
La gracia del amor divino es el dinamismo misericordioso que nos moviliza a perdonar sea cual sea y cuanto sea lo que hayamos de perdonar. Esto es una gracia excepcional, pero común, para los que pertenecen al Reino de Cristo, siendo hijos del Padre.
Hoy, 16 de junio, en la liturgia de la palabra de la misa se ha proclamado el santo evangelio según san Mateo (5,43-48):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»
Perdonar así, como Jesús nos indica que hagamos, es un don, un privilegio, una perfección a la que Dios como Padre nos pide que aspiremos.
El don misericordioso de Dios para con nosotros, los que no abrimos a él por la fe, es a su vez tarea, un quehacer en la misma longitud de onda.
Hemos de seguir la manera de ser del Padre que ama graciosamente y se alegra de perdonar. Perdonar es participar de la misericordia divina.
Estamos llamados a tener los mismos sentimientos que Nuestro Señor, que sabe reconocer y disculpar la fragilidad humana. Estas son palabras de dos santas —y carmelitas, y con el mismo nombre, Teresa—:
“Así que, hijas mías, procurad entender de Dios en verdad, que no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis; y no os dejéis que se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos bienes. La intención recta, la voluntad determinada —como tengo dicho— de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma, que en lugar de procurar santidad, sacará muchas imperfecciones, que el demonio le pondrá por otras vías, y no aprovechará a sí y a las otras tanto como pudiera.” (Santa Teresa de Jesús[1]).
«Nunca había oído decir que las faltas pudiesen no desagradar a Dios.
«¡Qué alegría más dulce pensar que Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestras naturaleza!»
«¡Qué fácil es agradar a Jesús, cautivar su corazón! Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar demasiado los propios defectos…» (Santa Teresa del Niño Jesús, o de Lisieux[2]).
Dios nos quiere aunque seamos pecadores, tan solo pide que le dejemos querernos, que sintamos su perdón. Sentir su cariño es el principio de dejar de ser pecadores, y estar dispuesto a perdonar cualquier ofensa con facilidad. ¡Oh, maravilla! Todo lo hace su amor misericordioso.
[1] Camino de Perfección, Ed. de Espiritualidad, Madrid, 1971, p.290.
[2] Manuscritos 1,1.1; 2,10.2; 13.7.
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