El globalismo o pensamiento único: el progresismo, o sea el materialismo cultural, tanto de izquierdas como de derechas. A esto se ha llegado. En sentido estricto ha modificado el significado, o por ser más precisos, ha quedado obsoleto la antigua división izquierda-derecha.
La izquierda más recalcitrante ha ganado la partida, se ha autodenominado eufemísticamente: fuerzas progresistas (¿A ver quién es el guapo que se opone a esa palabra mágica: progreso?). Y la derecha tradicional ha perdido expresión de impacto: conservadores, es un término clásico, manoseado, desgastado, sin fuerza; y máxime en un mundo del constante cambio, líquido, relativista…
Otra palabra mágica es empatía. Que viene a sustituir a la desgastada solidaridad, pero metiendo una carga de profundidad: la que quien no piensa y actúa empalizando con el otro es alguien que se debe sentir acomplejado, culpable, avergonzado de sí… por no sentir nada por los demás. Esto tan noble y de amor misericordioso al prójimo -digno de lo más genuino cristiano-, en el fondo y en realidad, no es sino postureo y eficaz añagaza, a la que se avienen y apuntan muchas élites, gente protagonista social, pero sin que les suponga un mínimo de sacrificio personal; tan es así, que hoy día se da una mayor desigualdad y hay más y más ricos de izquierdas que nunca, en número y en cantidad de riqueza (es decir, la llamada izquierda kaviar).
El materialismo marxista es más grave de lo que nadie imagina, pues incluso hasta el liberalismo lo profesa en cuanto solo admite la materia como única razón de lo que existe, negando el alma trascendente.
La difusión mundial del materialismo marxista ha llegado a tal alcance que se está convirtiendo en pensamiento único universal. Ya advirtió la Santísima Virgen en Fátima sobre el peligro de la extensión de esa concepción desde Rusia al resto del mundo y posteriormente también lo hizo al hablar al padre Gobbi sobre las bestias del Apocalipsis…
Siguiendo a Marx, las izquierdas focalizaron su lucha en la estructura económica, no en las superestructuras o ideologías; el capitalismo, los propietarios de los medios de producción eran los enemigos a batir… Ahora, esto ya no es así: la lucha de la gente de izquierdas ya no se da en la arena de la economía, pues la comparten ante el triunfo de un capitalismo moderado, del que participa, no hay otro sistema que el libre mercado; los propios políticos de izquierdas son muchos de ellos, personas adineradas, con propiedades, etc. e incluso muchos de ellos son miembros de consejos de administración de empresas multinacionales o las bosas -mercados de valores- (en España, del Ibex 35. El lobby del Ibex ¾200 “inversores”¾ que vive del monopolio y del favor del Gobierno, más especuladores dedicados a comprar España a precio de saldo).
El marxismo, aunque ha caído como modelo económico, sigue queriendo ser modelo antropológico. Tras el fracaso del marxismo soviético y la perdida la batalla de los modelos económicos, ya no aspira a subvertir las relaciones de producción. El hecho económico, pues, no es el caballo de batalla de los partidos políticos. Ahora el terreno de sus luchas es el de los valores y principios, generalmente morales; pero no entre ellos, pues tantos los unos como los otros participan de la misma cosmovisión materialista. ¿Entonces…? El liberalismo, o progresismo de derechas, se ha unido las izquierdas, en su autoprogresismo o fuerzas progresistas. O sea, que todo pensamiento actual político ha devenido en un fenómeno «progre»; es decir, en un materialismo cultura, que pretende transformar la sociedad a través de los iconos de la revolución del 68: la ingeniería social, la revolución sexual, el feminismo radical, la ideología de género, el aborto, la eutanasia, la ecología de propaganda, la bioética invasiva, la educación estatalizada, el modelo de familia desestructurada….
Ese materialismo progre establecido como cultura global y pensamiento políticamente correcto se ha asumido como única verdad.
¿Y quién, pues, se encuentra ante esta común y única visión política o globalismo, como alternativa opositora…, si es que la hay? Solo quedan: la realidad u orden natural y la cosmovisión (espiritual y moral) cristiana.
La lucha del un combate entre el marxismo cultural heredero de los ideólogos materialistas de la Escuela de Frankfurt es, pues, contra el pensamiento tradicional de quienes creen en las verdades de la religión y/o en la ley natural. Acabar con la ley natural, con el orden establecido en la Creación, desde siempre, para subvertir la realidad, solo cabe que se precipite el caos o que sobrevenga una crisis de dimensiones planetaria -a lo que ha venido a ayudar la pandemia del coronavirus-. Es la manera de exterminar la visión que dimana de la traición cristiana, y remplazarla por el progresismo ideológico del materialismo marxista.
Bajo ya masiva y poderosa la influencia y el adoctrinamiento constante de los medios de comunicación, la prensa, el cine, la educación y ya hasta internet -y sus redes sociales- completamente progresistas, impulsan el marxismo cultural, y atacan a cualquier que hable con el sentido común de siempre y que se atrevía a decir lo que muchos o todos piensan, pero que nadie se atreve a decir para evitar el mazo de la dictadura de lo políticamente correcto” y te apliquen un delito tipificado como «crimen de odio».
A la Ley Natural la tratan de reliquia ideológica y un vestigio del pasado, y a la Iglesia, a la que tienen como el enemigo a batir, la fustigan en cuanto pueden y más, a base de «fake new» o agrandando sus defectos hasta límites insospechados.
En fin, ante tal pestilente olor a azufre que parece proceder del averno y que atufa al mundo, solo cabe confiar en la esperanza de estas palabras del Señor de la Historia: «las fuerzas del infierno no prevalecerán…» (M 16,18).
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