El Dios que existe salvo al drogadicto

En cierta ocasión, una intelectual “progre” e incrédula pronunció una conferencia en la cual trató de demostrar que Jesucristo nunca había existido y que era más bien un personaje de leyenda, fruto de mentes calenturientas y del anhelo del ser humano que proyecta en alguien que encarne el sueño de un humanismo prodigioso, perfecto.

Cuando concluyó su exposición, un hombre aún joven se levantó de entre los asistentes y tomando la palabra refirió lo siguiente:

“Ninguno de ustedes me conoce. Pero les voy a contar brevemente mi experiencia. Yo hasta hace tres años fui un drogadicto sin remisión. Por entonces mi casa, como se pueden imaginar, se convirtió en un infierno. Pasé todo tipo de asociaciones de antidrogadición trataron de recuperarme por todos los medios, pero fue inútil. Me echaron del trabajo. La impotencia y la desesperación vinieron a sumarse a aquel espantoso vicio. Me volví violento. Las cosas fueron a mayores: atracos, asaltos a farmacias… Se pueden imaginar. Hasta que finalmente, la policía me atrapó. Y pasé una larga temporada entre rejas. La Dirección de la prisión y su personal trataron de ayudarme con terapias de desontificación; me alentaban a que cambiara y a que reanudara una nueva vida; pero todos sus esfuerzos fueron en vano. Hasta que un día, por medio un voluntario de una ONG, que nos visitaba semanalmente, conocí a Jesús. Y ese tal Jesús, que para usted es una quimera, a mí me salvó. Me liberó del vicio enfermizo que me había encadenado durante años. Ahora, si me permite, quisiera hacer una pregunta a la oradora: ¿Cómo es posible que nadie…, instituciones y organizaciones de todo tipo, con personal técnico, médicos, orientadores y psicólogos, hayan fracasado conmigo, y sin embargo, entrar en contacto con Jesucristo y el milagro de mi transformación se haya producido? ¿Dígame, cómo se explica, según usted, que lo que no existe produzca tales resultados­?”

Y se produjo un silencio, un significativo silencio.

 

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