El Evangelio (Jn 16, 29-33) de la liturgia de hoy, 2 de junio, se destaca a final esa expresión de Jesús dirigida a sus discípulos avisándoles de lo que les espera mientras estén en esta vida, pero a su vez les anima a que tengan valor, pues por muchas que sean las dificultades —luchas y persecuciones— Él ya ha vencido al mundo.
El pasaje Evangélico tiene una primera parte en que los discípulos confiesan creer que Jesús el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Y Jesús viene a decir: por fin ya creéis; pero que sepaís que mi reino no es de este mundo, de modo que no tendré un trono en está tierra, sino que seré perseguido, hasta extremos que os atemorizaréis y me abandonaréis, dejándome solo. Pero pese a todo permanecer en paz, fieles a mí, porque participaréis de mi victoria sobre el mundo.
En algunas traducciones del Evangelio usan el término “persecuciones” en lugar de “luchas”; pero seguramente sea más acertado este, pues tiene un significado más amplio y completo de la realidad de la fe en Cristo en medio de este mundo. Es decir, que todos los que “apuesten” —tengan fe— por Jesús, padecerán las consecuencias de la cristianofóbia siempre existente y además las acechanzas —en formas de tentaciones— del Maligno que procurará la perdición de todos los seres humanos. Pero, ante este panorama, Jesús nos pide no desanimarnos, pues por mayores que sean las dificultades que encontremos por un mundo hostil, estando con Él, al igual que Él está con el Padre, saldremos vencedores.
Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 29-33
En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús:
«Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús:
«¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo».
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Catena Aurea
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78
Como los discípulos se habían reanimado al oír que eran amigos del Padre, dijeron que entonces conocían que Jesucristo lo sabía todo, y por esto sigue: «Dijeron sus discípulos: Ahora hablas claramente y no dices ninguna parábola».
San Agustín, in Ioannem, tract., 103
Siendo así que tan sólo les ha prometido que en aquella hora futura les hablará sin parábolas, ¿por qué dicen esto, sino porque sabiendo el Señor que para los ignorantes son parábolas aquellas cosas que El sabe, y que de tal modo no las entienden, que ni aun ellos mismos conocen que no las entienden?
Crisóstomo, ut supra
Como el Señor responde a lo que ellos pensaban, exclaman: «Ahora conocemos que tú sabes todas las cosas». Observad la imperfección en que se hallan, que aun después de haberles dicho tantas y tan grandes cosas, dicen: «Ahora conocemos (y esto lo dicen como si le dispensaran una gracia) y no hay necesidad de que nadie te pregunte»; esto es, antes que oigas, conociste las cosas que nos escandalizan, y nos tranquilizaste diciendo: «Porque el Padre os ama».
San Agustín, ut supra
¿Por qué los discípulos se creyeron en el deber de decir a Aquel que conoce todas las cosas: «No es menester que nadie te pregunte», cuando debieron decir: «No tienes necesidad de preguntar nada»? cuando ambas cosas sucedieron; que preguntara el Señor y que fuera preguntado. Pero esta dificultad se resuelve fácilmente, porque más convenía a ellos que al Señor el preguntar que el ser preguntados; porque el Señor no tenía necesidad de preguntarles para aprender nada de ellos, sino más bien para enseñarles, y a los que preguntaban les era ciertamente muy provechoso el aprender algunas cosas de Aquel que las conocía todas, pues el Señor no necesitaba ser preguntado por aquel que quisiera saber algo de El, por cuanto previamente sabía la voluntad de los que preguntaban. No es gran cosa para Dios el prever los pensamientos de los hombres, pero sí lo era para sus pequeñuelos súbditos que dijeron: «En esto creemos que saliste de Dios».
San Hilario, De Trin. 1, 6
Creen que ha salido de Dios, porque hace aquello que es sólo de Dios. El Señor les había dicho repetidas veces: «Yo de Dios salí y he venido al mundo desde el seno de mi Padre», y no se admiraron de lo que tantas veces habían oído; por lo que ahora no dicen: Viniste del Padre a este mundo, porque no sabían que había sido enviado por Dios, pues ignoraban que hubiese salido de Dios. Pero comprendiendo el inefable origen del Hijo por la virtud de su palabra, ellos empezaron a darse cuenta cuando El les confesó que les hablaba sin parábolas. Y ciertamente es muy distinto que nazca un hombre a que Dios sea engendrado, precisamente porque no se trata de un parto como el de los hombres, sino que hablamos de la generación de Dios. Es, pues, uno de uno; no es porción, no es apocamiento, no es disminución, no es derivación, no es extensión; ni sufrimiento, sino nacimiento de viviente de una naturaleza de viviente; no es una criatura elegida para recibir el nombre de Dios; no ha recibido su ser de la nada, sino que ha nacido de un ser permanente, porque la palabra salir significa un nacimiento, no un comienzo.
San Agustín, ut supra
Después, considerando la debilidad en que todavía se encontraban en cuanto al hombre interior, les da el siguiente aviso: «Jesús les respondió: Ahora creéis».
Beda
Lo cual puede entenderse de dos modos. Como ironía: tarde habéis creído: «He aquí que viene la hora»; y como afirmación tiene este sentido: Verdad es lo que creéis: «Pero he aquí la hora en que os disperséis, y huyendo cada uno, me dejéis solo».
San Agustín, ut supra
Porque cuando el Señor fue prendido, no sólo le abandonaron corporalmente, sino que también abandonaron la fe.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 78
Cuando yo seré entregado y vosotros os disperséis, será tal el temor que os dominará, que ni podréis retiraros juntos, mas de esto ningún daño resultará para mí. Y añade: «Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo».
San Agustín, ut supra
Con esto quería levantar su inteligencia, que comprendieran que el Hijo al salir del Padre no le abandonaba; y concluye diciendo: «Esto os lo he dicho para que tengáis la paz en mí».
Crisóstomo, ut supra
Esto es, para que no me echéis de vuestro corazón, porque la adversidad no sólo os dispersará cuando yo seré aprehendido, sino que mientras estaréis en el mundo seréis atribulados y perseguidos, que esto significan las palabras «En el mundo seréis oprimidos».
San Gregorio, Moralium, 26, 11
Como si dijera: Llevad en vuestro interior un consuelo que os reanime, porque el mundo exterior se ensañará cruelmente con vosotros.
San Agustín, ut supra
El principio de esta persecución tomará su origen de las palabras «Viene la hora en que seáis dispersados cada uno por su lado». Pero esto no había de ser para siempre, porque añadió: «Y me dejaréis solo». Pero no quiere que continúen en las mismas tribulaciones que después de su ascensión habían de tener en este mundo, en términos que le abandonen, sino que encuentren en El la paz, y por esto dice: «Mas tened confianza».
Crisóstomo, ut supra
Esto es: levantad vuestro corazón, pues no es digno de que los discípulos desfallezcan, habiendo el maestro triunfado de sus enemigos. Y sigue: «Porque yo he vencido al mundo».
San Agustín, ut supra
Recibido el Espíritu Santo, adquirieron confianza, y vencieron, no sólo en El, pues no hubiera vencido Este al mundo si el mundo hubiera vencido a sus miembros. Cuando dice: «Os he dicho esto para que tengáis paz en mí», debemos entender que no sólo se refiere a lo que había dicho poco antes, sino a todo lo que dijo desde que empezó a tener discípulos. O bien a aquel largo y admirable sermón que les predicó después de la cena. Esta recomendación de que tuviesen paz en El, no tendrá fin, sino que será el fin de todas nuestras intenciones y obras.
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