El delicado respeto de Dios y el factor humano (y II)

Somos vasijas de barro conteniendo un tesoro que pueden en cualquier momento romperse y derramar su contenido.

El riego del factor humano es evidente, y es algo que deberíamos realmente temer, temer a cuanto inadecuado pueda salir de uno mismo. La hechura de nuestro ser propicia que en cada momento de nuestra vida tengamos la posibilidad de tomar decisiones apropiadas, dignas, que se ajusten a la nobleza que nos corresponde como seres humanos, vocacionados a ser hijos de Dios.

Hay que tomarse muy en serio, por hay mucho en juego, la grandeza de nuestra dignidad, fundamentada en la libertad otorgada por el Creador. Decía san Agustín en una expresión certera de un canto a la libertad: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Libertad que conlleva un riesgo dramático: el de condenarse, el de perderse irremisiblemente. Pese a la misericordia de Dios y  a su voluntad salvadora; Él por la decisión tomada al crearnos de otorgar semejante grandeza a nuestro ser, se ha comprometido a respetar nuestra voluntad hasta el extremo; de tal modo que sí no nos arrepentimos de nuestras decisiones equivocadas, contrarias al bien, pecaminosas, que nos distancian de El, no seremos perdonados, salvados. Aquí el factor humano será determinante.

Dada la fragilidad de nuestro ser, la precariedad en que nos encontramos tras el “pecado original”, la contingencia de la carne, el mundo, las acechanzas del diablo… Todo ello nos pone en una situación de riesgo. La presencia de Dios en nosotros puede salvaguardar esa evidente vulnerabilidad.

Nadie hay exento de cometer errores, morales o de otra índole o saberes, que ponen de manifiesto que no somos perfectos. Sabemos de los errores cometidos por gente santa muy próxima a Dios, que a pesar de su santidad no siempre han acertado en todo. Y es más, cabría pensarse que el mismo Dios les podría haber advertido de tal o cual equivocación; pues, bien, Dios se ha mantenido -pese al trato y la amistad con esa personas- en silencio, sin ir más allá, sin ingerirse, sin inmiscuirse, y asumir lo que supone la contingencia humana, llena de carencia y limitaciones.

 

La humildad que conduce a la confianza en Dios y el arrepentimiento que posibilita la acción de la misericordía divina pueden salvarnos, contínuamente; ahora y para siempre. Así pues, esto es lo que compete al factor humano: la humildad, la confianza, el arrepentimiento; lo demás lo pone Dios Salvador.

Terminamos como un genial pensamiento -como todos los suyos- de Simone Weil[1]:

         “Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización. (…) La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.”

         “La humildad consiste en saber que en lo que se denomina “yo” no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse”.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, pp.87 y 79.