El ser humano camino de ser un sinvergüenza

Es obvio que cada vez más las personas que transitamos por este mundo «traidor» donde nada parece verdad ni mentira, donde no hay nada a qué atenerse ni a qué ser fiel ni de qué responsabilizarse, ni tribunal de la conciencia a quien dar cuentas, no admite sujetarse o someterse a nada que no sea el de su capricho o voluntad instintiva de placer, poseer y poder.

En esta tesitura, pues, nos podemos encontrar de todo —e incluso asumirlo como cosa lógica—. Es una lógica sinvergüenza con la que se transita como si nada, sin que a nadie parezca chocarle o darlo mayor importancia. Vean, si no, en este «salirse con la suya» en cada momento y circunstancia, cueste lo que cueste, cómo el ser humano de  hoy día violenta la ley natural, la moral del sentido común, de la recta razón,  hace de su capa un sayo, obteniendo su propósito o para obtenerlo, sin importarle lo más mínimo otras consideraciones o posibles consecuencias.

En fin, que hemos llegado a ser es tipo de individuo que sólo valora satisfacer los deseos, su afán posesivo y su voraz impulso de poder, aunque se vuelva un canalla o un bestia astuta.

Algunos datos ilustrativos:

  • A nadie le importa la impresionante y desgarradora realidad del aborto. Se convoca una manifestación sobre el tema… ¡y no asiste nadie! Nadie se inmuta. (Cuando digo a nadie, es nadie; el que escribe estas líneas ha estado en varias manifestaciones reivindicando para otros ciertos derechos vulnerados, y de más de 6 millones de personas del lugar donde se celebraban acudieron apenas unos cientos).
  • Sobre la corrupción, resulta sorprendente los niveles que han alcanzado, cualquier desde los más humildes hasta los personajes de mayor estatus transitan en ella con una insensibilidad absoluta, con una total falta de escrúpulos. Se ha socializado, hasta llegar a convertirse una autojustificación por autodefensa de poder subsistir ante las gabelas confiscatorias del Estado, que vampiriza de la ciudadanía como –o peor– un vulgar señor feudal de antaño.
  • La exacerbación del egoísmo y el hedonismo, sobre todo en la juventud. La vagancia y el nulo esfuerzo se ha instalado como dominador común. A esta gente no les pidas que se movilicen por una causa, que hagan algo generosamente por algo o alguien, que —a excepción de unos cuantos, muy poco, bien definidos—, nada, una amarga decepción. Este fin de semana, hubo una concentración importante en pro la democracia y en defensa de la unidad de la patria; no hubo apenas jóvenes; y en cambio, en un derbi futbolístico que en esa misma fecha se celebraba, el partido registro un lleno absoluto, en su mayoría jóvenes.
  • Hoy lo que se lleva, lo progre, lo que resulta digno de ostentación y elevado, es el desprecio por lo moral, como algo caduco, de tiempos pretéritos, de una tradición superada y hasta despreciada; hoy se está en la tecnología, en la liberación, en el progreso ilimitado, en el último aparato informático, en el chapoteo de las redes sociales, en las relaciones líquidas, en las postverdades, etc., donde lo ético o moral no tiene cabida ni sentido.
  • Los regionalismos y nacionalismos que, movidos por intereses estrictamente propios (por así calificarlos), pretenden obtener la mayor tacada posible y a su vez romper la unidad de la patria. Lo cual lo llevan a cabo con el argumento que imponen de la voluntad de poder (de base social, que han creado a base de inculcar el odio, el egoísmo, la mentira, etc.) sobre la ley existente. La ley constituida, para estas gentes carece de valor, respeto, etc., en comparación de su voluntad. Lo importante —y esta es la lógica que tanto domina hoy día— es la voluntad propia, la de salirme con la mía.

Valga estos botones de muestra —a los que podrían añadirse muchos más—, para sostener una verdad palmariamente real: no hay nada —ni la ley natal inscrita en el ser de cada persona— que detenga a nadie de hacer su antojadiza voluntad, mientras campa como un vulgar sinvergüenza. Este ser humano ideologizado por el wokismo, heredero o actualización del materialismo histórico, se ha fanatizado por la soberbia de creerse autocreador, sustituyendo a Dios, y campando por sus respectos, actuando a su antojo, sin miramientos éticos o consideraciones debidas, abandonándose a una supuesta libertad absoluta, sin valorar que la libertad  real y auténtica está vinculada al bien y la verdad. 

Lo cual pone a las claras lo que es un evidente signo de identidad del tipo humano de nuestros tiempos. Tiempos en los que se nos encomendó bíblicamente estar atentos a la observancia de sus signos, para no vernos desgraciadamente sorprendidos.

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