El delicado respeto de Dios y el factor humano (I)

Dios es sumamente discreto y respetuoso. Su participación -reinado, acción de su gracia- en la vida de sus creaturas, -elevadas a la dignidad personal, creadas a imagen y semejanza suya, y otorgadas la condición de hijos suyos-, es humilde, discretísima, nada invasiva, se mantiene callado, silencioso, “al margen”, contemplando -a veces dolorosamente-, sin “atreverse” a intervenir, el comportamiento dañino de estos seres a los que Él ha dado vida.

Dios se hace a un lado para permitir la grandeza con la que se nos ha creado se manifieste en nuestra autonomía; pero, por lo mismo, se corre el riesgo de que tanta grandeza se quiebre por el comportamiento indigno…; lo que Él, a un lado, contempla con “impotencia”. Impotencia autoimpuesta, por amor a la dignidad de su obra: un ser personal con libertad y capacidad de decidir. Dios no puede contradecirse a sí mismo, de ahí que la “impotencia” (que no lo pueda todo). Dios “no puede” traspasar los límites que Él mismo se ha querido imponer o ir más allá de lo que Él no es: ej. “Dios es amor”, misericordioso, justo, santo, etc.

El hermoso respeto de Dios por el ser humano, le lleva a acatar el delicado compromiso de no invadir el espacio de la libertad, atributo indeclinable de los seres a los que Él ha tenido a bien crear así. Este gesto grandioso de amor, de crear a alguien tan singular y especial, a este ser humano originalísimo, comporta unas consecuencias que puede ser dramáticas: el del que, dada su libertad, éste elija ser otra cosa distinta a la grandeza con que fue creado y pervierta su imagen y dignidad, comprometiendo su salvación. Por ello, para restituir y salvar a ese ser humano excepcional, Dios mismo decide encarnarse, recatarlo, asumiendo su condición.

Dios se ofrece al ser humano que ha creado, ofrece su colaboración, ayuda, su gracia…, ofrece su salvación. Él interviene más en nuestra vida en la medida en que se lo disponemos. Dios no manipula al hombre ni le impone nada. Dios ofrece esperando que el ser humano se preste a recibir. Dios lo hace todo, a la espera de que el hombre abra la mano para recibir gratuitamente. Sus hijos solo tienen que disponerse a acoger lo que Él da, sin más.

Ahora bien, lo que Dios da, ofrece gratuitamente, puede perderse por mor de la libertad del ser humano, negarse a recibir tal gracia. En este negarse a abrir la mano para tomar lo que Dios le da, el ser humano se juega todo. De modo que esto existe un elemento que entra en juego “peligrosamente”: el factor humano.

Si a Dios no le sentimos más presente en nuestras vidas es porque no encuentra a nosotros la suficiente disponibilidad “generosa”, porque su gracia no va caer en vano.

Ser sabio es sentirse dependiente de Dios. Ser fuerte es sentirse en manos de Dios. Estar seguro es contar con la ayuda de Dios,  Ser valiente es olvidarse de sí, por Dios. Ser salvo es confiar en Dios que nos ama y nos lo da todo.

 

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