El poder de Dios se identifica con la misericordia

Rostro-de-Cristo.-.De Rembrandt.

Dios mira la cosas con una mirada de piedad, de tierna quietud. Dios transciende caritativamente la estricta realidad, especialmente la dolorosa. La vida humana tiene un ineludible componente de dolor. Aunque Dios ha creado la vida, Dios no tiene nada que ver con el sufrimiento, ni lo ha creado ni lo utiliza —como algunos creen— para corregirnos, castigarnos,… o probarnos. ¡Dios es amor misericordioso!, y su designio sobre sus «hijos humanos» es de que sean felices, santos, semejantes a Él.

Tal vez, en otros tiempos, en los del Antiguo Testamento, Dios corrigiera la conducta desobediente, infidelidad e idolatría, de perdición, y en definitiva la transgresión de su designio de salvación consistente en el cumplimiento de su voluntad expresada en el Decálogo y los Profetas, a través de esa pedagogía elemental del castigo, como último recurso y autoinflingido correctivo; pero, con la llegada de Jesucristo a la historia humana nos mostró un rostro tierno y misericordioso de Dios, dispuesto siempre a perdonar…, y a guiarnos con la presencia del Espíritu Santo. 

Dios no se desentiende del hombre que padece el dolor. Todo lo contrario, se hace más próximo, se implica, se solidariza encarnándose en esas condiciones humanas lamentables. Cristo Dios sabe mucho —lo sabe todo— de cruces humanas.

Dios se implica con el hombre, con el hombre zarandeado por la vida, en sus dolorosas circunstancias, combatiéndolas a base de amor. Dios entra en la historia humana, se encarna, asume el drama… Dios se expone como un niño, débil e indefenso, en medio de las fuerzas del mundo. El mal lucha con todo tipo de violencias, poderes y armas, Dios sólo con la del amor. El grado de su vulnerabilidad, de su disponibilidad e implicación extremas, da la medida de su amor.

La gracia de Dios —su amor compasivo— está reservada especialmente para el hombre «ultrajado» por una realidad adversa. Místicamente esa realidad dolorosa se vuelve lugar de encuentro entre Dios y el hombre amado que sufre; Dios —conmovido— se hace ahí especialmente cercano.

Dios se ha empeñado en un designio de salvación y de felicidad completa, santa e inmortal, para sus hijos, los seres humanos. Y en este cometido no retrocede, con Cristo hecho el resto en ese propósito. Y nosotros ya le podemos echar causas, motivos de reprobación, ya le podemos negar y revolvernos contra Él…, que Él no va a cejar en su postura de perdón, de tener los brazos tendidos para acogernos misericordiosamente, y salvarnos.

Lo más común, lo «lógico», sería abandonar a su suerte a aquel que te rechaza y dejarle… Pero Dios no piensa así, no es así. Dios, su lógica, es la del amor misericordioso. El poder de Dios se manifiesta en una misericordia de grado desconocido, insondable e invencible.

Estemos confiados en Dios, en este nuestro Dios, cuyo rostro nos revela Cristo, porque no nos va a dejar nunca, pase lo que pase, e incluso, le hagamos lo que le hagamos. Su misericordia —que parece fragilidad— es poder omnipotente.

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