la falsía y las intrigas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 6
Dijo: «de Herodes el rey» marcando la dignidad, porque hubo otro Herodes, el que mandó dar muerte a Juan.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Habiendo pues, nacido en este tiempo, «he aquí unos Magos vinieron» -es decir, apenas nació-, mostrando al Dios grande en un pequeño niño.
Rábano
Magos son los que filosofan sobre todo, pero el lenguaje común toma esta palabra en la acepción de hechiceros. Estos magos, sin embargo, son considerados de otra manera en su país, puesto que son los filósofos de los caldeos, y sus reyes y príncipes ajustan siempre todos sus actos a la ciencia de estos hombres. Así es que fueron los primeros que conocieron el nacimiento del Señor.
San Agustín, in sermone 4 de Epiphania
Estos magos, ¿qué otra cosa fueron sino las primicias de las naciones? Los pastores eran israelitas, los magos 2, gentiles; éstos vinieron de tierras lejanas, aquéllos de cerca. Sin embargo, unos y otros acudieron con presteza a la piedra angular.
San Agustín, in sermone 2 de Epiphania
No se manifestó Jesús ni a los sabios ni tampoco a los justos, sino que prevaleció la ignorancia en la rusticidad de los pastores y la impiedad en los magos sacrílegos de la Caldea. A unos y a otros se ofrece aquella piedra angular, porque había venido a elegir la ignorancia para confundir a los sabios, y no a llamar a los justos, sino a los pecadores, a fin de que ningún poderoso se ensoberbeciese y ningún débil desesperase.
La glosa
Estos magos eran reyes, y si se dice que ofrecieron tres dones, no se significa con esto que ellos no fueran más que tres, sino que en ellos estaban representadas todas las naciones descendientes de los tres hijos de Noé que habían de ser llamadas a la fe. Si los príncipes fueron tres, podemos creer que el número de los que les acompañaban era mucho mayor. No vinieron después de un año, porque entonces habrían encontrado al niño en Egipto y no en el pesebre, sino a los trece días de su nacimiento. Se dice «de Oriente» para manifestar el lugar de donde venían.
Remigio
Debemos tener presente que hay varias opiniones acerca de los magos. Unos dicen que eran caldeos porque los caldeos adoraban las estrellas. Por esto dijeron que el falso dios a quien ellos habían adorado como tal, les había manifestado cuál era el verdadero Dios. Otros afirman que los magos eran persas. Otros, que vinieron de los últimos confines de la tierra. Otros, en fin, que eran descendientes de Balaam, lo cual es más creíble, pues Balaam entre otras cosas profetizó que «nacería una estrella de Jacob» ( Núm 24,17). Sus descendientes que conservaban esta profecía, la vieron cumplida al aparecer esta estrella.
San Jerónimo, in Matthaeum, 2
De este modo los descendientes de Balaam sabían por su profecía que esta estrella había de aparecer. Pero se preguntará: ¿cómo, siendo caldeos o persas o de las más apartadas regiones de la tierra, pudieron llegar a Jerusalén en tan poco tiempo?
Remigio
Algunos contestaban a esto que el niño que acababa de nacer tenía poder para hacerlos llegar en tan pocos días desde los confines de la tierra.
La glosa
No es de extrañar que en trece días pudieran venir a Belén viajando sobre caballos árabes y dromedarios que son tan veloces para caminar.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Tal vez emprendieron el camino dos años antes del nacimiento de Jesucristo, guiados por la estrella, llevando todas las provisiones necesarias para el camino.
Remigio
Si estos reyes eran descendientes de Balaam, pudieron venir en tan poco tiempo a Jerusalén porque no distaban mucho de la tierra prometida. Pero entonces se podrá preguntar ¿por qué el evangelista dice que vinieron de Oriente? Porque su país estaba situado en la frontera oriental de Judea. Por otra parte, las palabras «vinieron del Oriente» nos ofrecen el magnífico pensamiento de que, siendo Jesucristo llamado «el Oriente» según aquellas palabras de Zacarías: «He aquí un hombre, el Oriente es su nombre» ( Zac 6,12), todos los que vienen al Señor, vienen de El y por El.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
De donde nace la luz, allí tuvo la fe su origen, porque la fe es la luz de las almas. Vinieron, pues, de Oriente, pero a Jerusalén.
Remigio
Aunque el Señor no había nacido allí, porque aunque supieron la época del nacimiento, no conocían el lugar donde había de nacer. Pero siendo Jerusalén la ciudad real, creyeron ellos que un niño de tal condición no debía nacer sino en una ciudad de reyes. O vinieron a Jerusalén para que se cumpliese lo que estaba escrito: «De Sión saldrá la Ley, y la palabra del Señor de Jerusalén» ( Is 2,3). O tal vez para que la diligencia de los magos sirviese de condenación a la indiferencia de los judíos.
«Vinieron, pues, a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos?».
San Agustín, in sermone 2 de Epiphania
Eran muchos los reyes que habían nacido y habían muerto en Israel; ¿era por ventura alguno de éstos a quien los magos buscaban para prestarle adoración? Ciertamente no, porque de ninguno de ellos les había hablado el cielo. Estos reyes, extranjeros y de un país tan remoto, no se juzgaban obligados a prestar un homenaje tan grande a un rey de la clase y condición que lo eran ellos en su país; sino que habían aprendido que debía ser tal la condición del que había nacido, que, adorándolo, no podía ofrecerles duda alguna el conseguir la salvación, que consiste en el mismo Dios. Por otra parte, tampoco la edad se prestaba a la adulación humana, no estaban cubiertos de púrpura los miembros del recién nacido, ni brillaba una diadema en su cabeza; ni pudo ser la pompa de los servidores, ni el terror de los ejércitos, ni la fama de gloriosos combates lo que atrajese a estos varones de tan remotas tierras con fe tan grande y tan ardientes votos. Un niño recién nacido, pequeñito, menospreciado por la pobreza se manifiesta recostado en un pesebre. Pero se oculta bajo estas apariencias alguna cosa grande que aquellos hombres, primicias de los gentiles, habían comprendido, no por testimonio de la tierra, sino del cielo. Por eso decían: «Hemos visto su estrella en el Oriente». Anuncian y preguntan, creen y buscan, a imagen de aquéllos que caminan en la fe y desean ver.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 6
Es preciso saber que los herejes priscilianistas que creen que las diferentes constelaciones presiden los destinos de los hombres, se han servido de este pasaje para apoyar su error, y han hablado de esta estrella que aparece al nacer el Salvador, como si fuera la estrella de su destino.
San Agustín, contra Faustum, 2,1
Esta estrella, según Fausto, es mencionada aquí como confirmando el nacimiento del Salvador, sacando por conclusión que el libro que refiere este acontecimiento debe llamarse mejor Genesidium, esto es, libro de la estrella del nacimiento.
San Gregorio Magno, homiliae in evangelia, 10
Pero nosotros estamos lejos de admitir lo que ellos llaman el destino.
San Agustín, de civitate Dei, 5,1
Por la palabra destino, además del sentido ordinario en que la usan los hombres, se entiende la influencia de ciertas posiciones de los astros correspondientes a la concepción o al nacimiento de los hombres, y en los cuales algunos ven un poder independiente de la voluntad de Dios. Este error, que es el de algunos paganos, debe ser rechazado por todos. Otros dicen que Dios ha dado a los astros esta influencia, grave injuria a la majestad divina que nos muestra a la corte celestial decretando crímenes por los cuales una ciudad de la tierra debería ser destruida por la indignación de todo el género humano, si ésa fuera su estrella.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom
Si un hombre se hace homicida o adúltero por la influencia de una estrella, grande es la iniquidad de esa estrella, pero mucho mayor es la de aquel que la creó; porque Dios, en su sabiduría infinita, sabiendo el porvenir y viendo todo el mal que ha de producir esa estrella, no sería bueno si, pudiendo, no ha querido impedirlo, o no es Todopoderoso si no ha podido impedirlo. Además, si es una estrella la que nos hace buenos o malos, nuestras virtudes no merecen premio ni nuestros vicios merecen castigos, porque nuestros actos no dependerían de nuestra voluntad. ¿Por qué he de ser yo castigado por un mal que no he hecho por mi propia voluntad sino obligado por la fatalidad? En fin, los mandamientos de Dios prohibiendo el mal y aconsejando el bien, ¿no se destruyen por esta doctrina insensata? ¿Quién puede mandar a un hombre, evitar el mal que no puede evitar y exhortarle al bien que no puede hacer?
San Gregorio Niseno,
Inútiles son las exhortaciones cuando se dirigen a aquel que vive bajo la fatalidad. La bondad divina y su providencia quedan desterradas del mundo por esta doctrina, según la cual el hombre no es otra cosa que un instrumento movido por el influjo o la acción de las estrellas. Estos movimientos celestes, dicen sus secuaces, determinan no solamente los de nuestros cuerpos, sino también los pensamientos de nuestra alma, destruyendo así, los que tal cosa afirman, no solamente la realidad de todo lo que existe en nosotros, sino la naturaleza del ser contingente. Esto no es más que destruir todas las cosas, y lo que es más, el libre albedrío. Es preciso, no obstante, que nosotros existamos en libertad.
San Agustín, de civitate Dei, 5,6
No puede decirse, sin embargo, que sea absurdo atribuir algunas modificaciones corporales a la influencia de los astros. Así, es indudable que los adelantos y los retrasos del sol influyen en la variedad de las estaciones; y las diversas fases de la luna en sus crecientes o menguantes influyen indudablemente en el crecimiento o decrecimiento de ciertas cosas en la naturaleza, como por ejemplo, el maravilloso flujo y reflujo del océano. Pero las voliciones del alma no deben someterse a la influencia de los astros.
San Agustín, de civitate Dei, 5,1
Y si se dice que los astros son signos y no autores de las operaciones de los hombres, ¿qué podrán contestar a lo que se observa en la vida de los gemelos? A saber que en sus acciones, en sus sucesos, en sus profesiones, en su conducta, honores y otras cosas de la vida, en la muerte misma se encuentra casi siempre más diferencia que la que existe entre ciertas personas completamente extrañas las unas a las otras. Menos diferencia se encuentra aun en la vida de estos últimos que en la de los gemelos, cuyo nacimiento no ha sido separado más que por un instante y cuya concepción ha sido simultánea.
San Agustín, de civitate Dei, 5,2
Los pocos instantes que separan el nacimiento de dos gemelos no bastan para explicar la gran diversidad que existe entre sus voluntades, sus actos, su conducta y todos los acontecimientos de su vida.
San Agustín, de civitate Dei, 5,7 y 5,9
Añade: algunos dan el nombre de destino no a las diferentes posiciones de los astros, sino a la conexión y serie de causas que ellos someten o atribuyen al poder de Dios y a su voluntad soberana. Si alguno dice que las cosas humanas dependen del destino y entiende por destino a la voluntad de Dios, conserve su manera de sentir, pero corrija su modo de hablar. Porque comúnmente se llama destino a la influencia que los astros tienen sobre la tierra, y no a la voluntad de Dios, a menos que no hagamos venir la palabra de la latina fatum y ésta de favi, hablar; pues está escrito: «Una vez habló Dios, estas dos cosas he oído» ( Sal 61,12). Así no debemos discutir con ellos sobre la significación de la palabra.
San Agustín, contra Faustum, 2,5
Si nosotros no ponemos el nacimiento de ningún hombre bajo la acción fatal de los astros, para librar de toda determinación del destino el albedrío de la voluntad, con mucha más razón no debemos admitir que el nacimiento temporal del Creador de todas las cosas haya estado sujeto a esta influencia. Esta estrella que vieron los magos a la entrada de la cuna del Salvador, no significaba, pues, la fatalidad y la dominación, sino que se manifestaba como a su servicio y para dar testimonio. No era, por lo tanto, del número de aquellos astros que desde el principio del mundo siguen bajo la voluntad del Creador el orden prescrito de sus caminos, sino que era un nuevo astro creado para el parto de la Virgen y para ofrecer su ministerio, marchando delante de ellos, a los magos que buscaban a Cristo y conducirles al lugar donde estaba el Verbo, Niño Dios. ¿Quiénes son, pues, los astrólogos que se hayan atrevido a creer en una fatalidad de los astros tal que afirmen que una estrella abandone su curso para ir al lugar en que se encuentra el recién nacido? Lejos de probar que las estrellas abandonen su camino y alteren el orden establecido por un niño que nace entre los hombres, enseñan, al contrario, que la suerte del niño es la que está ligada al orden de las estrellas. Por lo cual, si esta estrella era de las que en el cielo cumplen sus destinos, ¿cómo podía juzgar lo que Cristo había de hacer, aquel astro que, al nacer Cristo, había sido obligado a abandonar sus caminos? Si, por el contrario, y lo que es más probable, la estrella nació para dar a conocer a Cristo, no podemos decir que Cristo nació porque ella existía, sino que ella existía porque Cristo nació. De suerte que podría decirse con razón que no fue la estrella el destino de Cristo, sino que Cristo fue el destino de la estrella, porque El fue la causa de la existencia de ella, y no ella de la de El.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 6
No es propio de la astrología averiguar mediante los astros quienes son los que nacen, sino conjeturar el destino del hombre por la hora de su nacimiento. Ahora bien, los magos no conocieron el tiempo del nacimiento para adivinar por la posición de las estrellas el porvenir del recién nacido, sino al contrario, puesto que dijeron: «Hemos visto su estrella»
.
La glosa
Esto es, su propia estrella, la que El ha creado para anunciarse.
San Agustín, sermones, 204,1
Los ángeles anuncian a los pastores que ha nacido Cristo; a los magos, una estrella. El cielo con su lenguaje habla a unos y a otros, porque el de los profetas había cesado. Los ángeles habitan los cielos que embellecen los astros; los cielos, pues, cantan a unos y a otros las glorias del Señor.
San Gregorio Magno, homiliae in evangelia, 10
Con razón un ser racional, esto es, un ángel, fue enviado a predicar a los judíos, como a gentes que usaban de la razón, mientras que los gentiles, indóciles a la razón, son conducidos a la cuna de Jesucristo, no por la palabra humana, sino por la aparición de un signo. Las profecías habían sido dadas a los primeros, porque eran fieles; las maravillas a los segundos, a causa de su infidelidad. Los apóstoles predicaron a las naciones a Jesucristo cuando había llegado a la plenitud de su edad, mientras que una estrella se los había anunciado cuando era pequeño y no podía articular palabra.
San León Magno, in sermone 3 de Epiphania
Era el mismo Cristo, esperanza de las naciones, cuya innumerable descendencia había sido prometida un día al justo Abraham, multiplicada no por la sangre, sino por la fe, y comparada a la multitud de estrellas que tachonan la bóveda celeste, a fin de que el patriarca, a quien la promesa se había hecho, la comprendiera como una generación del cielo y no de la tierra. Con el nacimiento de una nueva estrella es como los herederos figurados por las estrellas son llamados a formar esta nueva generación, con el fin de que lo mismo que había servido de testimonio que el cielo daba a la tierra, sirviese de homenaje que la tierra prestaba al cielo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 6
Es evidente que aquélla no debió ser una estrella ordinaria, dado el camino que recorría, que nunca fue el de una estrella ordinaria, del norte al sur, que tal es la posición de Palestina con respecto a Persia. En segundo lugar, esto se puede deducir también del tiempo en que apareció, porque no era visible solamente de noche, sino en la mitad del día, lo cual no acontece con ninguna estrella, ni aun con la misma luna. En tercer lugar, porque unas veces aparecía y otras desaparecía, ocultándose cuando los magos entraron en Jerusalén y apareciendo de nuevo cuando dejaron a Herodes, no teniendo tampoco un andar fijo ni marcha determinada, sino que cuando a los magos convenía caminar, ella caminaba, y cuando les convenía detenerse, ella se detenía, de la misma manera que acontecía con la columna de nube en el desierto. Y no anunciaba el parto de la Virgen permaneciendo en las alturas, sino descendiendo de ellas, lo cual no es propio de una estrella ordinaria, sino de una voluntad inteligente, de donde podemos deducir que no era simplemente una estrella, sino más bien una virtud invisible que había tomado esta forma.
Remigio
Algunos creen que esta estrella era el Espíritu Santo, apareciéndose a los magos bajo esta forma, el mismo que había de descender más tarde en forma de paloma sobre el Señor en su bautismo. Otros creen que fue un ángel, y que el mismo que se apareció a los pastores se apareció también a los magos.
La glosa
Prosigue el evangelista: «En Oriente». Es dudoso si la estrella apareció en oriente, o si esta expresión indica solamente que ellos desde el oriente, en donde estaban, la vieron hacia el occidente. Ella pudo muy bien aparecer en oriente y conducirlos a Jerusalén.
San Agustín, sermones, 374,1
Pero dirás: ¿Quién les había dicho que esta estrella significaba el nacimiento del Salvador? Sin duda por revelación de los ángeles. ¿Pero ángeles buenos o malos? Ciertamente que hasta los ángeles malos, los demonios mismos, han confesado que El era hijo de Dios. Pero, ¿por qué no había de ser por revelación de los ángeles buenos, toda vez que, adorando a Cristo encontraban su salvación y no su ruina? Los ángeles pudieron decirles: «La estrella que habéis visto es la de Cristo: id, adoradle en el lugar en que ha nacido y ved a la vez quién es y cuán grande es».
San León Magno, in sermone 4 de Epiphania
Además de esta aparición de la estrella que hirió su vista corporal, el rayo más resplandeciente de la verdad instruyó sus corazones, lo cual correspondía a la iluminación de la fe.
Ambrosiaster, quaestiones Novi et Veteri Testamenti, q. 63
O comprendieron que el Rey de los judíos había nacido, porque la estrella solía ser signo de un rey temporal. Estos magos caldeos no estudiaban el curso de los astros con intención torcida, sino por curiosidad científica; porque, como puede entenderse, ellos seguían las tradiciones de Balaam, que había dicho: «Una estrella nacerá de Jacob» ( Núm 24,17). Así, viendo ellos una estrella que no era de las constelaciones ordinarias, juzgaron que ésta era la que Balaam había anunciado como señal del nacimiento del Rey de los judíos.
San León Magno, in sermone 4 de Epiphania
Esto que ellos habían creído y habían comprendido, les debía haber bastado para no tener necesidad de examinar con los ojos del cuerpo, lo que habían visto plenamente con los ojos del alma. Pero aquel mismo celo, aquella perseverancia que tuvieron hasta ver al Niño Jesús, debía servir a los hombres de nuestros tiempos; porque así como el examen de las llagas del Salvador, después de su resurrección, por el apóstol Santo Tomás fue útil para nosotros, también lo fue el que los magos vieran con sus propios ojos la infancia del Salvador. Por esto dijeron: «Hemos venido a adorarle».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
¿Pero acaso no sabían que en Jerusalén reinaba Herodes? ¿No sabían que cualquiera que, estando vivo un rey, proclama a otro o lo adora es castigado con la pena de muerte? Era que mientras tenían su vista fija en el Rey futuro no temían al rey presente, era que aun cuando todavía no habían visto a Cristo, estaban, sin embargo, dispuestos a morir por El. ¡Oh, bienaventurados magos! que antes de conocer a Cristo fueron confesores de Cristo en presencia del rey más cruel.
Notas
- Herodes era hijo del idumeo Antipatro, mayordomo en la corte de Juan Hircano II, y de Cipro, hija de un príncipe árabe.
- El p. Reboli comenta. El nombre de mago se deriva, según algunos, de la palabra súmera emgu o de la asiríaca mahhu. Para otros es voz indoeuropea: en sánscrito maha; en persa mogh, en griego megaV; y significa grande, ilustre. Nabucodonosor confirió a Daniel el título de Rab-Magh o gran mago (Dan 2,48). Después de Cristo se tomó la palabra en sentido peyorativo. San Mateo la usa en su mejor acepción.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Así como los magos desean un Redentor, Herodes teme un sucesor. Esto es lo que significan aquellas palabras: «Y el Rey Herodes, cuando lo oyó, se turbó».
La glosa
Se dice rey, para que de la comparación de aquel que se busca resulte que éste es extraño.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Siendo él mismo idumeo, tiembla cuando oye hablar de un rey de los judíos. Teme que el cetro, volviendo a manos de los judíos, le sea arrancado, y que su raza caiga para siempre del trono. Cuanto más grande es el poder, mayores son los peligros y temores que lo cercan. Así como en los árboles las ramas más elevadas son agitadas por el viento más ligero, de la misma manera los hombres, cuanto más elevado es el puesto que ocupen, son más fácilmente agitados por el leve anuncio del más pequeño suceso; a diferencia de aquéllos de condición humilde, que viven casi siempre en paz, como en el fondo de un apacible valle.
San Agustín, sermones, 200,2
¿Qué será el tribunal del juez cuando la cuna del Niño hace temblar a los reyes soberbios? Teman éstos, pues, al que está sentado a la diestra del Padre, a aquél que mientras era amamantado por los pechos de su Madre fue temido por un rey impío.
San León Magno, in sermone 4 de Epiphania
Sin embargo, son vanos tus temores, oh Herodes; tus reinos son pequeños para Cristo. El soberano del mundo no puede contentarse con los estrechos límites a donde alcanza tu dominio. Aquél que tú no quieres que reine en Judea, reina en todas partes.
La glosa
Pero Herodes no teme solamente por él, sino también por los romanos, que habían decretado que ninguno fuese proclamado rey o dios sin su consentimiento.
San Gregorio Magno, homiliae in evangelia, 10
Al acercarse el Rey del cielo se turba pues, el rey de la tierra; porque cuando las alturas del cielo se descubren queda confundida la grandeza de la tierra.
San León Magno, in sermone 6 de Epiphania
Herodes en esta circunstancia hace el papel del mismo Satanás, del cual había sido instigador antes y se muestra ahora imitador, el más resuelto y decidido, atormentado por la vocación de los gentiles y por la destrucción de su imperio.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Cada uno es atormentado por un cuidado diferente, y ambos temen un sucesor; Herodes, un rey de la tierra; Satanás, al Rey del cielo. Y he aquí que el mismo pueblo judío se turba, aquel pueblo que debía más bien alegrarse al oír la nueva de que un rey judío acababa de nacer. Y se turba porque los impíos no pueden alegrarse con la venida del Justo; o quizá por temor de que el rey se enojase contra ellos. Esto significan aquellas palabras: «Y toda Jerusalén con él».
La glosa
El pueblo participaba, tal vez por miedo, de las angustias de Herodes. Y es que sucede con frecuencia que el pueblo favorece más de lo que debía a los tiranos cuya opresión sufre y tolera. «Y convocando todos los príncipes de los sacerdotes y los escribas del pueblo». Es de notar aquí la diligencia con que busca a Cristo, lo cual hace con el fin de, si lo encuentra, realizar los planes que más tarde pone en práctica, y si no, excusarse para con los romanos.
Remigio
Son llamados escribas, no solamente por el cargo u oficio de escribir los libros de la Ley, sino principalmente porque interpretan las Sagradas Escrituras. Eran los doctores de la Ley. El Evangelio prosigue: «Les preguntaba dónde había de nacer el Cristo». Debemos aquí notar que no dice: «dónde ha nacido el Cristo», sino «dónde había de nacer». El les pregunta con astucia para poder conocer si ellos se alegraban del nacimiento del nuevo rey. Lo llama Cristo porque sabía que el rey de los judíos debía ser ungido.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
¿Por qué preguntaba Herodes si no creía en las Escrituras? Y si creía en ellas, ¿cómo podía jactarse de hacer desaparecer a Aquél que decían había de ser rey? Estaba instigado por el diablo que creía que las Escrituras no mienten, así son todos los pecadores: ellos no creen totalmente incluso aquello que creen, y si creen es por el brillo invencible de la verdad que no puede estar oculto, y si no creen es porque les ciega el enemigo. Si su fe fuese perfecta, ellos vivirían no como si hubieran de permanecer en este mundo, sino como viajeros y peregrinos que muy pronto lo han de abandonar.
«Y ellos dijeron: En Belén de Judá».
San León Magno, in sermone 1 de Epiphania
Los magos, que habían tenido una señal humana del nacimiento del rey, creyeron que debían buscarle en la ciudad; pero aquél que había tomado la forma de siervo y había venido para ser juzgado y no para juzgar, escogió a Belén para su nacimiento, a Jerusalén para su pasión.
Teodoreto, homilia 1 in concilio Ephesino
Si hubiera elegido la gran ciudad de Roma, se habría creído que el cambio verificado en el mundo era resultado del poder de sus habitantes; si hubiera nacido hijo de un emperador, se hubiera atribuido este resultado a su poder. ¿Qué hizo, pues? Elegir todo lo humilde, todo lo pobre y vil para que no hubiera la menor duda de que era el poder divino el que hacía la transformación del universo. He ahí por qué eligió una Madre pobre y una patria más pobre aún; y he ahí también por qué carece de lo más necesario para vivir. Esto es lo que nos enseña el pesebre.
San Gregorio Magno, homiliae in evangelia, 8
Con razón nace en Belén, pues Belén significa Casa de pan: porque El mismo es quien dijo: «Yo soy el pan vivo que descendí del cielo».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Como ellos debieran ocultar el misterio del rey designado por Dios, sobre todo delante de un rey extranjero, se hacen no ya predicadores de las obras de Dios, sino divulgadores de su misterio. No solamente hacen patente el misterio, sino que alegan el testimonio profético. Por eso añaden: «Porque así está escrito por el profeta», es decir Miqueas, «Y tú, Belén, tierra de Judá» ( Miq 5,2).
La glosa
Esta profecía la pone así, tal como fue dicha, por aquellos escribas que si bien no citaron literalmente, al menos expresaron el auténtico sentido.
San Jerónimo, epistulae, 57
En este lugar se puede acusar a los judíos de ignorantes, porque la profecía dice: «Y tú, Belén Efratá», y no como ellos dijeron: «Y tú, Belén tierra de Judá».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Y más aun, truncando ellos la profecía, llegaron a ser la causa del martirio de los inocentes; porque las palabras del profeta son éstas: «De ti me saldrá aquel que ha de reinar en Israel: su salida desde el principio, desde los días de la eternidad» ( Miq 5,2). Y si ellos hubiesen expuesto la profecía íntegra, considerando Herodes que un rey que existía «desde los días de la eternidad» no podía ser un rey terreno, no hubiera caído en semejante extremo de furor.
San Jerónimo, in Michaeam, 5,2
El sentido de la profecía es el siguiente: tú, Belén, tierra de Judá o Efratá -y se designa así, porque hay otro Belén en Galilea-, aunque seas una pequeña aldea entre las mil ciudades de Judá, sin embargo, de ti nacerá el Cristo que reinará sobre Israel y que será de la familia de David. El ha nacido de mí antes que fueran los siglos. Por eso el profeta añade: «su salida desde el principio, desde los días de la eternidad»; porque «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios» ( Jn 1,1).
La glosa
Pero los judíos omitieron -como se ha dicho- estas palabras, y cambiaron otras; ya por ignorancia, ya para hacer más claro el sentido de la profecía a Herodes que era un extranjero. Así, en lugar de la palabra Efratá, que era palabra anticuada y tal vez desconocida de Herodes, pusieron Tierra de Judá; y en vez de aquello que había dicho el profeta: «eres la menor entre las mil ciudades de Judá» -queriendo dar a entender su pequeñez o poca importancia en cuanto al número de sus habitantes- dijeron: «No eres la menor entre las principales de Judá» para hacer resaltar más la dignidad que había de tener con el nacimiento de tal príncipe. Es decir, tú eres la más grande entre las ciudades que han producido reyes.
Remigio
O bien: Aunque parezcas la más pequeña de entre las ciudades principales de la tierra, no lo eres en realidad porque de tu seno nacerá un soberano que regirá a mi pueblo Israel. Este soberano es Cristo que rige y gobierna al pueblo fiel.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 7
Notad la exactitud de la profecía que no dice: «en Belén estará» sino «de Belén saldrá», manifestando así que allí solamente nacería. ¿Cómo han de referirse estas palabras a Zorobabel 1 según algunos creen? Su nacimiento no fue desde el principio de los siglos: no nació en Belén, sino en Babilonia, y no en la Judea. Otro nuevo testimonio nos dan las palabras: «No eres la menor, porque de ti saldrá», porque entre los judíos ninguno ha dado tanta celebridad a la aldea en que naciera, como Cristo, cuyo pesebre y cuya choza son continuamente visitados por peregrinos de todas partes del mundo después de su nacimiento. Y si el profeta no dijo: «De ti saldrá el hijo de Dios», sino: «De ti saldrá un soberano que regirá mi pueblo de Israel», fue porque convenía condescender al principio con los judíos a fin de que no se escandalizasen y predicar lo que era concerniente a la salvación del linaje humano para conducirlos mejor a este fin. Las palabras: «Que rija mi pueblo de Israel» tienen aquí un sentido figurado, porque Israel quiere decir todos aquellos judíos que creyeron. Si a todos no rigió Cristo, fue culpa de ellos. Si no dijo nada de los gentiles, fue para no escandalizar a los judíos. ¡Ved cuán admirable providencia! Los judíos y los magos se instruyen los unos a los otros. Los judíos oyen decir a los magos que una estrella ha anunciado a Cristo en oriente, y los magos oyen decir a los judíos que las antiguas profecías lo habían anunciado para que, apoyados en este doble testimonio, buscasen con fe más ardiente a aquél que habían anunciado la aparición de una nueva estrella y la autoridad de los profetas.
San Agustín, sermones, 374,2 y 373,4
La estrella que condujo a los magos al lugar en que se encontraban el Salvador y su Madre Virgen hubiera podido conducirlos a Jerusalén. Sin embargo, se ocultó a su vista y no volvió a aparecer sino después que preguntaron a los judíos, y éstos les contestaron: «En Belén de Judá». En esto, los judíos fueron semejantes a los artífices que construyeron el arca de Noé y que perecieron en el diluvio, después de haber preparado a otros los medios de salvarse. O a aquellas piedras que en los caminos marcan las millas, pues mientras sirven de guía a los caminantes, ellas se quedan quietas. Oyeron y partieron al punto los que preguntaban, mientras que los doctores hablaron y se quedaron en Jerusalén. En nuestros días los judíos nos ofrecen un ejemplo semejante, pues hay muchos paganos que cuando les presentamos testimonios irrecusables para probarles que Jesucristo fue anunciado antes de su nacimiento, prefieren acudir a los códices de los judíos, teniendo los nuestros por sospechosos y como invenciones de los cristianos, y a la manera que los magos en otro tiempo dejan a los judíos en sus vanas lecturas y ellos caminan por adorar en la fe.
Notas
- Zorobabel fue gobernador de Judá bajo la soberanía persa hacia el año 520 a.c. Probablemente nacido en Babilonia durante la cautividad.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Aunque Herodes oyó una respuesta que merecía entero crédito por dos motivos -por el testimonio de los sacerdotes y por las palabras del profeta- sin embargo no se doblega en su soberbia a rendir homenaje al rey que va a nacer. Antes, por el contrario, se deja llevar de su culpable deseo de deshacerse de él con astucia. Y como comprendió que no podía conquistar a los magos con halagos, ni aterrorizarlos con amenazas, ni sobornarlos con oro para que consintieran en la muerte del futuro rey, por eso trató de engañarlos. Esto es lo que quieren decir estas palabras: «Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos». El los llama en secreto para que no se dieran cuenta los judíos, de quienes desconfiaba, temiendo que entrasen en el deseo de tener un rey de su nación y frustrasen sus planes. Con gran cuidado les pregunta en qué tiempo habían visto la estrella.
Remigio
Y les pregunta con maña porque era muy astuto y temía que los magos, no regresando donde él, le dejaran sin saber qué hacer para matar al niño.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Quizá esta estrella había sido observada por los magos dos años antes, mas en este caso es preciso admitir que la revelación de lo que significaba no les fue hecha sino después del nacimiento de aquél que anunciaba. Pero después de la revelación del nacimiento de Cristo fue cuando ellos vinieron del oriente, y a los trece días adoraron a aquél cuyo nacimiento les había sido revelado pocos días antes.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 7
O tal vez esta estrella se les había aparecido mucho tiempo antes a fin de que, a pesar del tiempo que habían de emplear en el camino, pudieran llegar inmediatamente después del nacimiento y adorasen al niño envuelto en pañales, para que apareciese más admirable.
La glosa
Según otros, esta estrella no apareció hasta el día del nacimiento del Salvador y desapareció luego que cumplió su ministerio. San Fulgencio nos dice: «El recién nacido creó una nueva estrella». Después de haberse informado del tiempo y del lugar, Herodes quiere conocer la persona del niño, y por eso añade: «Id, e informaos bien del niño». Les manda lo que ellos por sí mismos habían de hacer.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 7
No les dice: «Informaos del rey», sino «del niño», porque ni siquiera podía soportar que se le diese el nombre de príncipe.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Para conducirlos allí se finge piadoso y bajo el manto de piedad afila el cuchillo dando a su crimen el color de humildad, procediendo en esto como todos los criminales, que cuando quieren herir a alguien en secreto, le muestran una humildad y un afecto que están muy lejos de sentir. Esto es lo que quiere decir: «Y cuando le hubieseis hallado hacédmelo saber».
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 10
Finge que quiere prestarle adoración e imagina el quitarle la vida si lo encuentra.
Continúa el evangelista: «Ellos luego que esto oyeron del rey se fueron».
Remigio
Los magos oyeron de Herodes que buscasen al Señor, pero no que volviesen a él, semejantes a los buenos oyentes que siguen los consejos de los predicadores indignos, pero no imitan sus obras.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Este pasaje indica claramente que la estrella, después de haber conducido a los magos a Jerusalén, se ocultó para obligarles a entrar en la ciudad y preguntar a sus moradores acerca de Cristo, y por consiguiente a divulgar el misterio de su nacimiento. Esto por dos razones. En primer lugar, para confundir a los judíos, porque siendo gentiles, solamente con la aparición de la estrella buscaban al Salvador atravesando provincias extranjeras, mientras que ellos, que leían todos los días las profecías sobre Cristo, no habían ido a buscarle habiendo nacido en su propio país. En segundo lugar, para que sirviera de confusión y oprobio a los sacerdotes que, preguntados por Herodes sobre dónde debía nacer Cristo, respondieron: «En Belén de Judá», los mismos que interrogando a Herodes acerca de Cristo no sabían nada de El. Por eso, después de esta pregunta y respuesta añade: «Y he aquí que la estrella que habéis visto en el Oriente iba delante de ellos», para que viendo la obediencia de esta estrella, pudiesen comprender la dignidad y grandeza del nuevo Rey.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
La estrella, para prestar una obediencia más sumisa a Cristo, contuvo su carrera hasta que condujo a los magos a donde estaba el niño; les prestó vasallaje, pero no los mandó. Después de haber prestado al nuevo Rey sus adoradores, inundó la gruta de una luz clarísima, y después de haber iluminado con sus rayos el albergue del divino niño, desapareció. Y esto significan las palabras: «Hasta que llegando se paró sobre donde estaba el niño».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
¿Qué tiene de extraño que el Sol de Justicia naciente se manifieste a los hombres precedido de una estrella? Ella se detiene sobre la cabeza del niño como para decir: «Aquí está». La que no podía hacerlo por medio de palabras, lo hace deteniéndose.
La glosa
Se ve aquí que la estrella estaba colocada en el aire y muy cerca del albergue en que estaba el niño, pues de otro modo no habrían distinguido esta casa de las demás.
San Ambrosio, in Lucam, 2,45
Esta estrella es el camino, y el camino es Cristo, pues por el misterio de su encarnación Cristo es nuestra estrella, astro brillante de la mañana que no se ve donde está Herodes, pero que vuelve a aparecer allí donde está el Salvador y enseña el camino.
Remigio
Tal vez la estrella significa la gracia de Dios y Herodes el diablo. Aquel que por el pecado se sujeta al imperio de Satanás, al punto pierde la gracia. Pero si se arrepiente por la penitencia, al punto la vuelve a encontrar, y no la abandona hasta que lo conduce a la casa del niño, esto es a la Iglesia.
La glosa
La estrella es la fe iluminando nuestras almas llevándolas a Cristo, de la cual se ven privados los magos apenas se dirigen a los judíos, porque al pedir consejo a los malvados se pierde la verdadera luz de la verdad.
La glosa
Después de habernos manifestado la sumisión de la estrella, el evangelista nos refiere el gozo de los magos: «Y cuando vieron la estrella, se regocijaron en gran manera».
Remigio
Conviene notar que el evangelista no se contenta con decir «se regocijaron», sino que añade «en gran manera».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Ellos se regocijaron porque en vez de ver fallidas sus esperanzas, fueron, por el contrario, confirmadas más y más, y porque veían recompensadas las penalidades de un camino tan largo.
La glosa
Se alegra con gozo aquel que se alegra en Dios, que es el verdadero gozo. Añadió el evangelista en gran manera, porque se alegraban en el acontecimiento más grande.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
El misterio de la estrella les había hecho presentir que la dignidad del Rey que había nacido aventajaba a la de todos los reyes de la tierra.
Remigio
Añadió en gran manera, queriendo mostrar que más alegría causa a los hombres el encontrar lo que han perdido, que aquello que siempre poseyeron.
Continúa el evangelista: «Y entrando en la casa, hallaron al niño».
San León Magno, in sermone 4 de Epiphania
Pequeño de cuerpo, necesitando de los cuidados de los demás, incapaz de hablar y sin diferenciarse en nada de los demás niños, porque así como eran incontestables a causa de los testimonios que afirmaban que en él se encontraba invisible la majestad de Dios, de la misma manera debía probarse que aquella esencia eterna del Hijo de Dios estaba unida a la naturaleza humana.
«Con María su Madre».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
No coronada su cabeza con diadema imperial, ni tampoco recostada sobre dorado lecho, sino teniendo apenas una sola túnica, no con que adornar su cuerpo, sino con que cubrir la desnudez, como la debía tener para viajar la esposa de un carpintero. Si ellos hubieran venido buscando a un rey terrenal indudablemente, se hubieran llenado más bien de confusión que de alegría, por haber sufrido sin resultado las molestias e incomodidades de un camino tan largo. Pero como ellos buscaban un rey celestial, y aun cuando con los ojos corporales no veían allí nada propio de rey, satisfechos, sin embargo, de lo que la estrella les decía, se regocijaban a la vista de este pobre niño, cuya majestad resplandecía en sus corazones y veían con los ojos del espíritu. Por eso, «postrándose le adoraron». Veían a un hombre, pero reconocían a Dios.
Rábano
Providencialmente José se había ausentado, no fuese que los gentiles tuvieran una mala sospecha.
La glosa
Aunque sus ofrendas fuesen conformes a las costumbres de su país -en Arabia abunda el oro, el incienso y otra porción de aromas- con estos dones, no obstante, querían significar que allí se encerraba un misterio. Por eso dice a continuación el sagrado texto: «Y abiertos sus tesoros, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 10
El oro corresponde al rey, el incienso formaba parte de los sacrificios que se hacían a Dios, y la mirra sirve para embalsamar a los cadáveres.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
Se le ofrece el oro como a un gran rey, se quema el incienso en su presencia como delante de Dios, y se le ofrece la mirra como a aquél que había de morir por la salvación de todos.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Aunque ellos no comprendían qué misterio era éste ni qué significaba cada uno de sus dones, poco importaba, porque la misma gracia que los inducía a hacer estas cosas, lo tenía todo dispuesto y ordenado.
Remigio
Debe notarse que cada uno de los tres no presenta por sí separadamente uno de los tres dones, sino que cada uno ofrece los tres, predicando así al rey, al hombre y a Dios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 7
Avergüéncense Marción y Pablo de Samosata, que no quieren ver lo que vieron los magos progenitores de la Iglesia, que adoraron a Dios hecho hombre. Que era hombre lo dicen aquellos pañales y aquel pesebre. Que lo adoraron no como a un simple mortal, sino como a Dios, lo testifican esas ofrendas que no convienen más que a Dios. Llénense también de confusión los judíos, que fueron prevenidos por los magos y rehusaron ir en pos de ellos.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 10
Esto también puede significar otra cosa, entendiéndose por el oro la sabiduría, según la frase de Salomón: «Tesoro apetecible reposará en la boca del sabio» ( Prov 21,20); por el incienso que se quema delante de Dios, la virtud de la oración, conforme al versículo de David: «Suba derecha mi oración como incienso en tu presencia» ( Sal 140,2), y por la mirra la mortificación de la carne. Ofreceremos, pues, oro a este nuevo Rey, si resplandecemos delante de él con la luz de la sabiduría; el incienso, si por medio de la oración con nuestras oraciones exhalamos en su presencia olor fragante; y mirra si con la abstinencia mortificamos los apetitos de la sensualidad.
La glosa
Los tres hombres que ofrecen a Dios sus dones representan a sus pies las naciones venidas de las tres partes del mundo. Mientras abren sus tesoros, hacen salir del fondo de su corazón la confesión de la fe. Lo hacen «en la casa» para enseñarnos que no debemos publicar los tesoros de nuestra alma. Ofrecen tres dones, esto es, la fe en la Santa Trinidad. También puede entenderse que de sus tesoros abiertos ellos ofrecen los que son figuras de los tres sentidos de la Sagrada Escritura: el histórico, el moral y el alegórico; o las tres partes de la ciencia: la lógica, la física y la moral, ciencias todas que sirven a la fe.
San Agustín, in sermonibus de Epiphania
El impío Herodes, hecho cruel por el temor, quiso desencadenar su furor. Pero, ¿cómo la malicia había de enseñorearse del que había venido a este mundo para extirpar a la misma malicia? Por eso, para quebrantar el fraude, añade el evangelista: «Y habida respuesta».
San Jerónimo
Los que habían ofrecido dones al Señor bien merecían recibir esta respuesta. Esta fue dada por un ángel para que se demostrara bien claramente el privilegio de los méritos de José.
La glosa
La respuesta fue dada por el Señor, porque ningún otro trazó este camino para volver, sino aquel que dijo: «Yo soy el camino». Sin embargo, no es el niño el que les habla, a fin de que la divinidad no se revele antes de tiempo y sólo aparezca la verdad de la humanidad. Dice pues: «Y habida respuesta», porque así como Moisés clamaba en silencio, de la misma manera ellos preguntaban la voluntad divina en el silencio de sus piadosos deseos. Y añade: «Se volvieron a su tierra por otro camino», porque no debían ellos mezclarse más con los judíos infieles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 8
Mira la fe de los magos: ellos no se escandalizan diciendo: «Si este niño es un gran rey, ¿por qué huir y ocultarse?» La fe no consiste en averiguar las causas de las cosas que se nos manda que hagamos, sino en obedecerlas por ellas mismas.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
Si los magos hubieran buscado al Salvador como a un rey terrenal, una vez que lo hubieran encontrado no lo habrían dejado jamás. Pero no fue así, sino que lo adoraron y se volvieron. Después de haber vuelto a su país, se mostraron más fieles a Dios que antes, y con su predicación convirtieron a muchos. Más tarde, cuando Tomás llegó a aquellas regiones, se unieron a él, y después de bautizados fueron sus compañeros en la predicación del Evangelio.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 10,7
Los magos, al volverse a su país por otro camino, nos enseñan una gran lección. Nuestra patria es el Paraíso. Después de haber conocido a Jesús, nos está prohibido volver a esta patria por el mismo camino que hemos venido recorriendo. En efecto, nos alejamos de esta patria por el orgullo, la desobediencia, el apego a las cosas visibles, comiendo el fruto prohibido. Y no podemos volver a ella sino por el camino de las lágrimas, de la obediencia, del desprecio de las cosas visibles, y refrenando los apetitos de la carne.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 2
No era posible que los que habían venido de Herodes a Cristo, volviesen de Cristo a Herodes. Y verdaderamente, los que, habiendo abandonado a Cristo, por el pecado se vuelven a Satanás, por la penitencia retornan a Cristo. Porque quien estuvo en la inocencia cuando no sabía lo que era el mal, fácilmente es engañado, pero cuando ha experimentado el mal en el que ha caído y recuerda el bien que ha perdido, vuelve con arrepentimiento a Dios. En cambio, quien habiendo abandonado al diablo, se vuelve a Cristo, difícilmente vuelve al diablo, porque mientras se regocija con el bien que ha encontrado y se acuerda de los males de que se libró, difícilmente vuelve al mal.
