Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis (Lc 6,21b).
Bienaventurados los afligidos, porque ellos serán consolados (Mt 5,5).
Dios no está ausente, sino total y principalmente presente de manera extraordinaria en el corazón del hombre doliente. Dios está en su corazón, generando amor, desafiando las circunstancias adversas e inhumanas. Dios está manteniendo lo humano en lo «des-humano».
El dolor y la pobreza son estados privilegiados para dar con Dios, con su presencia amorosa. El único modo de acercarnos con seguridad a Dios es compartiendo el sufrimiento.
Jesús experimentó el mal, y su respuesta es un macarismo: «dichosos los que sufren…». El mal se trueca en bienaventuranza; es la solución del místico que confía en Dios, que le dará la victoria final. El cristiano supera el mal desde la esperanza de ser doblegado, de que no tenga la última palabra. Creer desde la experiencia del mal quebranta el fatalismo.
Jesús no comprende con exactitud el mal que padece: ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34), pero no retrocede, persiste. El dolor y el no tenerlo todo absolutamente claro no es más poderoso que el amor. Jesús responde al mal con el amor.
Lo importante, lo que nos debe de preocupar, no es el comprender el mal, sino nuestra actitud al afrontarlo, nuestra respuesta vindicativa de amor.
En el paso por el dolor y por la muerte, hay una esperanza, un relumbrar de la gloria, del amor victorioso. El sufrimiento no es desesperante si se hace sacrificio, si se abre a lo religioso.
Sólo la mirada de fe, la mirada que transciende las circunstancias, la situación por más dura que sea, puede asumir esa realidad santificándose en ella, porque ella es la carne dada. Si las condiciones existenciales inhumanas no se transcienden, se hacen humanamente insoportables. Sólo queda la divinización o la desesperación.
Dios ofrece su gracia a todos y especialmente a los que sufren, son perseguidos, pobres, humillados, destrozados por el dolor… Quien en esas circunstancias de des-gracia se abre a Dios, le recibe, recibe su amor, su gracia,… será dichoso, bienaventurado. Esto es cierto; debemos creerlo.
El sufrimiento ofrecido es fuente de gracia, y unido al de Cristo, adquiere valor infinito.
Hasta el dolor, lo más inútil y sin sentido de la vida, puede tener un gran valor e importancia, si es bendecido (si entra en conexión con la vida del Espíritu divino).
Ninguna lágrima pasará desapercibida, ni se perderá en el tiempo…