Somos vasijas de barro conteniendo un Tesoro que puede en cualquier momento romperse y derramar su contenido. Es el temor a lo valioso. Es la responsabilidad que pesa sobre los hombros de la dignidad humana en proporción directa a su grandeza. Lo inimaginable ha sucedido: Dios nos ha otorgado algo de Sí.
El riego del factor humano es evidente, y es algo que deberíamos realmente temer, temer a cuanto inadecuado pueda salir de nosotros mismos. La hechura de nuestro ser propicia que en cada momento de nuestra vida tengamos la libertad de tomar decisiones apropiadas, dignas, que se ajusten a la nobleza que nos corresponde como seres humanos, vacacionados a ser hijos de Dios.
Hay que tomarse muy en serio, porque hay mucho en juego, la grandeza de nuestra dignidad, fundamentada en la inigualable libertad otorgada por el Creador, se traduce en la responsabilidad de que no se quebrante el designio divino sobre nosotros: ser artífices de santidad a semejanza Suya. Para que esto sea así, valioso, Dios «se retira», se mantiene silenciosamente presente, dejando que, asumiendo la grandeza otorgada, obremos actos de amor. Dios calla, a veces de forma dramática, impotente, como suspendido en la cruz, ante las decisiones inadecuadas, deshumanizadas, de sus hijos, que quebrantan dolorosamente lo querido por Él para nosotros. Quisiera intervenir, peo calla; para no limitar lo que somos.
Decía san Agustín en una expresión certera de un canto a la libertad: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti«. Libertad que conlleva un riesgo dramático: el de condenarse, el de perderse irremisiblemente. Pese a la misericordia de Dios y a su voluntad salvadora; Él por la decisión tomada al crearnos de hacernos seres personales, con espiritualidad eterna, a imagen suya, se comprometió a respetar nuestra voluntad hasta el extremo, hasta las últimas consecuencias; es por ello que sí no nos arrepentimos de nuestras decisiones equivocadas, contrarias al bien, pecaminosas, desfiguradoras de nuestro verdadero ser semejante al de Dios, provocando un extrañamiento que nos haga repeler…; corremos, pues, el riesgo de no poder ser salvados, por nuestro rechazo a ser perdonados, pues «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti«. Aquí el factor humano será determinante.
Dada la fragilidad de nuestro ser, la precariedad en que nos encontramos tras el «pecado original», la contingencia de la carne, el mundo, las acechanzas del diablo… Todo ello nos pone en una situación de riesgo. La presencia de Dios en nosotros puede salvaguardar esa evidente vulnerabilidad.
Nadie hay exento de cometer errores, morales o de otra índole (saberes), que ponen de manifiesto que no somos perfectos. Sabemos de los errores cometidos por gente santa muy próxima a Dios, que a pesar de su santidad no siempre han acertado en todo. Y es más, cabría pensarse que el mismo Dios les podría haber advertido de tal o cual equivocación; pues, bien, Dios se ha mantenido -pese al trato y la amistad con esa personas- en silencio, sin ir más allá, sin ingerirse, sin inmiscuirse, y asumir lo que supone la contingencia humana, llena de carencia y limitaciones. El respeto de Dios por los seres humanos es sagrado (casi nos atreveríamos a decir que demasiado, que preferiríamos que interviniera… en nuestros tantos despropósitos. Pero Él es el que sabe y más nos ama).
La humildad que conduce a la confianza en Dios y el arrepentimiento que posibilita la acción de la misericordia divina pueden salvarnos, continuamente; ahora y para siempre. Así pues, esto es lo que compete al factor humano: la humildad, la confianza, el arrepentimiento; todo lo demás lo pone Dios Salvador (de ahí, la Cruz).
Terminamos como un genial pensamiento -como todos los suyos- de Simone Weil[1]:
«Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización. (…) La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.«
«La humildad consiste en saber que en lo que se denomina “yo” no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse«.
Ver: El delicado respeto de Dios y el factor humano (I)
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[1] La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, pp.87 y 79.
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